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La profesionalización de las fuerzas armadas, una tendencia en solfa en los Europa a causa de las tensiones geopolíticas 

En 2010, el gobierno de Boris Tadić, el último mandatario decididamente europeísta en Serbia, abolió el servicio militar obligatorio. Suele ser una tendencia en los países occidentales de nuestro entorno que lleva como meta profesionalizar las fuerzas armadas. El gobierno serbio tenía como fin equiparar estos efectivos a los estándares europeos, algo nada fácil en Serbia, por lo que se irá viendo. De hecho, esta entrada aborda eso mismo: la posible vuelta de la mili en Serbia.

No son los únicos: debido a la inestabilidad geopolítica, algunos países nórdicos llevan tiempo planteándose su reintroducción y Finlandia conserva aún la “mili”. Aunque lo de este último, claro, es harina de otro costal: ya en otra entrada hablábamos del peso de la historia. Suecia, por ejemplo, lo recuperó hace poco; y Dinamarca lo mantiene, si bien hay voluntarios suficientes para nutrirlo sin recurrir a los soldados de reemplazo. En Noruega también hay servicio militar obligatorio, si bien hay muchas posibilidades de librarse y cuenta como una carrera universitaria casi. Para los que abogan por reinstaurar la mili, está claro que el pistoletazo de salida fue la invasión y anexión rusas de Ucrania: Ucrania—caso lógico— y Lituania lo instituyeron en 2014 y 2015; Letonia lo hará en 2024. Otros países como Francia se lo están pensando y en la misma Alemania, el ministro de defensa era partidario, si bien el Bundeskanzler Olaf Scholz lo rechazó.

Serbia no tuvo experiencia alternativa: el peso de los turbulentos años 1990

Sin embargo, Serbia no se parece a ninguno de estos países: no es un país cualquiera. Tras una década de conflictos armados, la tenencia de armas es el pan de cada día, siendo Serbia uno de los países con más armas por persona del mundo, hasta el punto de que muchos hablan de una verdadera cultura de la violencia. Que circularan de manera notoria fue uno de las causas de las matanzas el año pasado en Serbia. Tan es así que la coalición que se enfrentó a Vučić en las elecciones de diciembre del año pasado tenía por nombre “Serbia contra la Violencia” (Srbija protiv nasilja (SPN). Mili no había; eso es cierto, pero, tras una década de guerras, y la proliferación de milicias reconvertidas en mafias o viceversa, miles de personas —por poner una cifra a la baja— tienen una. El tándem Zoran Đinđić-Boris Tadić anhelaba que la población dejara de familiarizarse con las armas y que los reclutas fueran los blancos de las diatribas ultranacionalistas que glorificaban las guerras “de defensa” del pueblo serbio y los  “héroes” como Ratko Mladić, Radovan Karadžić o Slobodan Milošević: el ejemplo más palmario es Milorad Dodik, el presidente de la Republika Srpska, uno de los entes que componen BiH, de mayoría étnica serbia, y también consabido emisor de soflamas nacionalistas radicales, que permite que existan en el país carteles conmemorativos de los militares y políticos mencionados, todos ellos criminales convictos a día de hoy excepto Milošević, que se suicidó para no serlo (lo explicaba  aquí y aquí). Todo héroe caído tiene un culpable y toda culpa demasiado proyectada lleva aparejado victimismo (al menos en este contexto). Así, bosniomusulmanes, croatas, kosovares, la Unión Europea y por supuesto Estados Unidos y la OTAN serían el eje del mal serbio al que se achacan todos los sinsabores del país balcánico. Con independencia de que la OTAN esté lejos de ser una ONG, Serbia también contribuyó —y no poco— a desestabilizar la región.

A efectos comparativos puede hablarse de España. A mediados de los años 1990 hervían en las fuerzas armadas elementos modernos y de ideas abiertas, aunque también franquistas nostálgicos de ideas poco avanzadas: de hecho, nada avanzadas. Hablamos de 20 años después de la muerte del dictador Francisco Franco. Pero España estaba en la OTAN. La Alianza dio la oportunidad a muchos militares españoles de compararse con sus pares europeos, de componente más moderno y evolucionado que el viejo y nostálgico ejército franquista. Es posible que muchos militares regresaran a España despotricando contra en contubernio y la pérfida Albión y una escabechina de traiciones varias y poca hombría, pero otros pudieron reflexionar y traer a España actitudes de talante más democrático y modernizador. No obstante, Serbia no estuvo en la OTAN, no está ni se le espera —al menos, si depende de Aleksandar Vučić. Es realidad no es totalmente ajena a la Alianza: forma parte del Partenariado para la Paz de la OTAN, pero es una especie de estado observador sin ser parte. Sí que colabora más activamente la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la “OTAN rusa”. El líder serbio no oculta su querencia por Rusia, y Nikolić ya firmó un tratado de cooperación militar con Rusia en 2013, pero la UE le avisa de que es imposible por incompatible: Serbia tiene que escoger. Y en la OTSC no puede hablarse de un ejemplo similar al de algunos militares españoles que se explicaba arriba: en Rusia, el único candidato contra Putin en las elecciones rusas —crónica de un pucherazo anunciado— partidario de terminar la guerra en Ucrania a las elecciones Boris Nadezhdin, ha sido invalidado por la comisión electoral por falta de firmas necesarias (ya que muchas son inválidas según el organismo. Y no siempre son tan suaves: la oposición más prominente está en la cárcel o bajo tierra: el último, hoy mismo, Alexei Navalni, en una cárcel rusa en el Ártico después de estar en paradero desconocido tres semanas. Crucemos los dedos con respecto a Nadezhdin, pero la muerte de Navalni es un mazazo para la mínima esperanza o atisbo democrático existentes en Rusia. Poco ejemplo van a tomar los militares serbios de un ultranacionalista como Vučić y de otro como Putin.

Una atmósfera enrarecida 

Volvemos a los empeños de Đinđić-Tadić de abolir el servicio militar obligatorio. El asunto no acabó bien: el mencionado Đinđić fue asesinado precisamente por una de esas organizaciones que portaban armas como quien carga un llavero. Se trata del clan Zemun, así llamado por el barrio belgradense que lo vio aparecer y formarse. Como no: sus miembros procedían del ejército y de las distintas milicias que operaban en Bosnia a las no-órdenes de Serbia perpetrando crímenes de guerra y conta la humanidad entre la población bosniomusulmana, en especial. Hoy Đinđić es un estandarte de la oposición del SPN, que blande su efigie en las manifestaciones contra Aleksandar Vučić, ya sea por la violencia aludida, ya sea por el amaño electoral.

En cuanto a Tadić, continuó el legado de Đinđić ocupando la presidencia del gobierno de Serbia de 2004 a 2012, año en el que fue derrotado de manera bastante sorpresiva por el ultanacionalista Toma Nikolić. Con el último, el nacionalismo más o menos radical sin complejos volvía al gobierno serbio. Al ser Nikolić sucedido por Vučić, se ahondó en esta tendencia. Ya hemos visto en otras entradas que el actual predsednik serbio no tiene ningún empacho en “movilizar” al ejército en la frontera con Kosovo para “defender” a los serbokosovares, sin temor a escalar una ya de por sí escalada situación. En resumen: es de creer que ninguno de los últimos presidentes mencionados haga ascos a una reintroducción del servicio militar obligatorio.

El secreto peor guardado

Constituye un secreto en absoluto bien guardado —ni falta que hace— que para los sectores más radicales y nacionalistas —del ejército o civiles—, es una vieja aspiración reinstaurar el servicio militar obligatorio. Y no sólo: desde 2016 diversas encuestas en Serbia arrojaban que la mayoría de la población estaba dispuesta a que volviera la mili. En 2018, el ministro de defensa serbio (Aleksandar Vulin), en un lenguaje rayano en lo carcelario, amparaba que Serbia tuviera un ejército fuerte para ser respetada porque, si eres débil, no te respetan. Según el ministro, los demás países tienen que experimentar lo mal que lo van a pasar si se enfrentan a los aguerridos soldados serbios. Lo decía el responsable de la defensa de un país que dinamitó Yugoslavia (no solo, eso sí es cierto) y provocó cuatro guerras en los años 1990. Vučić no negó valor a la propuesta, sólo dijo que, de momento, era demasiado caro, si bien atesoraba desde el mencionado tratado de 2013 la posibilidad de que Serbia pudiera ser abastecida en insumos militares por Rusia o Bielorrusia.

En cualquier caso, las encuestas también aseguraban que los serbios estaban a favor de la neutralidad y ni se piensan ir a la guerra por Kosovo, si es que la hubiera.

En 2021, oro ministro serbio de defensa, Nebojša Stefanović, respaldaba abiertamente la reintroducción de la recluta obligatoria en las fuerzas armadas, manifestando que había que cubrir las necesidades reales de las mismas. Y no hablaba de “jóvenes que cortaran el césped a los oficiales”, sino de gente preparada para el servicio activo. Stefanović es un personaje controvertido: por una parte, es autor de reformas de calado en el ministerio del interior y ha llevado a cabo logros indiscutibles en materia de protección de los niños, así como de las mujeres embarazadas; por otra parte, presenta un lado oscuro, bien sea por las sospechas de plagio que pesan sobre su doctorado, bien por su implicación en el escándalo de corrupción —qué ironía—de la empresa armamentística serbia Krušik Valjevo. El entonces ministro de defensa aseguró que era mentira: todo pasaba por la enésima operación de un espía contra Nebojša Stefanović, y, en última instancia… ¡contra el presidente de Serbia, Aleksandar Vučićª. Vaya ¿no les suena?

El rumor a voces ha ido creciendo: es cristalino que Vučić elevaba en años anteriores globos sonda al objeto de tantear la opinión de la población sobre la reintroducción del banderín de enganche y que no encontraba oposición significativa a ello. En mayo 2022, inaugurando el nuevo gobierno, el mandatario anunció que el servicio militar obligatorio sería introducido y que duraría unos tres meses. Se reabrirían cuarteles abandonados.

Ahora sí: la mili vuelve

En el mismo 2024 ya habla mucho más claro: a principios de dicho año, el predsednik serbio asegura que tenía “fuertes argumentos” para  reimplantar el servicio militar obligatorio. En primer lugar —aseguraba— Serbia no es una amenaza para nadie (bueno, otros no lo ven tan así); en segundo lugar, la argumentación sin duda más fuerte: “si no tienes un ejército fuerte, no tienes país”. A diferencia de 2022, ya no habla de 90 días, sino “probablemente”, de 110. El dinero —que era una inconveniencia invalidante en 2022— no es, por lo visto, una contrariedad ahora. Miloš Vučević, (ministro de defensa desde 2022) ahonda en la línea: es bueno para el país y para la sociedad, ya que la gente se siente mejor si sabe que puede proteger a sus familias y, además, hay tensiones que explican que haya que tener un ejército más fuerte. No obstante, la tensión más peligrosa fue la implementada por el mismo Vučić cuando, en mayo de 2023, puso a sus tropas en alerta total de combate y las movió a la frontera con Kosovo (aquí lo explico un poco) ¿fue un mensaje para dar a la opinión pública “razones” para pensar en un refuerzo del ejército?¿fue para erigirse en defensor de los serbios de Kosovo (que votan en las elecciones serbias, por cierto)? Probablemente, las dos. Bien es cierto que las fuerzas policiales albanokosovares no tuvieron un comportamiento ejemplar, pero apagar un fuego con gasolina no es quizá la opción más conciliadora. No pasa nada: la última de las autoridades de Prístina es prohibir el dinar serbio en Kosovo, cosa que a la población le da igual porque no lo usa, excepto en los territorios de población mayoritaria serbia (en especial la Mitrovica Norte o Kosovska Mitrovica): tampoco ayuda.

La oposición, por su parte, clama contra la medida, con argumentos que difieren en parte con los enunciados por Vučić: Serbia está rodeada por países de la OTAN, organización con mucha mayor capacidad militar, además de suponer un gasto enrome para el país. Ahí sí: eso ya lo había dicho Vučić antes, aunque lo olvidó.

¿Para qué se quiere el sevicio militar obligatorio? Piensa mal

En fin… ¿para qué quiere Vučić la vuelta de los soldados de reemplazo? Con independencia de lo que dice públicamente el predsednik, sus intenciones para muchos expertos son otras: así, Admir Mulaosmanovic, profesor de la Universidad de Sarajevo y de Balikesir (Turquía), experto en islam contemporáneo y Yugoslavia-Balcanes, sostenía en esta entrevista que Belgrado aspira a convertirse en potencia hegemónica en los Balcanes. Serbia tiene la primacía en ello. Su ejército pide a gritos una actualización aunque, si lo comparamos con otras fuerzas armadas de los Balcanes Occidentales, gana la partida. Para el profesor bosnio, está surgiendo una multipolaridad en el (nuevo) orden mundial y Serbia quiere su papel en él, y más cuando Croacia se está rearmando porque considera a Serbia una amenaza (también porque forma parte de la OTAN, todo hay que decirlo). Sin embargo, no sólo Serbia y Croacia se están rearmando: también Macedonia, Kosovo, BiH o Montenegro.

¿Qué ha pasado aquí? Pues —apunta Mulaosmanović- que se decidió ignorar el artículo 4 de los Acuerdos de Dayton (control subregional de armas), esencial para la paz y estabilidad en la región (según asegura la OSCE). Dicho tratado seguía las provisiones del Tratado sobre fuerzas armadas convencionales en Europa (1990) y llevaba anejo un representante de la OSCE, quien era el encargado de verificar la reducción de armamento entre los signatarios (la República Federal de Yugoslavia (hoy sucedida por Serbia y Montenegro), Croacia y BiH.

Pero en 2014, se transfirió a los países signatarios la responsabilidad o administración del tratado. Ya ha pasado tiempo desde la(s) última(s) guerra(s), se supone que los ánimos se habían calmado. Pues bien, sucedió todo lo contrario. Si en un primer momento la cooperación entre los países funcionó, pronto se tornó en carrera armamentística más o menos intensa. Y en dicha carrera lleva Serbia las de ganar. “Por desgracia” —sostiene el mencionado profesor bosnio— porque las últimas experiencias de Serbia con un ejército potente no fueron precisamente satisfactorias. El ejército Popular Yugoslavo (JNA), había sido capitalizado por Serbia y purgado de no serbios. La consecuencia: las guerras de Croacia, BiH y Kosovo. Y Mulaosmanović sabe bien de lo que habla pues, a parte de académico, formó parte en 1992 de la Defensa Territorial bosnia y luego, cuando se formó el Ejército de BiH, se integró en el mismo, siendo gravemente herido. Visto los antecedentes, Serbia necesita tener montado un buen ejército por si se diera la posibilidad de recuperar el norte de Kosovo (recordemos, la Kosovska Mitrovica, el único objetivo realista si se diera el caso de reintegración a Serbia) y anexionar la Republika Srpska, algo por lo que también suspira su presidente, Milorad Dodik. Dicha posibilidad podría materializarse ante una eventual victoria rusa en Ucrania, propiciando —podría pasar—la apertura de nuevo frente en los Balcanes. Todo esto formaría, de este modo, parte de una estrategia a largo plazo, un political game, muy bien jugado por la Serbia de Vučić, por cierto.

 

En fin, el rearme de la región acompaña al de Europa, cuyos países rompieron desde 2022 el tabú de ampliar la partida presupuestaria a aspectos militares. Y más les vale, porque Trump ya ha dejado claro que animará a Rusia a atacar a los países que no contribuyan a sus obligaciones financieras con la Alianza. Ya les llamó rácanos cuando era presidente: parece que irá más lejos si lo vuelve a ser.

 

 

 

 

 

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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