ELECIONES ¿LOCALES? EN POLONIA

Notas sobre la organización administrativa del país

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Para saber qué se vota hoy, es de recibo conocer la estructura administrativa polaca.

Es como sigue: a nivel de estado central tenemos la presidencia de Polonia, que es la jefatura del Estado. Su cabeza es Andrej Duda, del PiS. En segundo lugar, la presidencia del gobierno, cuyo titular es Donald Tusk (Plataforma Cívica (PO), pero jefe de la Coalición Cívica (KO), asistido por un consejo de ministros de distintas tendencias integrado en la KO.

A nivel regional, el país se divide en 16 voivodatos o provincias (desde 1999). La unidad administrativa se parece a una comunidad autónoma española o a un Land alemán; sin embargo, tampoco es eso exactamente: está a medio camino entre la administración provincial y la autonómica, aunque tiene más competencias que una diputación española. Las competencias de cada voivodato (województwo) no son tan extensas como los Länder o las comunidades autónomas y comparten muchos aspectos de la administración con el Estado. Al frente de cada województwo se encuentran un Voivoda (Wojewoda ), que nombra el gobierno central (un gobernador) y un mariscal (Marszałek (województwa)), como un presidente de comunidad autónoma española, administración regional propiamente dicha. En un voivodato, por tanto, hay dos instancias: la central (Voivoda) y la regional (mariscal).

Por todo lo dicho, es aconsejable hablar de “regional” a secas si nos referimos a un voivodato. Los voivodatos también engloban a algunas ciudades, lo que equivaldría —siempre salvando las distancias— a las ciudades autónomas como Ceuta o Melilla o, en el ámbito alemán, ciudades-estado como Bremen, Berlín o Hamburgo.

Antiguamente eran los voivodatos más pequeños y había mayor cantidad de ellos. Los voivodas son gobernantes, algo del ámbito eslavo, y en Polonia tradicionalmente corresponden a regiones históricas. Suelen fungir como algo parecido a duque (debajo del rey), y se dan también en los Balcanes (en Serbia hay una división administrativa que se llama Vojvodina) Chequia y Eslovaquia históricas, Rusia, Bulgaria, Moldavia y Transilvania. con distintos “rangos administrativos”.

En dicho año 1999 se redujo el número de voivodatos a 16, como se indicó, y se introdujeron unidades administrativas menores como los powiats, algo así como condados (en EE.UU), que equivaldrían a una provincia o diputación en España / Kreis en Alemania. Luego vienen los gmina (polaco, en plural, gminy), similares a los ayuntamientos o entes locales españoles. Después le siguen entes menores como los ociadle (también conocidos como dzielnica, traducidos a veces como “vecindario”, lo que da cuenta de su tamaño) en pequeñas poblaciones, y los sołectwo, si vamos descendiendo a nivel de concejos rurales. Desde 1992 el país asiste a una progresiva descentralización administrativa.

A quien se vota hoy es a las personas que van a dirigir estos entes administrativos de los voivodatos, powiat (plural, powiaty) y gminy.

En total, se eligen 47.000 concejales de voivodatos, powiaty y gminy y miles de alcaldes y jefes de distrito.

 

Distribución del poder en Polonia

Como se adelantaba en la anterior entrada, hoy mismo se están celebrando elecciones locales (7 de abril de 2024) en Polonia, lo que supone el primer “examen trimestral” para un gobierno que hemos llamado “a prueba”, porque el PiS conserva aún mucho poder local y también regional: el PiS gobierna en los voivodatos de Cuyavia y Pomerania, Łódź, Lublin. Lo hace, asimismo en Świętokrzyskie con los agraristas del PSL, en Pequeña Polonia, Mazovia, Warmia-Masuria, donde comparte el poder con el PO en Lubusz, Opole, Podlakia, Subcárpatos, así como con ¡Sí! Por Polonia (T!DPL), adscrito a la KO, izquierda).

 

El segundo “examen” vendrá con la cita electoral europea (junio de 2024). La prueba final vendrá dada por las elecciones presidenciales de mayo de 2025. En un año, con tres procesos electorales de por medio, la balanza de poder puede decantarse al PiS (lo que sería mantener el statu quo, en realidad) o ser testigo de otorgar más predicamento al actual gobierno de Donald Tusk (consolidación).

 

En el caso de un resultado adverso, voivodatos, powiaty, gminy en poder del PiS y sus aliados podrían dejar en una posición muy comprometida al gobierno que preside Donald Tusk, que se encontraría que manda en la administración central pero con las manos atadas para implementar políticas centrales en díscolos niveles administrativos inferiores. Recordemos, a modo de tristemente ilustrativo ejemplo, que son las administraciones locales —a veces pequeños pueblos— los que llevan a cabo dudosas iniciativas como “zonas libres de «ideología LGBT””.

Actualmente la presidencia del país la ostenta un hombre del PiS —Andrej Duda—, quien utiliza su cargo para torpedear y ralentizar cualquier actividad del gobierno: teme que le acaben salpicando los casos de corrupción pendientes. De ahí que entidades regionales y presidencia del país en manos del PiS pueden cercar a Tusk por arriba y por abajo.

Para tal consolidación, es menester resolver los múltiples desafíos. Y no sólo eso, sino que cunda entre la población que el gobierno “hace algo”, pues la maquinaria del poderoso PiS sigue en campaña desde octubre de 2023. Los retos que ya se han abordado en anteriores posts son 1) la formación del gobierno; 2) la legislación sobre el aborto; 3) la reforma de los medios de comunicación estatales, que se habían convertido en una herramienta de propaganda del gobierno anterior, cuyos políticos (son casi todos hombres) continúan detentando muchas cabeceras privadas.

Hoy se platicará sobre el enredo que le ha sobrevenido a Polonia a causa de la guerra en Ucrania. Mientas dirigían las instituciones polacas los ultraderechistas nacionalpopulistas de PiS+Konfederacja, todo era más fácil. Aunque contrarios a la guerra desatada por Rusia en el país vecino, Morawieski, junto al grupo de Visegrado (V4) (aquí hablo un poco de tan pintoresco y ultraderechista club) sentían especial querencia por Vladimir Putin, toda vez que los métodos autoritarios del patriarca ruso constituían un no tan oscuro objeto de deseo para los regidores de dichos países, con Orbán a la cabeza. Robert Fico (nacionalpopulista supuestamente de izquierdas) venció en Eslovaquia, pero no es suficiente, pues con Tusk rigiendo Polonia pierde el V4 una de las patas que sustentan el conjunto.

Ahora, por fin, paso a analizar otro de los retos del gabinete Tusk III: hoy, Ucrania-Rusia

UCRANIA Y RUSIA

¿Se avecina una guerra?

No corren buenos tiempos para la paz. En Ucrania, Yemen o Palestina está claro. En Europa, la canción del verano parece ser la máxima “asegurar la paz es prepararse para la guerra”. Así andan los bálticos, espantados ante la posibilidad de otra invasión soviética. El corredor de Suwalki es una franja de tierra estrecha que puede suponer, ante un eventual bloqueo soviético-bielorruso (Minsk es, desde tiempo ha, un satélite de Moscú), el aislamiento de las tres repúblicas del resto del territorio comunitario (el punto flaco de la OTAN, le llaman). Y Putin les tiene ganas: ya emitió orden de captura contra la presidenta de Estonia y asiste muy preocupado (cuando Putin se preocupe, pon tus barbas a remojar: el dicho no era así, pero más o menos) por la destrucción del legado soviético en la región (algo de ello cuento aquí, en el apartado “área postsoviética” y el subapartado “países bálticos”). Polonia, otro oscuro objeto de deseo para Rusia, también tiene miedo. La última reunión del Consejo Europeo de Bruselas de marzo de 2022 estuvo caldeada. Hace poco Tusk dijo que estamos en guerra con Rusia (¿alguien lo dudaba a estas alturas?). Pedro Sánchez, el presidente español, y otros líderes europeos, “recomendaron” al líder polaco que no convenía usar la palabra “guerra”, porque se corría el riesgo de asustar a la población (aunque su misma ministra de defensa Margarita Robles despliega una tendencia más “belicista”). Pero para Tusk es una amenaza más tangible. España queda bastante lejos.

Además, para qué engañarnos, en Polonia siempre viene bien conjurar un enemigo externo para que la población se una en torno a su presidente en un tema tan “patriótico”, lo que siempre vende: le pisa el terreno a los “patriotas” por antonomasia (al menos, por la cantidad de veces que manosean el término): el PiS. Alemania, por su parte, ya ha encargado dos buques de guerra e insiste en que el ejército debería estar preparado para una guerra: normal, para eso son en teoría los ejércitos. Otra cosa es que ya no se usen denominaciones tipo “ministerio de la guerra”; más que nada, porque ya no se lleva: queda muy agresivo. Alemania, recordemos, no hace tanto que, por estipulaciones tras la última guerra mundial, no podía desplegar su propio ejército en su territorio salvo para catástrofes concretas, lo que le hizo desempeñar un papel que en ocasiones dejaba que desear en lo respectivo a su imagen internacional, como en como en Múnich’ 1972. Macron, por su parte, deja caer que podrían enviarse soldados a Ucrania. Es un farol, claro, pero no lo es que han existido conversaciones secretas entre los premieres francés y alemán sobre el asunto. Luego, un sector más a la izquierda que insiste en que menos guerra y más hablar. Pero hablar equivale a negociar ¿negociar qué? Pues que Rusia saque tajada ¿Crimea? No estaría mal, y creo que Ucrania lo aceptaría haciendo un poco de paripé, pero ¿lo aceptaría Putin? Ya vimos los mapas de Medvédev que dejaban reducida Ucrania a un condado en torno a Kiev, si bien es un principio tradicional pedir mucho para que te den algo. Si no pides nada, nada te dan.

 

Volviendo a Polonia, su relación con Rusia siempre es un quebradero de cabeza. Si con el anterior gobierno tuvo lugar un cierre de filas con los países de la UE, con el tiempo dicha posición se fue erosionando, pues a los polacos (por muy del PiS y de Konfederacja que sean) siempre se les enciende una luz de alarma cada vez que Rusia planea algo: son muchos siglos de experiencia.

Alertas no faltan. Polonia desplegó el 5 enero aviones de combate F-16 para proteger su espacio aéreo. Parece que un cohete ruso sobrevoló durante unos minutos unos  kilómetros de espacio aéreo polaco, mientras Rusia continuaba sus ataques de misiles en ciudades ucranianas. Al final no era nada, era para asustar, como suele pasar. No obstante, no se debe relajar la guardia en ningún momento. Los errores —especialmente cuando son rusos o israelíes—los carga el diablo. Analistas cualificados —en especial, la inteligencia británica— sostienen que la precisión y capacidad misilística rusa está seriamente comprometida tras tener que tirar de lo que hay (siempre con permiso de la “no-ayuda” chino-iraní, que algo alivia siempre). Es un error calculado más bien: una cosa es que un misil ruso falle unos kilometrillos y mate a una gente o a otra y un asunto más grave, violar el espacio aéreo de un país de la UE y, en consecuencia, de la de OTAN: sí, las personas pintan menos que los espacios aéreos, cosas de la política. La duda es razonable. Polonia no quiso agitar demasiado y aseguró que el nivel de amenaza no era elevado, pero los misiles rusos estuvieron 40 km en Polonia, si bien no se encontraron componentes del misil en suelo polaco. Con todo, Jacek Siewiera, jefe de la Seguridad Nacional, dijo que no podía descartar que el incidente fuera una provocación rusa. 

En cualquier caso, no se trata sólo de misiles: preocupantes son, del mismo modo, las interrupciones este mismo año en las señales de GPS en el norte de Polonia, alrededor —¡qué casualidad! — del corredor de Suwalki, el puerto de Gdynia y los estrechos daneses. Señoras y señores: con Uds., la guerra híbrida, algo de lo que también los chinos saben algo.

Ucrania: amigos y aliados, pero que corra el aire

En la última semana de enero de este año, Tusk realizó un viaje a Kiev, asegurando a Volodimir Zelenski que Polonia asistiría a Ucrania con equipos y suministros, lo que puede traducirse como apoyo logístico y militar para la defensa del país. El líder ucranio habló de trabajar conjuntamente con inversiones ucranianas en Polonia y viceversa, así como en la fabricación de armas para fortalecer militarmente defensivamente los dos países. Es punto económico siempre es importante: y es que las armas dan mucho dinero y trascienden incluso las rivalidades: sirva para ilustrar lo dicho que Serbia y Croacia, estando en plena guerra, colaboraron para fabricar insumos militares. Resulta que la industria armamentística yugoslava producía unos elementos en cada república y otros, en otra. Yugoslavia ya no existía y se estaban masacrando los unos a los otros —aunque unos más que otros—, pero no pasa nada: un pedido es un pedido y hay que cumplir.

Y Varsovia y Kiev son amigos, aunque ya menos, desde que la UE quitó aranceles a los productos agrícolas ucranianos, el este —Polonia, entre ellos— está que trina. Camioneros y agricultores están muy enfadados, aunque eso es objeto de otra entrada (la guerra del grano). La cuestión es que a Tusk tampoco le viene bien confraternizar con lo que para muchos en Polonia es el enemigo en este sentido: no hay que olvidar que parte del apoyo que recibe Tusk para ser presidente y llevar a cabo su labor ejecutiva y legislativa depende, entre otros, del PSL, un partido agrarista que tiene su caladero electoral en gente que, a la mínima, puede pasarse al PiS, señor absoluto del campo polaco.

 

Alemania, siempre Alemania

Radosław (Radek) Sikorski, ministro de exteriores de Polonia, felicitó a Alemania en enero por su compromiso en la defensa de Ucrania, sin dejar de recordar su discurso de 2011 (a la sazón, también jefe de exteriores): que Alemania no le asustaba, no tiene miedo de un abuso de poder germano, sino más bien de una inacción alemana que —tal y como están las cosas— no pinta nada bien. Venía a decir que Alemania tuvo un pasado complicado pero que, en este momento, ya no hay nazis (al menos, en el gobierno) y es mucho más inquietante que no haga nada y se quede callada ante “lo de Ucrania” a que de vez en cuando salte un titular de siniestras conversaciones secretas con nazis. Cierto es que Angela Merkel bien que firmó un suministro de gas ruso en plena anexión de Crimea por el Kremlin, aunque todos tienen derecho a rectificar. Advertía, además, de que, tras 1989 todo el mundo se desarmó, pero se descuidó la defensa. El este exsoviético se desindustrializó también en este campo, lo que constituyó un error (según el ministro). Por tanto: no se trata sólo de asistir a Ucrania, sino de desarrollar, ya que estamos, las capacidades militares europeas.  Para ello, Polonia presiona a Alemania, porque no es suficiente lo que aporta, a su juicio. De acuerdo: Alemania es la economía que más contribuye en términos netos a la asistencia a Ucrania, pero —siempre hay un pero— Berlín está, por ejemplo, detrás de Polonia y por supuesto de Noruega, Lituania y Estonia (claro: los que más se exponen) en términos de porcentaje del PIB. Sobre esto cabe hablar mucho, ya que más de un experto hace notar que Polonia se está convirtiendo en una potencia militar regional con motivo de la guerra en Ucrania. Esto no es ni bueno ni malo per se. Como suele suceder, hay que estar pendiente de quién utiliza dicha cualidad. Sí, hablamos del PiS, a quien no gusto nada que Zelenski elogiara a Alemania por la ayuda recibida y criticara a Polonia por bloquear la salida de cereal ucraniano a Europa. 

En el gobierno alemán hay diversas sensibilidades: por una parte, el Bundeskanzler Olaf Scholz (socialdemócrata) animó a gastar aún más en la defensa ucraniana, recalcando que todavía sigue siendo poco (por no hablar de los muchos millones de dólares varados en el congreso estadounidense por bloqueo republicano). Por otro lado, Christian Lindner, ministro de Finanzas (liberal, FDP), se mostraba más prudente, ya que la ayuda, al fin y al cabo, cuesta dinero.

En fin, Polonia y los Bálticos quieren que todos se impliquen más en la defensa de Ucrania y, de paso, fortalecer la europea. Para tal cometido, necesitan al país más rico, que es Alemania. Observando todo está Trump, declarado enemigo de mantener la Alianza (y,como se ha dicho arriba, impidiendo aprobar partidas para Ucrania). Stoltenberg, secretario general de la OTAN, en su 75 aniversario hace unos días, animó a los europeos a poner más dinero (al menos, destinar un 2% del PIB a la partida de defensa, cifra que pide EE:UU., siendo España o Bélgica los que más lejos están de tal cifra). No obstante, también lanzó un recadito para EE.UU.: el país norteamericano es mucho menos en capacidad militar sin sus socios de la OTAN.

Ello nos dará, en su momento, la oportunidad de tratar el tema de los pasos en una defensa europea común…aunque eso es otra historia.

La próxima entrada sobre Polonia versará sobre la guerra del grano 

 

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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