La creación del concepto de “fraternidad eslava” como herramienta del Kremlin, en sus cinco anteriores entradas (I, II, III, IV, V) , además de las dos sobre la  «La posición de Serbia con respecto a la guerra en Ucrania (I y II) arrojan ciertas conclusiones a día de hoy:

Rol decisivo de las relaciones de Rusia con Serbia

La relevancia de Serbia en las relaciones entre Rusia y la Unión Europea está fuera de toda duda. Así, Serbia supone la última frontera de la zona de influencia (normalmente, autoproclamada por Putin) rusa. Como en unas matriokas (las famosas muñecas rusas superpuestas), el hinterland ruso se compondría de

  •  Rusia, con el liderazgo renovado de Putin tras la última farsa electoral de este año, cuyas fronteras, veremos después, no tienen fin. Son a gusto del consumidor (ruso, se entiende).

Excurso mitológico

Paris, príncipe de Troya, secuestró a Helena, esposa del rey espartano Menelao; y por ahí empezó la guerra de Troya. Hay otras hipótesis, como que la diosa Atenea se enfadó con los troyanos por faltarle el respeto. Bueno… vale. Pero resulta que la geopolítica del momento ponía a Troya en una ubicación decisiva. A ver si lo de los raptos y las diosas enfadadas va a ser una excusa. Pues Putin es por el estilo: me han faltado el respeto. Elija Ud. la que más le guste:

    • le han faltado el respeto a las minorías rusas de Ucrania o Moldavia. En lo relativo a la primera, nunca fueron rusas sino soviéticas, pero eso se puede arreglar: nada del otro jueves. Anexión de Crimea y la desestabilización del Dombás. Empiezo a  regar la zona con decenas de miles de pasaportes rusos. Ya tengo rusos (muchos de ellos hablaban dicha lengua a causa de la rusificación acometida por Stalin pero bah…tampoco vamos a pelearnos por eso: con los ucranianos es otra cosa, claro)
    • los ucranianos son nazis. Yo lucho contra los nazis. Ergo yo ocupo el lugar de una URSS que luchaba contra el III Reich, luego yo soy el bueno y los ucranianos, los malos (y los que le ayudan, como la UE o EE.UU). Lástima el pequeño detalle de que la URSS de Stalin mató de hambre a millones de personas y rusificó Ucrania. Cuando llegaron los nazis, los ucranianos habían tenido bastante de Stalin. Si: uno de los nacionalistas ucranianos, Stepan Bandera, fue un criminal sanguinario y colaboró con los nazis, pero no era mejor que ellos ni que Stalin (ni peor). Y no eran todos los ucranianos. Se dice que si los alemanes hubieran tenido un poco de mano izquierda con unos ucranianos, que estaban ahítos de Stalin, las cosas hubieran sido distintas y Alemania podría haber sacado tajada con tales aliados. Pero no, Hitler erre que erre,  que eran infrahombres.
    • Razones de seguridad: hay que extender las fronteras hasta donde haga falta (mapa de Medvédev). Polonia, por ejemplo. Así empezó Hitler con el Sarre, Checoslovaquia, Austria. Hasta que le pareció poco y todos sabemos lo que pasó
    • la última (véase excurso mitológico un poco más arriba): Ucrania cometió el atentado de la sala de conciertos Crocus en marzo de este año. Ud. perdone, dicen todos: ha sido el Estado islámico y los autores son tayicos (Tayikistán, antigua república soviética la religión mayoritaria fue siempre el Islam. Desde la guerra civil de 1992 muchas minorías étnicas abandonaron el país). Aunque no todo está del todo claro. Bueno, pero Ucrania tiene algo que ver, eso seguro. Es fácil: los terroristas tenían planeado huir a Ucrania, porque Ucrania, qué duda cabe, está en el ajo. Claro que sí: escapar a través del territorio con más soldados y policía rusa por kilómetro cuadrado y la Ucrania ocupada, por el estilo. Cuando consiguen pasar todos los controles rusos, los ucranianos dicen: ¿motivo de la visita? matanza en Rusia bajo vuestras órdenes. Muy bien. Gracias. Puede pasar. Bienvenido a Ucrania ( o lo que queda de ella). Es como atracar un banco e intentar huir atravesando una comisaría de policía.
  • el área postsoviética: el antiguo imperio que Putin sueña  restaurar. Está integrado por los países que pertenecieron a la URSS, sobre los que Moscú se atribuye un área de influencia. En especial, el mundo eslavo, que también es ortodoxo. Moscú es la Tercera Roma, cabeza de los ortodoxos eslavos. Es el famoso constructo del rusky mir o mundo ruso. Volvemos a los del Bilbao: las fronteras rusas no acaban en ninguna parte; consecuencia: los rusos nacen donde quieren (mejor dicho «donde quiere Putin»): eso sí es muy de Bilbao ¿eh?.  Ya posee varias cabezas de puente en este mundo ruso:
    • Bielorrusia, estado cuasivasallo y satélite, desde el que acometió en parte la invasión de Ucrania en febrero de 2022.
    • Moldavia, que engloba el contencioso de Transnistria, rusófona, donde el Kremlin mantiene tropas «de pacificación» desde principios de los años 1990. Moldavia es un estado que vive en el miedo constante a molestar al Kremlin (una finlandización pero mucho más tangible y peligrosa), y no es menester demasiado para que el Kremlin se sienta molestado. Existen varias formas de presión, una de ellas, el chantaje del gas ruso al pequeño país… y lo que no es el gas: en 2024 la presidenta de Moldavia, siempre volcada en Europa, Maia Sandu, tuvo que retirarse de la Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE) por amenazas nada indisimuladas de Rusia, que no oculta su proyecto de unir la Transnistria moldava al territorio ruso a través de Ucrania…conquistando media Ucrania. Ya han dicho que los confines rusos llegan hasta donde Rusia lo considere necesario para garantizar su seguridad. Hasta Polonia, por ejemplo. Por eso la señora Sandu decidió dejarse de soberanías que los rusos no respetan (quitando la democracia soberana«) y agachar la cabeza ante Moscú.
    • Ucrania: de la que se habló, se habla y se hablará. Según la cosmovisión del Kremlin (putiniano)…1) Rusia está amenazada por la OTAN y Occidente; 2) por ello hay que extender las fronteras al máximo, hasta Polonia, Rumanía, etc. 3) los ucranianos son nazis y oprimen a los rusos, por eso tengo que ayudarlos y llevo a cabo la»operación especial» —que no guerra— contra Ucrania. En marzo dijo que sí, que estaba en guerra con Ucrania, por culpa de Occidente: bueno es saberlo; 4) pero es que los ucranianos —que ya hemos dicho que son nazis— son rusos para el Kremlin. Se les niega su ucranidad ¿son entonces rusos nazis? no me entero. Todo ello queda solucionado: la operación especial (o guerra, ya me pierdo) es para desnazificar ucrania. Es de suponer que luego se celebrarán  elecciones libres, democráticas y sin nazis. El problema es que los mapas de Medvédev dejan Ucrania reducida a poco menos que Kiev y sus alrededores.
    • Los países bálticos. En su momento, los más vehementes a la hora de desear la independencia de la URSS. Las repúblicas, tras pertenecer a diversos estados, logran la independencia al final de la Primera Guerra Mundial pero son ocupadas por la URSS en 1940. recobran la independencia en 1991 (una independencia que Rusia, por cierto, reconoce). Con la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, son los bálticos los países que más temen a Rusia, porque podrían quedar aislados  del resto del territorio de la Unión Europea en cualquier momento: sólo el corredor de Suwalki, una franja de 70 km. de largo mantiene la conexión. No por nada se le llama el punto flaco de la OTAN.Si Rusia decide «adquirir» dicho cordón umbilical,  uniría Kaliningrado a su territorio a través de Bielorrusia: desde el último país se produjo también la invasión rusa de Ucrania. Además, coexisten diversos frentes  abiertos: la guerra de los monumentos, por ejemplo, a tenor de la cual Rusia se siente ofendida por la retirada de estos monumentos de la era soviética en Estonia. Y no es un simple enfado: Rusia ha cursado una orden de detención contra Kaja Kallas, la primera ministra de Estonia, por dicha causa. Rusia sostiene que el crimen de la mandataria es atentar contra la memoria de los luchadores contra el nazismo; es decir: hostilidad hacia Rusia. El de la líder estonia es el caso más llamativo, pero no el primero de una serie de «diligencias penales». Ya se han despachado  contra las otras dos repúblicas bálticas, Polonia o Ucrania (donde se ha hecho algo más que cursar órdenes penales, como se sabe). Ahí es nada.  En los tres países existen minorías rusas…ya es de sobra conocido como Moscú puede prestar a las mismas su «asistencia».
  • los países del antiguo telón de acero y Yugoslavia. Rusia acepta de mala gana que los países antiguamente satélites vayan formando paulatinamente parte de la OTAN. Es cierto que la misma URSS ya propuso proyectó formar parte con Jhrusov en los sesenta (si bien Occidente, pese a que Moscú ofreció la reunificación de Alemania, no se terminaba de fiar), y que en los 1990… Moscú se adhirió a la Asociación para la Paz, casi un preludio de ingreso en la OTAN. Luego llegó Putin y empezó a hablar de la tragedia de la desintegración de la URSS y ahí seguimos.
  • Los Balcanes Occidentales (WB6) y Serbia. Lo que más nos interesa aquí es la antigua Yugoslavia, país que no compartía la naturaleza de satélite soviético para disgusto de los dirigentes en Moscú. La querían en su esfera, pues era el único comunista que no hacía lo que le decía papá URSS. De hecho Yugoslavia no estaba por la labor de ninguna de las maneras y su principal preocupación durante la guerra fría radicó en una eventual invasión soviética, tal y como hemos explicado en entradas anteriores. Sin embargo, las tornas han cambiado: Rusia es, desde 1999, el principal defensor de Serbia en el asunto de Kosovo. Y Aleksandar Vučić, el líder serbio, simpatiza con Putin. Su país ha experimentado desde su mandato un gran retroceso de los estándares democráticos y el respeto a los derechos humanos. Es una democracia híbrida. Ni siquiera se considera plena, como Rusia, que ya tiene poco hasta de híbrido. Y la UE exige a Belgrado que no transite dicho camino. Pero Vučić se siente a gusto, pese a que aspira a pertenecer al club comunitario. En dicha ambigüedad nada contento sin comprometerse con una UE que le pide democratizar el país y seguir la política exterior comunitaria. Arduo trabajo del que puede —de momento—escaparse. Siempre podrá decir —lo dice— que la UE no es nadie para decir quiénes sí y quiénes no pueden ser tus amigos; en realidad, sí lo es: Serbia se ha comprometido a satisfacer los requisitos que la UE establece para formar parte de ella. Si no te gusta, siempre puedes retirarte. Para el pais balcánico la pertenencia a la UE es uno de los máximos objetivos de su política exterior. Por eso, cuando Belgrado confraterniza con la UE u Occidente más de la cuenta, siempre hay alguna declaración rusa que recuerda por dónde no debe ir Serbia: el apoyo en la cuestión de Kosovo es clave. Con otros países de los WB6, como la adhesión de Montenegro a la OTAN. Las presiones de Moscú son claras: se consideraba que era un intento de contener a Rusia y ya advertía de que no quedaría sin respuesta. Y quien dice Montenegro, dice otros países de los WB6 (ver después). Esto fue en 2015, como si la respuesta no estuviera ya implementada con la anexión de Crimea y la desestabilización del Dombás…clara contestación al acercamiento a occidente del sufrido país. Como cree el Parlamento Europeo, Rusia ejerce sobre los WB6 confrontación geopolítica, influencia económica e interferencia política.

Así las cosas, persiste un espacio europeo postsoviético del que pueden exceptuarse a los países bálticos (y tampoco del todo, como se ha comentado). Dicho espacio se halla bloqueado por la coacción de la Rusia de Putin que, en el caso de Ucrania, se ha materializado en intervención militar y, en el caso de los WB6, la amenaza —velada o no— a la misma, lo que podría ser un aviso para Serbia. Dicho país siempre fungió como un equilibrio entre Rusia y la UE. En lo tocante a la primera, mantiene Belgrado dependencia energética, además de posible inclinación sincera del presidente Vučić y gran parte de la elite serbia (que en muchos casos bascula hacia la mafia y la delincuencia organizada). En cuanto a la guerra de la opinión pública, va Rusia por delante, considerando los serbios mayoritariamente que Rusia es su mejor aliado y colaborador económico. Esto no es cierto, ya que el mayor contribuyente e inversor neto en el país es la Unión Europea. La mencionada inclinación se ve reforzada en primer lugar por los intereses de gran parte de las élites, que encuentran un discurso legitimador en la potente herramienta rusa de la fraternidad eslava, la cual, si bien se ha demostrado la falsedad de su base histórica, sí ha calado en la población serbia, que muestra altos grados de aprobación con respecto a la Rusia de Putin y la intervención en Ucrania.

El sentimiento de desagravio de la Rusia de Putin

La Rusia de Putin capitaliza un sentimiento de desagravio previo a tenor del cual Occidente ninguneó y humilló a Rusia. Esto es en parte cierto, en tanto que la Rusia inmediatamente postsoviética perdió la capacidad de influencia que tenía con la URSS, si bien fueron ellos solitos los que colapsaron y además necesitaban los créditos occidentales. Hubo una forma de conjurar el ascenso de Occidente, y fue con el ministro de exteriores ruso Yevgeny Primakov (1996-1998). Aún de tendencia antioccidental, el titular de exteriores ideó un sistema muy bismarckiano, preconizando la creación de un juegode equilibrios mundiales, en el que EE.UU. tuviera contrapesos. Mediante el mismo podía lograrse mucho más que con la coacción o la amenaza del uso de la fuerza.

Rusia se da un tiro en el pie, pero no puede reconocerlo

En contraste, la Rusia de Putin quemó su imagen de manera gratuita ante la comunidad internacional con medidas de todo o nada, como la invasión de Ucrania, que además pecó de clamorosos errores de cálculo y puso en solfa el mito de la infalibilidad de la máquina militar rusa en un país, Ucrania, donde, como en Afganistán, no son bien recibidos. Así, cunde la impresión de que las fuerzas armadas rusas son incapaces de ocupar un país si no es arrasando ciudades –y población civil– como en Grozny (Chechenia) o Siria. Ello será posiblemente la opción de huida hacia delante de un Putin incapaz de rectificar y al que la UE y Occidente deberían dejar una opción de retirada con el menor menoscabo posible de su prestigio, sobre todo a ojos de su propia opinión pública. El prestigio lo ha erosionado él mismo, pero la política es la política y ninguna potencia invade un país, reconoce que ha fracasado y se retira sin más.

Ucrania se aleja definitivamente de Rusia

La invasión de Ucrania está sostenida por una serie de presupuestos en torno a la situación de este país que resultaron ser todos ellos falsos. Uno de los componentes de la narrativa de Putin es el “mundo ruso” (ver arriba) como reformulación de la recuperación del espacio postsoviético. A ello se sumó una propaganda un tanto maniqueísta, poco sofisticada y simplista, según la cual Ucrania es un estado nazi que oprime a sus minorías rusas y que incluso comete genocidio: el presupuesto de que los tanques rusos iban a ser recibidos con flores, como libertadores o —al menos— con indiferencia, se ha estrellado contra la resistencia de los ucranianos, desmontando fácilmente el mito del “mundo ruso”. Por el contrario tuvo como efecto alejar definitivamente a los ucranianos de Rusia, forjando un sentimiento nacional de “ucranidad” y, a la vez, de pertenencia indubitada a Europa y Occidente, motivado por el apoyo sin matices —al menos, en su fase incial—de los Veintisiete. Ello constituirá probablemente un punto de inflexión que alejará a Ucrania de esa característica figura de transición ente el Este y el Oeste, y será reforzado aún más por las condiciones que impondrá –y que está imponiendo en los territorios ocupados– Putin.

Putin ha acabado propiciando aquello que quería evitar en la UE

En quinto lugar, y en relación con los mencionados fallos de previsión, elementos como la relativa pasividad occidental ante la anexión ilegal de Crimea y la desestabilización del Dombás, así como la humillante retirada occidental de Afganistán en 2021, el brexit y las presiones de los países euroescépticos en la línea de una UE que atenta contra la soberanía de éstos llevaron a pensar a Putin que la invasión podría realizarse con una UE dividida. No obstante, la llamada «operación especial» ha galvanizado, por contra, a todos los Estados miembros, incluidos los más euroescépticos y proclives a Putin, que han cerrado filas en lo relativo a las sanciones y gestión de la crisis, además de darse un impulso sin precedentes a la defensa común europea tras décadas de debates sin resultados claros. Al haber revelado Rusia su jugada, ha dado a la UE la oportunidad de plantearse el rearme y de calificar a Rusia como una amenaza directa y a largo plazo para la seguridad europea, con lo que se ha esbozado la creación de una nueva política de seguridad europea (brújula estratégica) en la que Rusia tendrá aún menos concesiones. Además, podría acelerar los procesos de integración o, al menos unas mejores condiciones de asociación, de los llamados frontrunners de los WB6  como Serbia y Montenegro, para no perderlos, lo que generaría un efecto dominó en el resto de la región. Otra derivación de lo descrito es que la guerra en Ucrania ha vuelto a unir a los socios euroatlánticos (Canadá y Reino Unido inclusive) e igualmente ha reforzado a la OTAN–lo contrario de aquello que Putin preveía– y Estados neutrales como Suecia y Finlandia ya han dado históricos pasos para la integración en dicha organización militar. Ello ha provocado que Europa vuelva a estar en la agenda estadounidense tras años de desplazamiento al eje Asia-Pacífico y tras décadas de exigirles más presupuesto en defensa. Está por ver qué puede suceder si Trump gana la próxima cita electoral en EE.UU. El magnate es el euroescéptico y antiatlantista más contumaz, quien calificaba a los europeos de tacaños por no dedicar más presupuesto militar. Europa ya está en otra onda, falta ver si Trump también. No lo parece, en virtud de la admiración que profesa a Vlaidimir Putin y de las perlas que dejó caer al incitar a Rusia a atacar a los aliados si los europeos siguen sin aflojar dinero.

Peligrosa cercanía de Serbia a Rusia y desestabilización potencial de Bosnia-Herzegovina

En Serbia, y la propia UE, podría cundir la preocupación de que este país es el próximo en sufrir un “correctivo” ruso. En principio, se encuentra Serbia alejada del teatro de operaciones ucraniano, pero coexisten varios factores que la hacen proclive a una desestabilización por parte de Rusia, como la actitud prorrusa de Milorad Dodik, cuyo territorio  ha sido ya escenario de operaciones para el reclutamiento de voluntarios serbios con destino a luchar en el Dombás junto a Rusia. Moscú, que a buen seguro lleva tiempo intentándolo, podría desequilibrar una BiH con el apoyo de Dodik, cuya aspiración es la disolución de la federación de raigambre daytoniana. Ello podría albergar peligros potenciales para la estabilidad de la arquitectura de los acuerdos de Dayton en la zona, vitales para los WB6 y la propia UE. Si a comienzos de los años 1990 no era lo más sugestivo ver desplegada una guerra en las puertas de la UE, no digamos ahora con el ascenso de China y la guerra en Ucrania.

Por último, y a medida que, como se va viendo, Rusia está siendo abandonada por cada vez más países, Serbia podría usar el pragmatismo que ha caracterizado en el pasado a sus dirigentes. El tiempo ha demostrado que los mandatarios serbios con pasado nacionalista han aparcado sus ideas en pos de la meta de la integración en la UE o, simplemente, de lo más conveniente a sus intereses. Con arreglo a lo dicho, incluso alguien como Vučić podría ir despegándose de un aliado que empieza a resultar demasiado incómodo. En cualquier caso, tres apuntes:

  • sendas victorias —amañadas— de ambos líderes en los procesos electorales de finales de 2023 y principios de 2024 dan, de momento, oxígeno a los dos países en sus posiciones.
  • Los abandonos a Putin han alcanzado su punto álgido. Muchos países, en especial en Latinoamérica no están interesados en seguir las directrices europeas o estadounidenses
  • Por cierto, las sanciones no valen para nada. Solo las sufre la población rusa. Pueden haber disminuido la capacidad militar de Rusia. Pero no hay que olvidar que aun peor estaba en 1941 cuando Hitler la invadió

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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