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Rumanía, otra pieza más: El auge de la ultraderecha en Europa del Este.
Dos tensos procesos electorales en Rumanía: dos presidenciales y uno legislativo en menos de un mes La reciente oleada de movimientos nacionalistas y populistas en Europa del Este ha llegado a Rumanía, donde la inestabilidad política desde 2021 y la creciente influencia de la ultraderecha ponen en peligro la estabilidad de la región, el flanco sur de la Unión Europea y la política comunitaria en torno a Ucrania y su defensa. El ascenso de figuras como Călin Georgescu, furibundo detractor de la ORAN y admirador (no) confeso de Vladimir Putin. Una victoria del líder ultra el próximo domingo se perfilan como aliados de Putin, un caballo de Troya del Kremlin en Europa y un refuerzo del ala euroescéptica de Visegrado. Todo ello bajo la atenta mirada a la segunda presidencia de Trump en EEUU y la situación en Francia y Alemania, mediatizada del mismo modo por el ascenso de la extrema derecha
El neopopuismo mundial tiene un nuevo acólito en el poder en la banda.
Hace poco, María Sandu venció en las elecciones en Moldavia. Europa respira aliviada. Moldavia es un país candidato a la Unión… que nunca será país miembro, al menos si entendemos “nunca” como escala de tiempo que queda fuera de nuestro ciclo. No lo permiten las actuales circunstancias. La influencia de la Rusia de Putin no se limita a un bombardeo constante de desinformación: Rusia mantiene bajo su poder, desde los años 1990 la rusoparlante Transnistria. En la división administrativa moldava oficial se presenta la estrecha tira de territorio fronterizo con Ucrania como “región autónoma”. Sin embargo, Transnistria tiempo ha que se integra de facto en las estructuras federales rusas, como una más. María Sandu es una presidenta europeísta a quien Putin se la tiene jurada. No la puede ver porque certificar el ingreso en la UE perjudica la posición tradicional del Kremlin allá. Y porque el mandatario ruso es muy dado a intervenciones-salva-minorías. Que se lo digan a los ucranianos. La dirigente moldava, por tanto, tuvo poco espacio para reposar y saborear su trabajada victoria contra la oposición prorrusa y la desinformación y manipulación electoral directamente rusas, este último noviembre.
Moscú gestiona sus relaciones con Moldavia a través de ocupaciones de parte del territorio y varios chantajes ―llamémoslo así― gasísticos. Se trata de cosa muy seria en un país que, en primer lugar, depende del gas ruso y, en segundo, las temperaturas son tan bajas que sin calefacción se arriesga uno a morir de frío en invierno.
El último chantaje tuvo lugar justo este año: María Sandu se las prometía muy felices, avanzando un poquito en la senda europea al suscribir su país al Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE). La alegría duró poco. A buen entendedor, pocas palabras bastan: Putin se puso hecho un basilisco y María tuvo que decir que aquí no ha pasado nada, que se retira del tratado debido a la insoportable presión rusa. Mejor no provocar a Vladimir…y para el dirigente ruso cualquier acto es susceptible de ser utilizado como provocación si viene bien a sus intereses…todo lo que considere oportuno. De hecho, muchos políticos y periodistas, especialmente en Sur y Centroamérica, consideran que hay que salir del atolladero ucraniano negociando. Que, dejémonos de gatos pardos: por “negociar” se entiende que Ucrania renuncie a parte de su territorio. Y ¿cuánto es eso? Pues mucho, como puede verse aquí. El problema es que Putin tampoco exigió una mesa de negociaciones en febrero de 2022 cuando invadió Ucrania. Sólo cuando le sale mal.
Pero las cosas pueden ponerse aún más complejas para Sandu. De hecho, está sucediendo. Moldavia se encuentra rodeada de territorio ucraniano, por una parte, y de Rumanía, por la otra. Al este, una Ucrania invadida por una Rusia que sueña con seguir avanzando en el país hasta conectar con Transnistria. El otro Estado que lo abraza por el oeste (Rumanía), acaba de amanecer con una resaca de lo más imposibilitante: Călin Georgescu, ultranacionalista seguidor de Putin, quien sueña con la otra Rumanía (ver abajo) ha ganado la primera vuelta de las presidenciales rumanas en noviembre de este 2024.
Nicolae Ceaușescu: el ídolo adolescente de Călin
Su Georgescu estuviera en edad de merecer en el instituto, su dormitorio exhibiría posters de Ceaușescu y de Putin (que sí está vivo). Es un fan del inquilino del Kremlin (hay incluso memes y montajes al respecto). El ruso aseguraba que la caída de la Unión Soviética fue una de las mayores tragedias de la historia. Georgescu… no lo ha mencionado expresamente, aunque se cuenta en la extensa nómina de admiradores de Nicolae Ceaușescu. Quizá considera su caída en los mismos parámetros lacrimógenos que su homólogo (populista) ruso. Para los que estábamos en el mundo entonces y teníamos interés por la política internacional, Ceaușescu era un tipo que usaba balanzas de oro para medir la comida que debía suministrar a sus mascotas, tenía al pueblo muerto de hambre y controlado socialmente ―y lo que no era social― por la temible policía secreta, la Securitate. Como no era poca gloria, decidió rematar la faena en los últimos momentos de su vida, ordenando al ejército y a la Securitate disparar a la multitud que pedía cambios.
Quien mal empieza, mal acaba…pero quien bien empieza, no siempre acaba bien
No obstante: no todo eran hechos luctuosos; no siempre fue así: Nicolae no empezó mal. De hecho, era en 1967 un político joven que prometía, depositario de actuaciones que quedan para el recuerdo que ―como se verá después― le dejan un poso de cierto carisma. Por eso Călin Georgescu no es en absoluto un hecho aislado. Muchos rumanos piensan así. No es de extrañar en una Rumanía que, ya antes del advenimiento de Ceaușescu, había transitado por un período nacionalista de autoafirmación frente a la URSS.
Al principio, Ceaușescu era un prometedor y joven político. No era un tipo cerrado y anti-occidental. Celebró tratos con el Oeste y las visitas de instituciones mundiales constataban que algo estaba cambiando en el país, y para bien. Se emancipó de la tutela soviética en la medida en que ello era posible, siempre -eso sí- del sistema económico socialista. Llegó a denunciar la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968: no era algo que se pudiera airear a la ligera, como lo muestran los episodios húngaro de 1956 y el entonces checoslovaco. En los años 1960 y 1970 impulsó una política desarrollista que dio sus frutos. La gente estaba mejor. Y hasta aquí.
Ese mismo desarrollismo iba bien en tiempos de vacas gordas, pero no aguantó la primera crisis. A principios de 1980 una aguda turbulencia económica empezó a hacer temblar las economías socialistas y sentó el germen de la desintegración de Yugoslavia. Rumanía reaccionó recortando gastos: había que pagar como fuera la factura económica. El principal perjudicado fue, como se tiene por costumbre en la historia, el pueblo. Se procedió al racionamiento de alimentos: la gente pasaba hambre mientras estos se exportaban, porque si exportas, pagas la deuda. Todo esto, aderezado además con carencias energéticas: el frío endémico de la era Ceaușescu. Aún hoy se hacen sentir los efectos de un sistema de suministro que continúa obsoleto.
Pero tornamos a la atribulada Rumanía de la década de 1980. De lo económico se pasa al ámbito político: las cosas no andaban bien en su país… eso podía acarrear disidencias, inestabilidad. Lo que ningún político quiere. Las visitas a sus colegas comunistas (sobre todo China y Corea del Norte) le dieron la idea: reforzar el control social. La Securitate -la seguridad del Estado― espiaba a todo el mundo y reprimía toda voz en contra. Se establece el culto a la personalidad del líder carismático y Ceaușescu se intituló Conducător, que viene de la misma raíz que Duce, y Führer y entronca con la Guardia de Hierro pronazi durante la última guerra mundial. El dirigente rumano se hace llamar “hijo amado”, “genio de los Cárpatos” o “pensamiento del Danubio”. Casi nada. Del mismo modo, su estrategia política estaba a la altura de Pericles, Napoleón Bonaparte o Abraham Lincoln. Quien necesita una abuela teniendo a Popescu. Por cierto: el artífice de tal megalomanía, Dimitru Popescu, falleció la semana pasada (22 de noviembre de 2024) a los 96 años.
Las particulares pirámides del genio de los Cárpatos
Cuando uno mismo acaba creyéndose aquello y que te codeas con grandes personajes históricos, es normal que quieras pasar a la historia con un legado que nadie pueda olvidar. Así, Ceaușescu acometió una remodelación de parte de Bucarest, construyendo el mastodóntico Palacio ―o Casa― del Pueblo, una mole de una sensibilidad muy comunista. Gigantesca. Pero para tal despropósito se necesitaba espacio. Dicho y hecho: con la excusa del terremoto de Vrancea, obtuvo la deseada superficie. Es cierto que el seísmo, ocurrido en 1977, asoló Vrancea, y afectó a Bulgaria y a Moldavia, haciéndose sentir de manera fuerte en Bucarest. El problema fue que se pasó de frenada: aprovechando la reconstrucción, arrambló, de paso con zonas de altísimo valor histórico y arquitectónico y barrios enteros a cuyos moradores se les comunicó en un exiguo plazo que tenían que desalojar sus hogares (por eso a Ceaușescu se le acusó de haber dañado el patrimonio nacional, entre otras cosas, en la farsa judicial que acabó con el dictador abatido a balazos contra un muro en la Navidad de 1989). Hoy, el mausoleo es sede del Parlamento, pero sólo una parte de él. Y es que es tan inmenso que no se sabe qué hacer con el resto, que sigue en muchos aspectos en obras desde el inicio de los trabajos en 1985. Quién le iba a decir a Nicolae que iba a acabar como acabó en menos de cinco años.
Un pastor húngaro y unos parroquianos muy fieles
En medio de aquella opulencia, el nepotismo de las élites y la corrupción generalizada, el pueblo, aquel depositario del Palacio que hemos descrito, pasaba hambre, frío, carencias de toda clase y falta de libertad: muchos rumanos vivían en la miseria (como luego se evidenció en 1990, con un ejemplo especialmente sensible como las pésimas condiciones de los niños en los orfanatos rumanos). Se suceden las huelgas y las protestas obreras ―y no solo obreras― en diciembre de 1989, en medio del desmoronamiento de todo el bloque comunista alrededor de Rumanía. Una de ellas, sólo una más, fue la que tuvo lugar en Timisoara, aunque su desarrollo se le fue de las manos a todos, en especial, al líder rumano.
El motivo de la protesta era bien simple: peores problemas había. Aunque ya llovía sobre mojado. László Tőkés (se recomienda llamar a un húngaro para pronunciar eso: la lengua húngara tiene 14 vocales) era un pastor protestante rumano de la minoría magiar en Transilvania. Como casi todos, también se dedicó a criticar al régimen. En este caso, se trataba de la falta de derechos de la minoría húngara en Rumanía. Fenecía noviembre de 1989 y la respuesta de las autoridades no fue muy sofisticada: o te callas, o deportación, además de ser arrestado. No obstante, he aquí que el pastor era muy querido por su parroquia, que decidió dar la cara por él. Así, el 15 de diciembre de 1989, un pequeño grupo de feligreses se reunió frente a la casa de Tőkés en Timisoara formando una cadena humana para impedir su desalojo -previsto para tal fecha- y para protestar por su deportación inminente. A medida que las autoridades rumanas intentaron expulsar a los manifestantes, las protestas se extendieron como una mecha en ignición a lo largo de la ciudad, desbordando con creces el “caso Tőkés” ―hasta Hungría convocó al embajador rumano en Budapest― y acaba convirtiéndose en una reivindicación masiva por la libertad y los derechos humanos y contra el régimen comunista. La represión fue espantosa, con numerosos manifestantes asesinados por las fuerzas de seguridad, que abrieron fuego indiscriminadamente contra los congregados. Así, sin comerlo ni beberlo, la manifestación se convierte en uno de los principales catalizadores de las revueltas que, finalmente, llevaron a la caída de Ceaușescu y a la Revolución Rumana de 1989…pero no adelantaremos acontecimientos (aunque ya lo hemos hecho, qué tontería).
Timisoara, la miseria generalizada, la impresión por parte de los rumanos de que van a pasar a la historia como los últimos en hacer caer el comunismo en Europa Oreintal, el glacial frío (también en las casas), que no es más que una consecuencia de lo anterior. La población no estaba para mucho más ya: los acontecimientos se precipitarían pronto.
Por cierto ¿qué fue de László Tőkés? No le fue mal. Recibió diversos premios por su compromiso por las libertades y la democracia y hace tiempo que dejó la religión. Sigue predicando ―eso sí, de otra manera―: desde 2007 es eurodiputado.
Interepílogo: Rumanía es un país de minorías. Acabamos de ver que alguien perteneciente a una de ellas fue uno de los detonantes de la caída del comunismo. Baste citar como curiosidad que el actual ―y prácticamente saliente― presidente rumano, Klaus Iohannis, pertenece a la minoría alemana. Empezó presentándose a la alcaldía de Sibiu (ciudad que precisamente fue fundada hace ochocientos años por colonos sajones) con su partido de entonces, Foro Democrático de los Alemanes en Rumania (FDGR). Se trata de un tipo muy querido también por los no alemanes, razón por la cual se presentó y venció en las elecciones de 2014 con su actual partido, el Partido Nacional Liberal, con el que derrotó contra todo pronóstico en 2014 al socialdemócrata del PSD Victor Ponta. El apellido…sí, suena a griego. Correcto: el tema de las minorías en Rumanía y en toda la península balcánica puede ser tan apasionante como peligroso.
Mucho palacio, mucho frío y muy poco circo
Regresemos a las finales de 1989. Lo peor es que ni circo había. No se podía ni mirar a otro lado. Cuando empieza a circular de forma masiva (y eso que no había móviles) la masacre de Timisoara, la situación estaba a punto de explotar. ¿Cómo reacciona Ceaușescu? Fácil: convocando un mitin para que se vea cómo le quiere el pueblo (si no se quiere ir, se te conmina a hacerlo. Nada podía salir mal: un reconfortante baño de multitudes lo cura toso. Sin embargo, cuando el dictador salió a un balcón en la Plaza del Palacio del Pueblo (hoy de la Revolución) en Bucarest el 21 de diciembre, las cosas no rodaron como se esperaba. Además, se unió a la explosiva fórmula varios trabajadores habían acudido allí también a protestar frente a la sede del partido comunista. Unos por una cosa; otros por otra, y todos con la masacre de Timisoara en la mente.
En octubre de 1975 Franco pronunció en su último discurso (1 de octubre de 1975) aquello de…
“Todo obedece a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que, si a nosotros nos honra, a ellos les envilece (etc., etc.)”
Pues el líder rumano profirió algo parecido, con similares ingredientes: la conspiración también era internacional, solo que imperialista (cada dictador, con su tema). Pero los ánimos estaban muy caldeados A continuación, Ceaușescu comenzó a emitir promesas: la vida de la gente mejoraría. No obstante ―cosa inaudita hasta la fecha― la gente lo abucheó e insultó, llamándole asesino (por lo de Timisoara) y otros epítetos poco amigables. La cara de póker del líder rumano lo decía todo: no se lo podía creer, yo, que tengo un poder absoluto. Yo, que os he dado mis mejores años. Y ahí residía el dilema: que Ceaușescu fue incapaz de ver que su régimen se estaba desmoronando y, en realidad, quedaba poco por presidir ya por mucho que él fuera el presidente. Malas lenguas aseguran que no sólo era el pueblo quien deseaba la caída del régimen: existían sectores de dentro que veían en el dictador una rémora de la que había que desprenderse: de hecho, no hay que olvidar que Ceaușescu fue juzgado y ejecutado por los suyos: sus jueces, su justicia, sus soldados. El pueblo, principal perjudicado, era el primero que lo ansiaba fervientemente, pero estaba para animar y poner el escenario y los muertos.
El matrimonio Ceaușescu intento poner pies en polvorosa con una rocambolesca huida… ¡hacia la República Popular China! Su Securitate, además de sembrar el terror por las calles al más puro estilo de los cadeneros ultraderechistas de Cristo Rey en la España de finales de los años 1970, no pudo hacer nada por él. Finalmente, la pareja fue detenida. Las imágenes de un matrimonio vestido con ropas de excelsa calidad saliendo de un tanque contrastaban con la penuria y privaciones generales en medio de un frío atroz. Todavía no eran conscientes de que estaban apurando sus últimos momentos de vida. No hubo dulce navidad, pues en vez de petardos, se les obsequió con descargas de fusilería.
Así y todo, hubo quienes dudaron del pase a mejor vida de la pareja. Por muchos círculos corría el rumor de que se había escenificado su fusilamiento pero que en realidad se trataba de una añagaza para que pensáramos eso. No se sabe con qué fin. La desinformación y las teorías conspiracionistas no es que sean nuevas, es que ahora se reproducen más rápido. Un poco a modo de broma, existe un corto de 1991 titulado “Nicolae & Elena”, que hace referencia a este bulo. Fue el ganador del concurso de cortos de bajo presupuesto en el festival de cortos de Hamburgo en 1992. La película está en Youtube, y ahí puede verse (no destripo). Quién sabe: quizá estén tomando copas (como decía Peret con Jim Morrison, que tampoco está muerto).
La desinformación, como hemos dicho, campaba ya a sus anchas. Hay más ejemplos en el lado de “los buenos”. Si Ceaușescu negaba los asesinatos de Timisoara, su “oposición” los exageraba, recurriéndose a un recurso tan cutre como macabro: exhumar cadáveres de un cementerio de gente sin recursos (léase antes del deceso porque, después, el asunto se iguala). Se exhibieron a los medios occidentales ―previo oneroso pago, que la revolución no está reñida con hacer negocios― y dijeron: mira lo que les ha hecho Ceaușescu: allí se mezclaron víctimas reales de la represión con los exhumados de su descanso eterno, que sacaron para la ocasión… ¡deformados por la tortura están y todo!, se aseguraba. Claro que lo estaban, pero en muchos casos, no por la tortura: es habitual que el cuerpo no esté entero si llevas dos o tres años enterrado. Realmente, será difícil conocer el número real de víctimas en aquella fatídica tarde en Timisoara.
Georgescu: como un Alvise Pérez, pero con “formación” política previa
Con o sin fiesta (que la hay, de momento, por los excelentes resultados cosechados en la primera vuelta de los comicios presidenciales del 24 de noviembre), tiene similitudes con el agitador de ultraderecha español Alvise Pérez. De momento, Georgescu no está procesado por corrupción…con permiso de que estamos hablando de Rumanía y de la cercanía a Rusia con su propaganda y sus manejos. De hecho, muchas formaciones políticas impugnaron los resultados electorales: hasta el 2 de diciembre no se pronunció en Tribunal Constitucional rumano dando por válidos los resultados electorales tras un segundo recuento.
Georgescu, empero, no es tan outsider como Alvise. Si tuvo “formación” ultraderechista en otro de los partidos que han ascendido vertiginosamente en las últimas elecciones: la Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR). Es en este partido de extrema derecha donde Georgescu fue cabeza de lista en 2020 y en 2021, tras la caída del gobierno.
AUR tiene varias directrices políticas de las que sin duda ha bebido Georgescu, a saber: 1) irredentismo: nacionalismo y reunificación con Moldavia (el político siempre llamó a Moldavia «la otra Rumanía», como se dice más abajo); 2) Conservadurismo cultural y religioso: familia, moral cristiana y unidad nacional, oponiéndose a asuntos de género y derechos reproductivos. Esto lo conecta con el PiS polaco. Pero no es nuevo: de hecho, Rumanía fue uno de los primeros países en prohibir el aborto durante el período socialista, desmarcándose de la tendencia general detrás del telón de acero; 3) crítica al sistema político y económico actual: haciéndose un Milei o un Abascal, AUR se consideran una alternativa a la clase política corrupta que ha regido el país desde 1989, acusándolas de traicionar a los rumanos y venderse a Occidente; 4) europeístas ma non tropo. Rumanía es uno de los países más euroepeístas ―o de los menos escépticos, que ya es mucho decir por estos lares― pero nada de profundizar en el federalismo o mayor unión que reste soberanía a Rumanía: nada nuevo bajo el sol populista europeo oriental; 5) proteccionismo y agrarismo: unos valores muy cercanos al PiS que entroncan con el rechazo a la inmigración: el campo es pobre, la culpa la tienen los inmigrantes, más ayudas a los nacionales, viene a decir.
No era el chico más popular de Rumanía, pero sí capitalizó su paso por el AUR y se hizo más famoso desde su base de operaciones favorita: tik-tok (aunque no desdeña en absoluto youtube, Facebook o instagram). No se ha dejado ver en demasiados debates ni mítines políticos, pero se beneficia del auge de este tipo de políticos en Europa, en especial en el este, aunque hemos visto que en Francia o Alemania no son menos exitosos. La gente se revuelve contra el sistema: Occidente no les da su proyectada y soñada libertad obtenida tras el ajusticiamiento de Ceaușescu hace ya 35 años, del mismo modo que muchos alemanes del este lo ven también así. De hecho, Călin Georgescu recurre a algo que, pese a lo manido, mantiene fresca su efectividad: todos os roban, la OTAN os quita soberanía, Rusia es nuestro verdadero amigo, etc. Nada novedoso, nada que no digan Vučić en Serbia, los PiS polaco, Fidesz húngaro o Smer eslovaco. Habla de 35 años de incertidumbre impuestas al pueblo rumano. Hace 35 años era…1989. Es decir, que con Ceaușescu había certidumbre. Y es una constante: cualquier tiempo pasado fue mejor. El dictador rumano se erigía contra la URSS, contra el imperialismo occidental. Ahora Rumanía, es una marioneta de Occidente. Tanto es así, que está extendida cierta afirmación en a tenor de la cual hay conspiración de por medio: la revolución de 1989 sería para el emergente político rumano, “un golpe de Estado orquestado por Occidente para sustraer los recursos de Rumania y esclavizar a los rumanos”: un discurso calcado del de Putin con su “democracia soberana”, y que siguen fervorosamente Orbán, Andrzej Duda o Robert Fico.
Como el AUR, Georgescu es ultranacionalista. Hagan a Rumanía grande de nuevo, oigan. Quizá haya que tener cuidado. En estos predios todo el mundo es irredentista y chocas con el otro y es mejor, a veces, callarse. Un ejemplo: pese a ser admirador de Viktor Orbán, no debería olvidar que el tratado de Triannon, uno de los que finiquitó la Primera Guerra Mundial, le dio media Hungría o media parte del solar húngaro del Imperio Austohúngaro (Cisleitania) a Bucarest. A ver cómo se conjura este pequeño detalle con otro irrendentista como Viktor Orbán.
En fin, ser nacionalista no está ni bien, ni mal, pero no es esa la pega. La contrariedad radica en sus referentes nacionales, sus héroes : Georgescu ya fue procesado por apología del nazismo y el Holocausto, en tanto que veneraba a Ios Antonescu y Corneliu Zelea Codraunu, conocido antisemita ultranacionalista, formando parte de otro movimiento Cuza. Dicha iniciativa tenía su cabeza pensante en el politólogo Alexandru Cuza, partidario de privar a los judíos de sus derechos y de expulsarlos del país (no hemos cambiado nada: seguimos igual en muchos sentidos). A propósito: por la boca muere el pez: el apellido de nacimiento de Codraunu era Zelenski (que igual les suena). Como no fungía muy rumano ―dejémoslo claro: ir de nacionalista rumano partidario de la expulsión de los judíos llamándose Zelenski no es nada serio― se lo cambió a Codraunu.
Como una cosa no viene sin la otra, Georgescu participa de negacionismos y teorías conspiranoicas varias: una de ellas, negando la existencia de la Covid: parece que hoy en día no te dejan entrar en un partido de extrema derecha si no presentas tal mérito.
Sea como sea, no es menester irse tantos kilómetros al este: en España está, aparte del mencionado Alvise Pérez, el partido mayoritario de extrema derecha, VOX, que añora el franquismo. Disculpen, que VOX no es franquista, sólo equidistante. Franco no fue tan malo como lo pintan, de hecho aquella etapa “no fue oscura, como nos vende este Gobierno, sino una etapa de reconstrucción, de progreso y de reconciliación para lograr la unidad nacional”: un “yo-también-tengo-amigos-gais” de manual. Del negacionismo climático, ni hablamos, porque para eso ya están sus acciones de gobierno en los distintos territorios de España.
Una entrada condicionada en la Unión Europea
Vamos, que en Rumanía tienen una extraña forma de celebrar su entrada en el espacio Schengen casi veinte años más tarde de la entrada del país en la UE. En enero de 2025 tendrá lugar
Dicho ingreso no acabó de convencer del todo a los negociadores de la UE, porque, de hecho, existe un mecanismo de supervisión…perdón: quise decir de Cooperación y Verificación para Rumanía (como lo hay para Bulgaria), CVM ¿qué es esto? Digamos que consiste en que les dejan entrar a la UE, porque a grandes rasgos cumple los requisitos para ello, pero las altas dosis de corrupción generalizada y delincuencia organizada les hicieron acreedores de dicho mecanismo, que consiste, en teoría, en eso mismo: no fiarse. Se monitoriza a dichos países por si vuelven a caer en la no observancia de los requisitos preceptivos para pertenecer al club comunitario.
Malas noticias para Volodimir Zelenski
Pese a que Rumanía es de los países menos prorrusos, todo podría cambiar si el próximo 8 de diciembre Georgescu vence la segunda vuelta de las presidenciales rumanas. Es un detractor de la OTAN y es partidario de “normalizar las relaciones con Rusia”, Asimismo, denuesta el apoyo a Zelenski por perjudicial para los rumanos. En fin: poner a la OTAN a caer de un burro no es nada del otro mundo, pero en Rumanía sí que lo es: alberga el mayor sistema de defensa antimisiles balístico de EE. UU., localizado en la base militar de Deveselu, en el sur de Rumanía. Y no es la de mayor relevancia: la base aérea Mihail Kogălniceanu, en el Mar Negro, es la mayor de Estados Unidos en toda Europa (para Călin Georgescu, además, es la mayor vergüenza de Rumanía). Está diseñada para proteger el puerto de Constanza de ataques rusos. Su construcción comenzó en 2021 y que no sentó nada bien a Rusia : Andrei Klimov, cargo importante de asuntos exteriores ruso, aseguró que la base es “una aventura suicida que puede acabar muy mal para los soldados (cerca de diez mil que pueblan la base) y para sus familias”. Y que conste que no lo digo por amenazar, refirió. Andrei Klimov es uno de los políticos rusos sancionados por Occidente con motivo de la guerra de Ucrania. Rumanía es un flanco importante en la defensa de Europa y en la ayuda a Ucrania. Si cae en poder del pro-Putin Georgescu, sumado al antiatlantismo del próximo presidente de EE.UU., Donald Trump, la situación para Zelenski será algo más que comprometida.
Malas noticias para María Sandu
Y si ves las barbas de Zelenski pelar, pon las tuyas a remojar. María Sandu rodeada de rusos y Georgescu. Un Putin que quiere anexionarse (definitivamente, porque de hecho ya lo ha hecho) la Transnistria, que permanece ocupada por tropas rusas pacificadoras desde principio de los años 1990. Al menos, unir el territorio ruso a través de Ucrania. Por el oeste, un (ultra)nacionalista rumano que seguro quiere quedarse también la parte rumanoparlante. Es de cajón: como en filosofía de tercero de BUP, cuando se daba lógica, modus ponens y modus tollens, 1) Putin quiere Transnistria; 2) Georguescu quiere Moldavia; el sueño húmedo de todo nacionalista radical rumano es adquirir la rumanoparlante Moldavia, lo que Georgescu llama “la otra Rumanía”; 3) Georguescu ama a Putin…ergo…en fin…no hace falta pensar mucho más: venga, para ti Moldavia y para mí Transnistria, si es que es de recibo que Putin se conforme.
Vaya papeleta para la presidenta moldava, si los rumanos no depositan el 8 de diciembre próximo la ―valga la muy intencionada redundancia― papeleta correcta. Perdón ¿hay papeletas correctas? No se sabe muy bien, porque se lleva la equidistancia y la verdad no existe (a no ser que sea la mía, se entiende). Equidistancia. No nos pongamos de parte de nadie, hombre, que eso no es ser objetivo. Cada uno tiene sus cosas, sus formas de entender la democracia, como la mentada democracia soberana de Putin (hacer lo que le dé la soberana gana con los derechos humanos y el Estado de derecho). Cada democracia es tan válida como la otra…y todos tienen sus defectillos…unos quizá más que otros pero no nos vamos a pelear por un quítame allá esos derechos humanos ¿no?
Quizá no sea todo tan inevitable
Con todo, quizá no esté todo el pescado vendido: tal y como están las cosas. En las elecciones legislativas rumanas, celebradas el primero de diciembre pasado, venció la socialdemocracia. Una victoria pírrica, sí, pero que tiene un peso simbólico de primer orden, porque demuestra que el rodillo de la ultraderecha no es imparable; es más: no es tal rodillo; resistencia al avance hay. Que consiga pasar es otro asunto.
Lo dicho presenta dos lecturas, La primera, la concerniente a la ultraderecha. Georgescu no se presenta a las legislativas, pero su antiguo partido, el AUR, ha obtenido unos resultados más que satisfactorios. Un 18% de los sufragios, más del doble que en la cita electoral anterior. Sin duda es un partido que va en aumento: es lo nuevo, lo que marca tendencia. Queda un parlamento muy fragmentado en el que, paradójicamente, el USR de Elena Lasconi, quien competirá contra Georgescu en la segunda vuelta, fue la tercera fuerza política, a mucha distancia del AUR y el PSD.
En cuanto al PSD, aguanta tras la decepción de las presidenciales: un aviso de que no está todo perdido…en este sentido, las legislativas se presentan en clave plebiscitaria y pueden lanzar un mensaje de optimismo al electorado de esta tendencia, pero tampoco hay que olvidar que cosechó el resultado más bajo de su historia (desde 1989). Para celebraciones, desde luego, no están los ánimos, porque el PSD quedó tercero en la primera vuelta de las presidenciales (es cierto que por muy poco) y fuera de la carrera, por tanto. La segunda fuerza fue la conservadora Elena Lasconi, para quien, lógicamente, tendrán que perder el voto los socialistas.
Polonia 2023, Rumanía 2024
Hoy en día toda elección tiene su punto de última trinchera: Lula venció por la mínima en Brasil (aunque la extrema derecha arrasó hace poco en Sao Paulo), Trump ganó a una candidata mucho más inteligente y preparada que él. En Alemania, la ultraderecha ganó en Turingia, y los conservadores y socialdemócratas lo hicieron por la mínima en Sajonia y Bandeburgo, aunque no Austria fue escenario de otra victoria de la extrema derecha.
YA no existen elecciones normales. En fin…si en octubre de 2023 poníamos el énfasis en lo crucial de las elecciones legislativas en Polonia, el sexto país de la UE en superficie y el quinto en población y en cualquier caso, el mayor de Europa del Este, con una posición geoestratégica fundamental en el asunto de la guerra de Ucrania, Rumania es escenario de unas elecciones que se antojan igualmente transcendentales. Es el país de mayor importancia en los ámbitos de población y superficie del cuadrante suroriental de la UE (sexto en población y séptimo en superficie en el conjunto de la Unión). Como en Polonia, la localización geoestratégica pasa por ser en este momento igual o más importante, por quedar Moldavia emparedada entre una Ucrania invadida en gran parte de su territorio y una Rusia que ansía conectar sus dominios con la Transnistria ( moldava de derecho, pero rusa de hecho). Si en 2023 Polonia certificó su salida del grupo de Visegrado, el refuerzo de una Rumanía comandada por Georgescu podría fortificar el reducto euroescéptico formado por Hungría, Eslovaquia y Serbia, que no está en la UE pero tampoco es desdeñable su importancia. Todo ello, marcado de cerca por el ascenso de la ultraderecha en Alemania y un PiS en Polonia que no termina de quedar atrás y que puede volver al poder en cualquier momento. El domingo, Europa vuelve a jugarse en el este parte de su futuro a corto y medio plazo, siempre con un ojo en Francia y Alemania
English short version
Two electoral processes in Romania: a danger of destabilization for the southeastern flank of the European Union.
If Romania falls to the far-right, the defense of Ukraine could be seriously compromised.
Two tense electoral rounds in Romania: two presidential votes and a legislative election within a month. The recent wave of nationalist and populist movements in Eastern Europe has reached Romania, where political instability since 2021 and the growing influence of the far right threaten regional stability, the EU’s southern flank, and European policies regarding Ukraine and its defense. The rise of figures like Călin Georgescu, a staunch critic of NATO and an (unofficial) admirer of Vladimir Putin, raises alarm. A victory for the far-right leader next Sunday could position Romania as a Kremlin ally, a Trojan horse in Europe, and a boost for the Eurosceptic Visegrad group. All this unfolds under the looming influence of a potential second Trump presidency in the U.S. and the rising far right in France and Germany.
The Rise of Global Neopopulism in the Region
A new supporter of global neopopulism has emerged in power in the region.
Maia Sandu’s recent victory in Moldova’s elections was initially seen as a relief for Europe. Moldova, a candidate for EU membership, is unlikely to ever become a member due to its complex geopolitical situation. Russia’s influence over Moldova, particularly through the Russian-speaking region of Transnistria, complicates the country’s EU aspirations. Transnistria has been controlled by Russia since the 1990s, despite Moldova officially considering it an autonomous region. Sandu, who advocates for European integration, faces strong opposition from Russia, which seeks to prevent Moldova’s EU membership. Putin has been particularly hostile toward her ever since Moldova sought to strengthen its European ties.
Russia exerts pressure on Moldova using both territorial control and its dominance over gas supplies, a crucial resource for Moldova, particularly during the cold winters. This year, following Moldova’s signing of a European security agreement, Russia pushed Sandu to withdraw from the deal. To avoid angering Putin, she complied.
The situation is growing increasingly difficult for Sandu. Moldova is surrounded by Ukraine to the east, which is under Russian invasion, and Romania to the west, which is facing its own political challenges. Călin Georgescu, a Putin supporter, emerged victorious in the first round of Romania’s presidential election, further adding to regional uncertainty.
Georgescu’s Views and Historical Context
Georgescu, a political figure with admiration for both Ceaușescu and Putin, shares views on the collapse of the Soviet Union. For those who lived through it, Ceaușescu’s rule was marked by poverty, luxurious living for the dictator, and brutal repression of opposition, including the army firing on civilians near the end of his reign.
The Fall of Ceaușescu and the Romanian Revolution of 1989
Nicolae Ceaușescu initially gained respect for condemning the Soviet invasion of Czechoslovakia in 1968 and promoting economic development during the 1960s and 70s. However, the 1980s crisis forced him to implement severe austerity measures, leading to widespread poverty, food rationing, and energy shortages.
As the crisis deepened, Ceaușescu tightened his grip on power, relying on the Securitate and promoting a personality cult. One of his major projects was the construction of the Palace of the People in Bucharest, which resulted in the demolition of historic neighborhoods.
In December 1989, the Romanian Revolution began in Timișoara after protests against the deportation of Hungarian pastor László Tőkés. His arrest sparked massive demonstrations, and after brutal repression, Ceaușescu’s regime collapsed. Ceaușescu and his wife were executed on Christmas Day 1989.
The revolution also highlighted the importance of minorities, such as the Hungarian community, in the downfall of communism. László Tőkés was honored for his role in the fight for freedom and later became a Member of the European Parliament. Interestingly, Romanian President Klaus Iohannis, of German origin, has played a significant role in the country’s post-communist politics.
The Final Days of Ceaușescu
By the end of 1989, Ceaușescu’s regime was falling apart. Despite this, he attempted to rally support by calling for a public demonstration, aiming to showcase the people’s loyalty. However, when Ceaușescu stepped onto the balcony in Bucharest on December 21, 1989, the crowd turned against him, booing and calling him a murderer due to the Timișoara massacre.
At this point, Ceaușescu was unable to accept that his regime was crumbling. His final attempt at fleeing the country, toward China, was thwarted by the Securitate, and he was arrested. The couple’s execution, captured on film, contrasted sharply with the widespread suffering of the Romanian people during the freezing cold. However, rumors soon spread that their deaths were staged.
Misinformation was rife in the aftermath. Ceaușescu denied the Timișoara murders, while his opposition exaggerated them by exhuming corpses from a cemetery and displaying them to the Western media as evidence of his brutality. The true number of victims of the Timișoara massacre remains unclear.
Georgescu’s Political Influence
Călin Georgescu, who recently gained prominence in Romania’s political scene, shares similarities with Spain’s far-right agitator, Alvise Pérez. While Georgescu has not been prosecuted for corruption, his ties to Russia and the far-right party Alliance for the Unity of Romanians (AUR) raise concerns. AUR, a nationalist party, shares several political stances with Georgescu, including irredentism, cultural conservatism, and opposition to the political establishment.
Georgescu is also a vocal critic of the EU, condemning it as a tool for Western imperialism. He shares a narrative with other Eastern European populists, including those in Hungary, Poland, and Slovakia, claiming that Romania’s post-1989 political system has betrayed its people.
Despite his limited visibility in debates or rallies, Georgescu has gained popularity through social media platforms like TikTok, positioning himself as an anti-establishment figure. His political rhetoric mirrors that of other European populists, focusing on nationalism, anti-immigration sentiment, and criticism of the West.
The Nationalist Agenda and Far-Right Politics
Georgescu’s ultranationalist views are reflected in his admiration for figures like Ion Antonescu and Corneliu Zelea Codreanu, known for their extreme ultranationalism and antisemitism. His denialist tendencies, including rejecting the reality of Covid-19, further align him with far-right ideologies.
Romania’s delayed entry into the Schengen Area in 2025 highlights ongoing concerns about corruption and organized crime. While Romania is relatively pro-European, its populist politicians, like Georgescu, have capitalized on discontent with the current political system, rejecting further integration with the EU in favor of a more nationalist stance. This mirrors a wider trend across Eastern Europe, where populist movements challenge Western influence and advocate for greater national sovereignty.
Georgescu’s rise reflects a broader trend of far-right nationalism sweeping through Eastern Europe, with leaders like Viktor Orbán in Hungary and Andrzej Duda in Poland promoting similar agendas. Romania’s nationalistic and anti-EU rhetoric, while not as extreme as in some neighboring countries, poses significant challenges to its future in the European Union.