Foto: Manifestación pro Palestina en Colonia, enero de 2024. Al frente, pro-israelíes, separados por la policía. Autor: Antonio F. Rando Casermeiro

Cuando Putin invadió Ucrania en febrero de 2022, casi toda la comunidad internacional se mostró firme contra esta guerra a gran escala; una guerra contra un país soberano que no se producía desde la última gran guerra, por lo menos no con tal intensidad.

Es cierto que muchos no se olvidaban de los intervencionismos de los países occidentales —en especial, los Estados Unidos— en el el «sur global». Pero, con todo, vale: lo que está mal, está mal.

¿O no? De eso se platicará en la presente entrada. Lo de Ucrania no es de recibo, pero lo de Gaza, tampoco; de hecho, es sustancialmente más grave. Sin embargo, Occidente recrimina al sur global la falta de apoyo total en el contencioso de Ucrania mientras ignora los atropellos masivos de derechos humanos y vidas en Gaza. Dicho Sur global no está dispuesto a suscribir el doble rasero occidental y se revela, caminándose hacia una polarización mundial que no puede traer nada bueno.

 

El Sur global

Es un término que se acuñó al calor —y el napalm— de la guerra de Vietnam, sobre 1969 . Para algunos, la intervención de Washington en Vietnam constituía una clara manifestación —intolerable— del dominio del norte sobre el sur. Una especie de metonimia que identifica la explotación de los países más ricos contra los más pobres: «el tercer mundo», para ser más claros, aunque hace tiempo que no goza la expresión de demasiado predicamento por su propiedad de despectiva. No es un concepto, como se ha visto, sólo geográfico, pues la India y muchos países de este llamado sur global se encuentran en el hemisferio norte de planeta, del mismo modo que los «sureños» Australia y Nueva Zelanda no se consideran parte de ese sur global.

En muchas ocasiones, las intervenciones occidentales se hacen en nombre de la democracia. No obstante, la potencia que sin duda conlleva la dicotomía «Occidente democrático contra China y Rusia autoritarias» está perdiendo fuelle ¿por qué? pues porque hay mucho más que eso. La democracia es un valor indiscutible, pero no es un cheque en blanco. Un entorno en teoría democrático permite dictaduras (cuando no las fomenta), deja que los saudíes hagan y deshagan a su antojo en Yemen, se mostraron pasivos ante los genocidios a gran escala de Ruanda y Burundi y miraron demasiado hacia otro lado en la cuestión de Yugoslavia a principios de los 1990, cuando los informes dejaban más que claro que el país balcánico caminaba, cuesta abajo y sin frenos, hacia la espiral de violencia y destrucción que todos conocemos. Naturalmente, hay una inmensidad de ejemplos más.

El término goza de no poco prestigio y todo el mundo lo utiliza, desde António Guterres a Joe Biden, pasando por  Narendra Modi. El vocablo ha pasado  con el tiempo a referirse a otra cosa:  un amplio conjunto de naciones que buscan reformar las estructuras injustas de la economía global, proteger sus apuestas estratégicas y promover el surgimiento de un sistema más multipolar. Con todo, el concepto tiene su retroceso: puede llevar a generalizaciones que, en un pasado no tan lejano, condujeron al Occidente colonial  y postcolonial a actuaciones poco éticas.

Un sur global en la Unión Europa: la crisis del Covid

La pandemia de coronavirus dejó al desnudo la incongruencias y falta de humanidad en el mismo seno de la UE, el egoísmo de los países ricos (norte) con respecto a los menos ricos (de nuevo sur…»gobal-europeo»). Al final, Europa rectificó, pero trasladó al mundo un mensaje pésimo: si Europa no es capaz de proteger y asistir a sus propios miembros, qué no harán con los que no son ni siquiera parte de la UE.

Alguien anduvo muy listo: China y Rusia aprovecharon para inundar de insumos sanitarios los países del este europeo y los Balcanes. «Nosotros sí somos amigos de verdad», parecían querer decir. Y algo caló, pues en Serbia y los países del grupo de Visegrado (V4), mantienen, sobre todo en Serbia, una percepción que tiene a Rusia como amigo y a la Unión Europea como enemigos. Una Rusia —y también una China— que ayudan frente a una Europa que sólo habla de tonterías (la calamitosa gestión inicial de la crisis del Covid es un ejemplo de lo dicho).

Los «otros países» están hartos de la doble moral occidental

Este sur global está harto de las hipocresías occidentales y de sufrir las crisis que otros (sí, Occidente) provocan. Mucha democracia pero pocos beneficios. Es por esta razón que muchos países del ámbito hispanoamericano (y no sólo) no están dispuestos a suscribir a Occidente en su empeño en Ucrania. Por una parte, ¡vaya! qué interés tienen los europeos en ayudar a Ucrania. Da la casualidad de que el país se ubica en Europa y de que les afecta a ellos en especial. Si Putin gana en Ucrania, muchos países están amenazados: desde Moldavia, donde Rusia tiene estacionadas tropas desde la primera mitad de los años 1990, al frágil cordón umbilical del corredor de Suwalki, que puede dejar a las repúblicas bálticas aisladas del resto de la UE. Polonia es otro de los países. LA experiencia de los polacos con Rusia no es en modo alguno enriquecedora.

Los países de América del Sur, Centroamérica y el Caribe son perfectamente libres de pensar que, bueno, la invasión de Ucrania está mal, pero cuando algo nos pasa a nosotros, ni caso; es más, ellos mismos son los que nos invaden a nosotros, y su jefe, EE.UU. ha intervenido cientos de veces en Latinoamérica (término dudoso, pero que se ha impuesto en las relaciones internacionales), para anexionarse territorio mexicano, para proteger plantaciones de interés estadounidense o para apoyar dictaduras como las del Cono Sur en los años 1970. Así que, por favor, no me vengan ahora como que esté de acuerdo con ustedes en todo.

La última gota…Alemania, también

Pero la (enésima) gota que colmó el vaso es la doble moral con respecto al conflicto de Gaza. Saca un poco los colores comprobar que todo lo que se vuelcan con Ucrania es directamente proporcional a lo que ignoran el sufrimiento de los gazatíes. Esta vez la cosa es más grave: hasta ahora, se podía echar la culpa de todo a EE.UU. Los europeos no comparten este sentimiento pero, en fin: hay que ser pragmático. Aunque esté feo, es mejor que se metan con otro y me dejen a mí tranquilo.

Ello permite a la UE ejercer el papel de poli bueno…relativamente, porque ya hemos abordado que la posición de la UE deja mucho que desear. En Europa que, no olvidemos, defiende la idea de los dos Estados en Israel, del mismo modo que la defiende Alemania, no se actúa en consecuencia. En la cumbre europea en enero de este año, no se llegó a consenso alguno. Hablan de la solución de los dos Estados como quien habla de «hay que erradicar el hambre en el mundo» sin hacer nada para lograrlo. Josep Borrell, el jefe de la diplomacia comunitaria, ha sido el más batallador, lo cual no debe extrañarnos, pues no hace más que seguir las directrices de política exterior de la Unión. Pocos se atrevieron a decir a Netanyahu a la cara lo que pensaban: España, Bélgica y pocos más.

En cuanto al reconocimiento del Estado palestino, que desde 2012 tiene el estatus de observador permanente en la ONU (para ello no se necesita el aval del Consejo de Seguridad), sólo España, Malta (que hace tiempo que lo reconoció), Bélgica, Irlanda y Eslovenia están a favor en la UE. No harían nada nuevo, pues ya hay 140 países que reconocen a Palestina en la ONU. Malta puede jugar un papel simbólico en tanto ocupa la presidencia rotatoria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y podría elevar la cuestión a debate. Simbólico, como se ha dicho; virtualmente, carece de recorrido pues, si finalmente consiguen 9 de los 15 votos en el Consejo de Seguridad, es de cajón que, al pasar a la Asamblea General se encuentre con el veto de Estados Unidos.

Francia habló de mandar tropas a Ucrania, pero no a Gaza. Lo de siempre: Ucrania sí y Gaza no. Solamente por indignación, es lógico que el sur global pase de la posición occidental con respecto a la guerra en Ucrania. Por molestar, siquiera.

Sin embargo, ahora es distinto. Europa podía fungir de poli bien aunque no lo fuera, si bien se acabó: porque ya no es sólo Estados, sino que  también Alemania ejerce de superpotencia occidental, y de la peor de las maneras: apoyando incondicionalmente a Israel e ignorando la matanza que —como delito continuado— lleva perpetrando Israel durante seis meses al pueblo palestino. Como ya se ha visto (en esta entrada), Alemania esgrime una razón de estado para ejercer la total falta de empatía con los palestinos. Da igual por qué razón; Alemania por la suya y Washington con la suya de tradicional aliado de Israel y la influencia del consabido lobby (o «cabildeo», la palabra que no goza de tanto predicamento) judío. El cabildeo es algo bastante controvertido, considerado por muchos un soborno legal. Un grupo de presión que, al margen de los votos, condiciona las políticas de un Estado. Otro sector es de la opinión, sin embargo, de que los lobbies son también parte de la sociedad. En fin, el debate está servido y no seré yo quien lo resuelva. En Alemania, el caso es distinto: todo pasa por la «razón de estado«. Dicho pilar de la política exterior alemana radica en lo siguiente: como matamos judíos hace ochenta años, no podemos cuestionar la política de Israel aunque hagan lo mismo que hicimos nosotros.

Desestabilización y problema de seguridad regionales

El problema de todo esto es que trasciende la ética. Que el doble rasero con Ucrania y con Israel sea éticamente reprobable, pues de acuerdo. La política internacional no tiene en la honestidad su rasgo más distintivo. El problema es otro: que con dejar a Israel manos libres en Gaza, se toman libertades fuera de la Franja, como el bombardeo el pasado 1 de abril del consulado de Irán en Alepo, en Siria. Fueron asesinados varios altos mandos y oficiales iraníes, entre ellos el veterano Zahedi, cabeza de la asistencia militar a la milicia Hezbolá en Líbano. Esto no lo puede permitir ningún estado soberano: Irán respondió y, hasta prácticamente hoy mismo, Israel ha estado luchando contra la ofensiva masiva de cientos de drones y misiles lanzada por parte de Irán. Primero, Netanyahu ha estado financiando a Hamás. Esto no lo digo yo en la barra de un bar, sino el mismo Mister PESC Josep Borrell. Segundo, provocando a Irán, que es cierto que financia a determinadas milicias proiraníes en Palestina, pero de ahí a efectuar un ataque penetrando en el espacio aéreo de otro país (más) hay un largo trecho.

Consecuencia: la UE y Estados Unidos condenaron unánimemente…¡el ataque iraní! Bienvenidos a un nuevo problema de seguridad en la región. Tanto Teherán como Tel-Aviv de miden mucho y cuidan de evitar una guerra abierta, pero Netanyahu está lejos de ser una paloma; menos ahora mismo, cuando lucha por su supervivencia política a base de matar palestinos. La UE —en particular, Alemania— y EE.UU. están teniendo con su carta blanca a Israel una contribución de primer orden al deterioro de la estabilidad de Oriente Medio.

 

Una foto: Israel y la opinión en Alemania

La foto que preside esta entrada está tomada por el propio autor. Unos manifestantes palestinos protestaban contra las masacres de las fuerzas armadas israelíes en Gaza. Frente a ellos, algunos israelíes. Luego se veían en el tren con la bandera de la estrella de David, orgullosos.

Me acerqué a saludar a los palestinos, y confieso que me lo pensé. Al acercarme, noté que no había prácticamente alemanes: sólo palestinos y algún extranjero, como yo. Me sentía raro, que todo el mundo me miraba ¿Por qué no había alemanes? De ello se discurrirá a continuación.

Dentro de Alemania, la situación es complicada. Como si de una finlandización se tratara, muchos alemanes se abstienen, en muchos ámbitos, por miedo, a expresar la opinión. Todo lo que implique separarse de la línea oficial (es decir: Israel fue atacado y hay que apoyarlo, punto) conlleva el riesgo de sufrir ninguneo en distintos ámbitos de la vida social. A nadie se le pasa por la cabeza decir algo a favor de los palestinos, de sus padecimientos. No estamos hablando de defender la causa palestina en ningún caso. Por el contrario, se trata de algo mucho más simple: que si el atentado de Hamás el 7 de octubre estuvo mal, el castigo desproporcionado que Israel está dando a los palestinos, no es mejor.  Dicha represión, que continuará varios años con la ocupación de la Franja, incluye asesinatos de población civil en general, pero de la más vulnerable en particular: ancianos y niños. Hay que tener cuidado con lo que se dice en Alemania. Ni que decir tiene que no todos los alemanes piensan así. Sólo que, si se considera que Israel no está actuando bien en Gaza, trae más cuenta llevar a cabo un ejercicio de autocensura, lo que es peor que la censura en sí misma porque implica un miedo psicológico, un estado mental de extrema presión.Todo el mundo callado y a trabajar, que no es poco.

La Unión Europea ha perdido, así, con su principal potencia a favor de Israel,  lo poco que le quedaba de papel de bueno.

Los dos «sures»: la demanda surafricana y la actitud suramericana

En consecuencia, cuando Europa y Estados Unidos van a la ONU con lo de cerrar filas con Ucrania y contra Rusia, el sur global debe estar mascullando Pero ¿Qué me está usted contando? ¿Ucrania sí y Gaza no? De ninguna manera». Si Europa no hace nada, nosotros sí. En Latinoamérica, países como México o Brasil,  entre otros, se niegan a suscribir la posición occidental en el contencioso de Ucrania. Con respeto a Israel, Brasil y Colombia, los más combativos, se muestran, a principios de este año, partidarios de apoyar la demanda de Suráfrica por genocidio contra Israel, y muchos otros más, como Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Saliendo del ámbito latinoamericano, no son pocos los países a favor: Jordania, Turquía, Bangladés, Malasia, Pakistán y Maldivas, la Liga Árabe (22 países) y la organización de Países Islámicos.

Apoyan, en realidad, una demanda por genocidio que está lejos de ser tal cosa: sería imposible porque el veto de EE.UU. en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas lo haría inviable. Los juristas surafricanos hilaron mucho más fino: solicitaron al Tribunal Internacional de Justicia  (TIJ, a menudo mal traducido como «Corte», del inglés court) algo mucho más sutil: que el TIJ adoptara  nueve medidas cautelares ante hechos que pueden ser constitutivos de genocidio.

Correcto; es lo que piensan: un trasunto del inmortal «la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte». Todo este lenguaje retorcido tiene como fin sortear la inconveniencia de acusar directamente por genocidio a Israel, algo que, en virtud de las relaciones de poder en el seno de la ONU, no iría a ninguna parte. Es como el típico meme:

JURISTA SURAFRICANO 1: —vamos a acusar a Israel de genocidio.

JURISTA SURAFRICANO 2: —¡no puedes decir eso! te cortan en seco».

JURISTA SURAFRICANO 1:—Vale… pues entonces…no lo acusamos de genocidio; no acusamos a nadie, sólo solicitamos a Naciones Unidas que tome medidas contra hechos que podrían ser (oiga, que no digo que lo sean ¿eh? Digo que podrían serlo) constitutivos de genocidio, para que paren.

O sea, que paren un poco de matar porque matar está mal. Pero sin acusar a nadie. Se dice el pecado, pero no el pecador o —al menos— no de forma explícita. Así de enrevesado es todo.

Los que sí parecen tenerlo muy claro, son los diversos acólitos de la secta del cuañadismo en Alemania, expertos en derecho internacional que sostienen que no hay genocidio. No es sólo exclusivo del país germano. En España, por ejemplo, se ha llegado a cancelar una conferencia a la que estaba invitada nada menos que la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos, Francesca Albanese ¿Motivo? se hablaba de genocidio.

Es, por todo lo dicho, comprensible. No creo que no apoyar la causa de Ucrania sea de recibo, pero tampoco lo es ignorar a los palestinos. En Latinoamérica muchísimos países se niegan a ello. Ciertamente, no todos: Milei en Argentina es partidario de profundizar en las relaciones con Israel. Aunque, en fin, si hiciera algo medianamente normal, no sería Milei. Este enroque puede llevar a una situación similar a la que se vivió en la última guerra fría: Que medidas justas no se apliquen contra Rusia en el asunto de Ucrania sólo porque Occidente lo diga, y viceversa. La polarización no es buena: se necesita un mundo más multipolar. Ya lo decía un ruso que sabía mucho de relaciones internacionales como Yevgeni Primakov, ministro de exteriores de una joven Federación Rusa, a finales de los años 1990. Su Doctrina Primakov tenía como objetivo proteger los intereses de Rusia y limar la superpotencia estadounidense, ganadora en solitario de la guerra fría. Contenía aspectos más inquietantes, también es verdad, pero la idea principal no era mala.

 

 

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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