Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
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Dos años tras la invasión de Ucrania: con un pie en cada orden mundial

Esta semana se han cumplido dos años de la invasión rusa de Ucrania. Como en la I Guerra Mundial, las personas que la padecieron no sabían que entraron en el siglo XIX y salieron en el XX. Hoy Ucrania lo mediatiza todo, con permiso de Gaza pero, total, los palestinos siempre han estado solos, es un poco más de lo mismo.

Cierto que el propósito de este post era explicar la posición de Serbia en la guerra en Ucrania, pero fue perentorio abordar antes en qué contexto se cuece todo esto. En consecuencia, esta entrada tratará sobre el nuevo orden mundial utilizando la técnica de la lluvia de ideas, por así llamarlo.

Ucrania es, como se ha dicho, decisivo en la conformación de este nuevo orden mundial: invasiones de un país por otro,  guerras totales que no se veían desde la segunda guerra mundial en Europa, con armas nuevas, en especial los drones (no tan nuevos pero sí concluyentes en este conflicto). No sólo eso. China ya hemos visto que es un coloso global…sólo económico. Ellos a lo suyo, la Ruta de la Seda y a exportar como si no hubiera mañana. No obstante, irrumpe un “pero”: que este modelo se ha demostrado no sostenible. Volviendo a Ucrania, las potencias decisorias en lo global también demanda a China un papel más activo que esté en consonancia con su importancia económica: es esta estrenando como mediador con Rusia: realmente, Pekín es la única que puede hacerlo.

Antes de nada, dejaremos un pequeño repaso sobre el camino hasta este nuevo ؅—de momento— orden mundial.

Estados Unidos: mejor contra la URSS que solo

El orden mundial como todo nuevo orden, prefigura un ascenso de alguien —EE.UU.— y el lento declive de una Europa que lo había sido todo pero que empezaba a romper sus costuras aunque seguía siendo el centro. Durante y tras la Segunda Guerra Mundial, Europa cedió su testigo a EE.UU. ya de manera clara, aunque siguió siendo fundamental en el orden mundial. Estados Unidos no estaba solo, pues la URSS, que también había salido favorecida del conflicto, le discutía el cetro en un mundo bipolar. Tras el colapso de los regímenes de socialismo de mercado, EE.UU. emergió como potencia en solitario, si bien una cosa era ser líder-del-mundo-libre y otra, del mundo entero. Simplemente no podía. Las aventuras que iniciaba con sus aliados o sin ellos no terminaban de salir bien: claro que Irak, Afganistán o Somalia no eran las repúblicas llamadas bananeras —que EE.UU., precisamente, había hecho así— de Sur- o Centroamérica. Era otra cosa.

China no es lo que era; lo que puede ser, asusta

Entre tanto, China había pasado de un desarrollo pacífico al no tan pacífico y, por momentos, al lobo guerrero, aupada en un dragón imparable del crecimiento económico. Pero todo llega a su fin. Al inicio de los años 2020, con la crisis del coronavirus y una serie de crisis inmobiliarias y posterior estancamiento económico. Muchos analistas sostienen, de hecho, que el gigante asíático ya no va tan bien y que está comenzando una era del estancamiento…de Xi-Jinping. Paul Krugman también opina lo mismo: ya viene avisando de antes, refiriéndose a China como el país del “milagro disruptivo” en tanto que su brutal crecimiento ha cambiado las reglas del (libre) comercio mundial. Sí. Pero, una vez cambiadas, China empieza a mostrar signos de agotamiento o más bien de no haber sabido gestionar unos problemas que un crecimiento tan expansivo arrastraba sin atender a las fallas del sistema que, una vez dejadas crecer, empiezan a hacer acto de presencia. Y esta vez ya no hay solución tan sencilla como lo hubiera sido en su momento. El crecimiento chino, lastrado —pero no en exclusiva— por la política de “cero coronavirus”, con confinamientos sin solución de continuidad en lugar de apostar por una vacunación más efectiva.

Sin embargo, tras el levantamiento de las draconianas medidas, una vez que el coronavirus dio tregua, la situación no cambió mucho; es más: continuó en mal estado. Krugman, que ya advirtió contra la opinión de otros economistas, aventuraba que había algo más que unas medidas expeditivas contra el coronavirus, a saber: falta de liderazgo de Xi-Jinping, que incluso torpedea algunas iniciativas económicas con medidas autoritarias y absurdas. Por el contrario, lo que sí tenía que haber frenado es el modelo de crecimiento chino, que se ha demostrado a la larga insostenible, debido, fundamentalmente, a poco gasto del consumidor, inversiones faraónicas cuya rentabilidad se antoja dudosa y una productividad estancada, muy diferente a la de la década anterior. Bien: el consumidor gasta poco, pero no era un problema: se compensaba con la burbuja inmobiliaria… pero la pompa explotó, y el consumidor, que ya gastaba poco, tuvo aún menos que gastar porque no había una protección social adecuada. No se trata de altruismo: se trata de que, si no hay dinero, el consumidor no lo puede gastar. Y ahí tenemos un buen embrollo. Entonces ¿cómo se sale de esta espiral viciosa? Muy fácil: creando otra: exportar a lo loco poniendo en un segundo plano la sostenibilidad. Como es posible que esto acabe tensando las costuras de la sociedad china, otra vuelta de tuerca: ¿operaciones militares para galvanizar a la población? Mejor no pensar.

Es verdad que la guerra de Ucrania dio a China un poder político que no tenía: también hay que decir que contra su voluntad: se estaba mejor siendo el chico pobre aplicado que el rico. La UE, a la luz de su Perspectiva Estratégica (aquí lo explico ) avisa claramente: ojo, que ya eres una potencia mundial y no te vale con exportar, ahora tienes responsabilidades mundiales; y un ejemplo clave de ello es la crisis de Ucrania. Pekín no termina de decidirse a ejercer un rol más específico y determinante, entre otras cuestiones porque navega a dos aguas muy bien pero, como ha quedado de manifiesto, no hay otro como China para “convencer” a Rusia: sólo tiene que cortar el grifo de lo diplomático y de lo que no es diplomático.

En cualquier caso, y en su vertiente externa, China debe reaccionar y descubrir-idear-aplicar un modelo de crecimiento alternativo, porque potencias como India apuntan maneras. Ya ha superado en población a China aunque, de momento, están más o menos a la par: casi 1500 millones de personas.

En cualquier caso: cuidado, porque el país de la Gran Muralla ha exhibido que ya no es invulnerable, por mucho que puede persistirse en el modelo del “triángulo asimétrico” del poder mundial.  A tenor de dicho paradigma, sus lados los ocupan China, Estados Unidos y Europa. A día uno tiene más peso que otro. Con el tiempo, la asimetría será a favor de China, siendo la UE cada vez menos importante hasta salir posiblemente del polígono (a no ser que acabe gestionando bien sus divisiones y contradicciones internas en lo productivo y en lo político). Es de pensar que falta tiempo, pero el polígono más simple puede abrirse a mayor número de lados. El futuro dirá. Con todo, China es hoy por hoy indiscutible candidato a alzar el cetro global, esté como esté.

 

Digresión: la India (¿Barat?) de Modi

Y volvemos a la India… de Narendra Modi. Ya hemos visto que los valores democráticos están muy bien pero que, a día de hoy, no son mayoritarios. Da miedo  pensar un mundo con China y la India como potencias indiscutibles en —quizá— el medio plazo. De China, nada nos lanza  a elucubrar con una revolución que convierta en la panacea de los derechos humanos y el respeto a las minorías al gigante asiático.

Sí, lo he dicho con intención: la manida expresión para referirse a China. El problema es que estamos hablando de la India y de una Asia a la que, con razón da título a los tiempos actuales: “el siglo de Asia”. Lo de gigante, a secas, tiene sus inconvenientes, aunque lo dejo como sinónimo de China —de momento. Pero dedicando de vez en cuando una mirada al retrovisor: India no será un “enano” mucho más tiempo.

Pues esta India arrastra el apelativo de “la democracia más grande del mundo” (los lemas los carga el diablo: correcto) aunque, sin embargo, los huecos y fallas del sistema son clamorosos, como explicaré a continuación. La India ha experimentado avances impresionantes en los campos económico y social, pero se trata, así y todo, de una democracia muy desigualitaria, imperfecta, con un sistema de castas que sigue dificultando el funcionamiento de un ascensor social efectivo, y una economía de amiguetes que recuerda a la oligarquía rusa; todo ello, aderezado con una porción indecente de sus habitantes transitando por la pobreza extrema.

En junio del año pasado, Estados Unidos recibió a Modi con todos los honores. El país norteamericano se deshizo en elogios hacia su huésped asiático. Es cierto que sus tasas de crecimiento económico son indiscutibles y que está llamado a convertir el asimétrico triángulo arriba mencionado en un cuadrado… o un cuadrilátero en el pugilístico sentido, si se acaba poniendo contra las cuerdas a la UE.

 No es oro todo lo que reluce

Pero la India tiene un problema muy serio, además de lo dicho: su presidente, quien hace que llueva sobre mojado. Y es un decir, porque India tiene muchas papeletas para enfrentarse a un cambio climático que puede cebarse especialmente con el subcontinente. Narendra Modi y su partido, el Partido del Pueblo Hindú (BJP)  alcanzó el poder en 2014, con un programa nacional-populista que lo coloca a la vera de Trump, Bolsonaro. Erdogan o —quizá más acertadamente— en la línea de los V4 (lo trato en varias entradas, esta una de ellas) o incluso en el nacionalismo identitario de Vučić en Serbia o Dodik en la RS. En efecto: tras muchos años en los que se identificaba a la India con lo hindú y lo hindi, se disipaban las nieblas en Occidente, dando paso a una visión menos simplista de la hipercompleja realidad de todo un subcontinente. Estos avances se encuentran amenazados: se torna a la visión monolítica de la realidad india.

En dicha realidad se cuentan más de cincuenta etnias con —al menos— el doble de subgrupos étnicos. Se hablan lenguas que pertenecen incluso a diferentes familias. Las lenguas indoiranias (adscritas al tronco indoeuropeo, como casi todas las lenguas europeas excepto el húngaro, el finés, el estonio y el vasco, entre otras) son mayoritarias, y constituyen un vehículo de comunicación desde el Kurdistán turco hasta las puertas de Myanmar.

En la India se hablan, también de forma mayoritaria, integradas en las indoiranias, las lenguas indoarias, entre las que se cuenta el hindi (y muchísimas más). Este idioma es oficial junto al inglés (aunque en muchos estados coexisten como oficiales más de 20 lenguas junto a las dos aludidas).

Pero no son las únicas que se hablan: son casi trescientas, en realidad. Y la deriva de Modi, a tenor de lo descrito, es muy peligrosa: su nacionalismo hindú desprecia a otras etnias, lenguas… y religiones.

Si sólo fuera un nombre…

El año pasado, el mundo asistió un poco atónito al cambio de nombre del país. Nada que objetar en el sentido de que India es un denominación “de colonizador”: algunos medios hablan de dejar atrás su pasado colonial. Su etimología es griega y hace referencia al río Indo, procedente a su vez de “Sindhu”, del sánscrito (idioma indoiranio e indoario, véase arriba). La denominación es adoptada por los países occidentales. En cambio, ahora —aún de manera extraoficial— se aboga por otra denominación: “Barat”. No es nuevo el vocablo, pues ya aparece en el artículo 1.1 de la constitución india (“India, es decir, Barat, será una Unión de Estados”). Pero la norma magna no dice mucho más. De hecho, el término no se nombra más veces: sólo hay una nota al pie en el articulado, que referencia un caso que sentó jurisprudencia en el supremo: el “Kesavananda Bharati contra el Estado de Kerala”. En fin… importante para la doctrina constitucional india, nadie lo duda, pero nada que ver con el Barat al que aludíamos: es sólo un apellido.

El problema es el siguiente: “Barat” es la acepción en hindi del país, que integra la mayor parte del tercio centro-norte del territorio y refleja un idioma que hablan “sólo” 460 millones personas. Suena astronómico, pero resulta más o menos “calderilla” para un país con tres veces más gente. Y excluir a mil millones de personas no es un asunto banal. Se da, además, una ¿desgraciada? coincidencia: resulta que el nombre de “Barat” para referirse a la India es una viaja aspiración del nacionalismo hindú; es más: gusta especialmente a una extrema derecha muy asociada con el partido gobernante de Modi. Y que se caracterizan por el supremacismo hinduista, cuyos acólitos ya han protagonizado episodios de linchamientos de musulmanes. Vaya.

Los nombrecitos también los carga el diablo (que se lo digan a los macedonios del norte). Con la denominación de “India” no se molestaba a casi nadie o, al menos, se molestaba a todos por igual. En resumen: es muy factible “dejar atrás el pasado colonial” sin hacer sentirse colonizadas a otras etnias.

Ahora, por el contrario, se corre el riego de excluir no sólo idiomas, sino etnias y, sobre todo —lo veremos a continuación— religiones: la mayor perjudicada es la musulmana.

El gobernante hindú parece tener como agravio profundizar en una democracia que en la India lucha —o luchaba— por ser algo más que una frase inscrita en el preámbulo de su carta magna.

Conviene, de acuerdo con lo dicho, echarle un vistazo, por aquello de comparar: allí se habla de “justicia, social, económica y política, libertad de pensamiento, expresión, creencia, fe y culto, igualdad de condición y de oportunidades”. Todo ello, al calor del valor de la fraternidad y “asegurando la dignidad del individuo y la unidad e integridad de la Nación”.

A tenor de su actuación gubernamental, el líder indio no parece dedicar demasiado tiempo a la lectura de la constitución nacional: siguiendo de cerca a Viktor Orbán, Aleksander Vučić o el anterior gobierno en Polonia, ha hecho retroceder todo aquello que tenga que ver con estándares democráticos. los índices de libertad, protección de los derechos humanos y de las minorías étnicas (siendo los musulmanes el mayor blanco) se han visto seriamente comprometidos, de igual modo que el pluralismo político, atacando a la oposición. Uno de los casos más sonados fue  la expulsión del parlamento del líder de la oposición Rahul Ghandi. Se llevó a cabo por la fuerza y sin posibilidad de defenderse, al más puro estilo de un portero de discoteca ¿qué dijo Modi? Que no tiene nada contra él ni contra su partido (el viejo Congreso Nacional Indio), sino contra alguien que quiere hacer daño a la India —perdón, habrá querido decir “Barat”.

Es preocupante su tendencia a abolir la autonomía de territorios musulmanes con autogobierno (así empezó Slobodan Milošević en Kosovo y ya sabemos lo que sucedió).

El nombre, pues, es lo de menos.

Por lo comentado, que EE.UU. lo reciba con alfombra roja, dicen algunos, sólo obedece a una más mundana razón: mejor tenerlo de lado para cuando sea grande —y apunta maneras— que en tu contra.

 

Europa, buscándose a sí misma, pero es para ya

En este contexto y con la emergencia de países como Brasil se avanza hacia un modelo multipolar, en el que Europa debe encontrar su sitio ( y Serbia lo busca también).

Y necesita dar con él cuanto antes, pues se halla en expédito declive (al menos en términos de significancia en el tablero global). De momento, sus ciudadanos (por lo menos la parte más desarrollada) siguen viviendo relativamente bien. Sus valores de democracia, Estado de derecho o protección de los derechos fundamentales son un punto a su favor: todo el mundo quiere vivir en sociedades pluralistas y —en la mayor medida de lo posible— con parámetros democráticos, derechos civiles o protección social. No obstante, hay países que también crecen y no lo desarrollan enarbolando la democracia por bandera.

Así, mediando la tercera década del siglo XXI nos encontramos con que lo deseable no es siempre lo mayoritario: China (con sus relativos problemas, que los tiene) presenta un acceso imparable. Rusia, pese a las sanciones que, en principio, estaban llamadas a hundir su economía, continúa con una producción de armamento que ya supera a la de URSS y que permitirá continuar la guerra en Ucrania. La UE ya va por el decimotercer paquete de sanciones, y Estados Unidos, en especial tras la muerte del opositor Aleksei Navalni, también implementó el enésimo paquete. Pues vale —debe decir Rusia— que vayan pasando. Parece claro que alguien le está ayudando. Aislada, lo que se dice aislada del todo, no parece.

Europa y Estados Unidos deben seguir haciendo marketing o nation branding (en este campo todo vale, incluso el deporte). Aunque Europa está sola en esto, pues a Estados Unidos le encanta llenarse la boca con la palabra democracia, si bien su salvaje sistema de (des)protección social —en especial la cobertura sanitaria— hace aguas. Y lo saben, y les da igual porque, oye, es el país de las oportunidades y si no consigues pagarte una sanidad en condiciones es porque no has luchado lo suficiente. La consabida cultura del esfuerzo en la que, naturalmente, unos tienen que esforzarse más que otros. Europa, por el contrario, presenta unas mayores cotas de protección social, siempre variando en función de cada país. Si, está sola junto a Canadá. No toda Europa Occidental está en la UE pero, para qué engañarnos: como si lo estuviera. Suiza y Noruega es cierto, no pertenecen a la UE, pero sí al Espacio Económico Europeo, compartiendo sus valores. El Reino Unido…en fin…no le está yendo demasiado bien por su cuenta y es posible que acabe en algo parecido a una asociación con la UE similar a los dos países mencionados. El resto de Europa son los Balcanes Occidentales, Turquía, Ucrania, Moldavia o Georgia, todos ellos candidatos con mayores o menores dosis de humor.

Volvemos a la UE. Aquí hay un problema: no es una sola. Hay fuerzas centrífugas como la Europa de Visegrado (V4). Fuera de la UE, se da el curioso caso de países como Serbia y el territorio de la Republika Srpska (RS, una de las entidades que componen la endeble arquitectura daytoniana Bosnia-Herzegovina (BiH)) proclaman su aspiración de pertenecer a la UE, pero parecen empeñados en llevarle la contraria en todo, en especial en las directrices de política exterior: más en concreto, en la política “rusa”. De ello es de lo que se hablará más adelante.

El (re)nuevo orden internacional

Puede suceder que un orbe caracterizado por la inestabilidad y el cambiar una crisis por otra indique una fase de transición a otro —digamos— “estado de las cosas”. O no; del mismo modo podría reflejar algo muy distinto: que esta inestabilidad y sucesión de crisis sea, en sí misma, el orden mundial. Diversos analistas lo consideran algo estructural.

En todo caso, la transición hacia le hegemonía china no va a ser pacífica. Estados Unidos vive en vilo, a la espera de que, en primer lugar, Donald Trump logre ser candidato a la presidencia del país. En segundo lugar, que vuelva a ser reelegido. Su “America first” implica la no aceptación del lento ascenso hacia la cima de China y puede generar huidas hacia adelante, con proteccionismo y nacionalpopulismo. Ya se ha visto en la etapa de Trump al frente de los designios del país norteamericano: proteccionismo (que embaldosa paulatinamente un camino de declive de una globalización que parecía no tener freno) y un montárselo por su cuenta, llevando a un retroceso el multilateralismo. Está de moda: Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina y los V4 en Europa: las decisiones sobre la ayuda a Ucrania, su camino hacia la membresía de la UE o, por ejemplo, la de Noruega en la OTAN hablan claro: primero yo y los demás. Se trata de un nuevo aislacionismo y una vuelta a las propias fronteras. En lo relativo a Ucrania, ya hemos visto que, en el contexto la crisis del grano ucraniano, los V4 —tres de ellos— lindan con Ucrania y no quieren ni oír hablar de que la UE facilite que el cereal del país invadido perjudique a los agricultores húngaros o eslovacos. Y polacos… porque Donald Tusk prometió devolver la dignidad a Polonia y gobernar con pautas contrarias al anterior gobierno nacional-populista. Y lo intenta en muchos aspectos, pero en la política agrícola proteccionista sigue exactamente igual. Y eso que Tusk es poco sospechoso de antieuropeísmo.

El problema es que se van erosionando las instituciones democráticas al sembrar dudas sobre su legitimidad… siempre y cuando no ganen las elecciones, claro. Trump asaltó el Capitolio y se llevó documentos de alto secreto a su villa de Mar-a-Lago, Bolsonaro intentó un golpe de estado que se está descubriendo ahora. Los V4 no consideran poco democráticas sus instituciones porque, cuando ganan comicios, el pueblo habla claro; si los pierden…conspiración judeo-masónica, como decía aquel. Si Europa les avisa de que se está atacando la independencia judicial o el Estado de derecho, conculcándose los valores comunitarios, entonces la UE es antidemocrática y al servicio de unos malvados que quieren destruir a húngaros, eslovacos o polacos. De estos últimos ya hemos hablado en otra entrada): Tusk no quiere ser presidente de Polonia: es un enviado de la UE y, sobre todo, de Alemania (Herr Tusk, le llaman) para destruir la esencia polaca. Lo mismo puede platicarse de Vučić en Serbia. Todos, a la postre, le están comprando el discurso de la democracia soberana a Vladimir Putin, que vendría a ser: “nosotros tenemos nuestro estilo de democracia; el de la UE es uno más pero no el único, y nos lo quieren imponer, quebrando nuestra esencia”.

Lo explicado, sin duda, es grave, pero en la esfera internacional, de puertas para afuera, tanto Europa como EE.UU. avanzan con denuedo en la hipocresía, mostrando un apoyo sin fisuras a Ucrania —que lo necesita y es justo— y mirando hacia otro lado en lo que a  Palestina se refiere. Lo de los lobbies en Estados Unidos es un viejo conocido. Y lo de la razón de Estado de Alemania es otra vertiente del mismo polígono: uno por intereses privado-públicos; el otro hunde sus raíces en el propio Estado (lo vimos aquí). La UE exhibe al mundo un espectáculo algo triste: la posición común es la de ayudar a Ucrania y contra Rusia, pero hay países dentro que no están de acuerdo. Muy coherente hacia afuera no se ve, no. Borrell, el Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y también vicepresidente de la Comisión Europea clama en solitario contra el despropósito criminal de las fuerzas armadas israelíes en Gaza, pero se encuentra, del mismo modo, como un verso suelto. La posición de los dos Estados es la oficial de la UE, pero la Presidenta de la comisión es alemana y el presidente del Consejo, un belga cuyo gobierno apoya a Palestina, pero no su persona en calidad de presidente del Consejo.

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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