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Tras seis meses de aquella infausta tarde de finales de agosto en Sidney que debió ser para celebrar una gesta sin precedentes del deporte español y tres entradas sobre ello (1, 2 y 3) rememoramos este medio año llevando a cabo una reflexión-resumen sobre lo sucedido, relacionando diplomacia, historia y deporte.

Diplomacia del deporte y poder blando

Siguiendo al insigne historiador Fernand Braudel (1902-1985), puede hablarse de tres temporalidades en la historia. Atendiendo a la extensión, y de menor a mayor, la primera es la factual, que consiste en hechos puntuales (guerras, revoluciones, acontecimientos políticos). La segunda temporalidad es la coyuntural, que abarca muchos más acontecimientos que la historia factual y que permite comprender un período histórico atravesado por similares características (crisis económicas política continuada de un país con respecto a alguna materia). Por último, la temporalidad de larga duración, modelos recurrentes con similares características que rigen un período más largo que la historia coyuntural (por ejemplo: la Era de la Información y la Globalización, con permiso de la desglobalización actual). Conectados a este último, están las llamadas estructuras económicas y sociales que definen una época, inmóviles o sin cambio significativo. Ahí quiero llegar: lo dicho podría aplicarse – tomando ciertas libertades o licencias- al consabido “caso Rubiales”. Mejor así. El nombre de Jenni Hermoso sólo debería tener que mentarse para celebrar su gesta y nada más que eso.

En este “contencioso”, lo factual coincide con el beso -amén de las diversas fazañas (entiéndase más en sentido quijotesco que jurídico) protagonizadas por el presidente de la RFEF. El ¿ósculo? es un hecho dentro de una coyuntura: el “gobierno” de Rubiales. Y el ciclo largo sería la gestión de la RFEF. La institución nació en los años 1909-1913 y -para qué mentir- entre sus componentes más notorios no se hallaba la igualdad entre hombres y mujeres: hija de su tiempo, al fin y al cabo.

Tras la guerra civil, obviamente, los valores de la federación no adoptarían la senda del avance social. Acabada la dictadura franquista -que no el franquismo, como se abordará- se establece en España un régimen democrático. Durante el transcurso de este, la RFEF debería haber atravesado ya una fase de transición que hubiera desembocado en el cambio de paradigma, un marco de referencia más acorde con la realidad española. De acuerdo: el primer presidente, Pablo Porta (mayo de 1975- 1984) fue nombrado por el régimen y único candidato en 1976. Destacó como deportista… y también como falangista. Ello define la normalidad de un cambio de régimen pactado. Para que no se perpetuara en el cargo, el gobierno socialista de entonces limitó por decreto su mandato en 1984 (se le llamó decreto anti-Porta). Ello fue así porque el gobierno aún podía intervenir de manera más directa en la RFEF. Le sucede, desde 1984, José Luis Roca Millán. Las sombras de corrupción persiguieron a estos dos últimos hombres. Seguimos instalados en las estructuras de otro régimen: la RFEF como coto privado sin rendición de cuentas. Pero lo peor estaba por legar: Ángel María Villar y Luis Rubiales. Exagero: si en el ámbito interno la estructura sigue casi intacta, el control externo sí que corre por cauces más afines con la democracia. En cualquier caso, la expresión “lo peor estaba por llegar” siempre queda bien: una lástima desperdiciarla.

Ahora bien: no sólo son los dirigentes quienes integran las estructuras: de igual modo hay que incluir las expresiones de apoyo por parte de algunos periodistas: no se la pierdan; del creador de “es difícil ser un hombre en estos tiempos” al hit, “si yo pienso lo mismo”. Y es que… ¡somos “campeones” del mundo! – que también hay hombres ¿eh?- Por favor…hay que estar a lo que hay que estar: ¿vamos a aguar la fiesta de la victoria en el mundial por un quítame-allá-esas-agresiones-sexuales? Venga ya, no seamos “tontos del culo”.

En cualquier caso, ello forma parte de la esfera de las declaraciones; y no es lo único. En muchas ocasiones es más importante lo que no se dice, pues por todos es sabido que los hechos suelen hacer más ruido que las palabras. Sí, es lo que están pensando: aquellos mensajes de “apoyo”, a toro pasado, de futbolistas y otras personalidades que a buena sombra se arrebujan: ya saben, esos animalitos que son los primeros en evacuar un barco cuando hace aguas. Esperan, entre que se hunde la nave o acuden los servicios de rescate; prefieren quedarse quietos sin ayudar a los que se están ahogando, no se mojen – o manchen de gasoil- la ropa. Eso, sí, cuando viene el helicóptero, paripé a cascoporro, no sea que te dejen en el barco. Los mencionados patrones de actuación de la RFEF no son independientes. El tiempo largo transcurre a menudo más lento, menos perceptible para la imagen exterior de España. Y de imagen va -precisamente- el asunto, porque el deporte es, también, política.

 

El deporte es política: la diplomacia del deporte

Viajamos a 1982. España organiza un mundial de fútbol, aunque la iniciativa de retrotrae a los años 1960. A todo dictador le suscita interés albergar un evento deportivo de esa magnitud para montar el mejor escaparate posible de cara al exterior. En los años sesenta y setenta la imagen de España, para qué negarlo, era la que era. Y había que arreglarlo, qué mejor que un mundial para mostrar al mundo que España no es tan cutre como la pintan -lo era. Que se lo digan a los gobernantes argentinos, que organizaron el Mundial de 1978: se conjugaron en dar una imagen de país unido -nada de desaparecidos, torturas y dictadura brutal (la denominación del régimen, “Proceso de Reorganización Nacional”, no terminaba de convencer). Así las cosas, un mundial de fútbol -religión oficiosa del país austral- venía que ni pintado. Bienvenidos, por fin, a la “diplomacia del deporte”- (del balompié, en concreto).

Diplomacia deportiva siempre hubo: tuvo lugar la del ping ping-pong (que contribuyó al deshielo EEUU en los años 1970), la del hockey (que unió a las dos coreas…en lo deportivo, claro), del cricket (acerca, a veces, a India y Pakistán, siempre latente la cuestión de Cachemira), rugby (que usó Nelson Mandela para cohesionar a su país, y para intentar dar buena imagen fuera y usan algunos países latinoamericanos para desmovilizar militarmente a jóvenes exguerrilleros).

Tornamos al año 1982, España quería proyectar al planeta que no era la gris dictadura atrasada que nació con apoyo del fascismo y nazismo; de hecho, un año antes había abortado un golpe de Estado por parte de facciones más, digamos, nostálgicas de lo anterior. Del mismo modo, el país ibérico era un país seguro, no el lejano oeste ni el Belfast que a veces se proyectaba (ETA y distintos grupos terroristas sembraban el terror por entonces). Por el contrario, se trataba de un país democrático, que negociaba su membresía en la entonces Comunidad Económica Europea y con unas elecciones democráticas cuyos pronósticos forjaban el advenimiento de un gobierno socialista, algo que solamente siete años antes formaba parte del terreno de la más calenturienta fantasía. España mejoró su imagen internacional, su reputación. Diez años más tarde, con Barcelona’ 92, el mensaje que se daba era el siguiente: “aquí estamos, seguimos mejorando; somos una democracia consolidada”. En 2010, la selección masculina de fútbol conquista el mundial en Sudáfrica. La reputación del país crece, “el poder blando”, en el sentido de imagen positiva al exterior, de influencia: nada para venderse que la consecución de un título mundial en el llamado “deporte rey”. Nos puede gustar o no tal “definición”, pero lo que está fuera de toda duda es que es el deporte mayoritario (buen dinero y promoción recibe para tal cometido, si bien ello ya es otra historia). Aunque no todo es fútbol: en 2017, el baloncestista español Sergio Llull  se lesionó la rodilla en un amistoso: se perdería el Europeo que comenzaba tres semanas después: todo el equipo y el cuerpo técnico acudieron a visitarlo a su casa y el jugador agradeció al equipo el detalle, llamándolos “familia”. Ya estaba hecho: a partir de entonces, “la familia” es el apelativo con que se conoce a la selección masculina de baloncesto, aunque venía de mucho antes. Son prototipo de buen rollo en el banquillo, y ganaron Europeos y Mundiales.

Volvemos al balompié: en 2010 la selección española masculina gana la copa del mundo de fútbol. Se trataba de un equipo que era un conjunto de amigos, más bien bajitos -así les llamaban, porque era verdad- con desempeño coral, diverso, humildad y, sobre todo, buen juego. Los valores de España y su imagen se propulsaron. Qué decir de 2023. Las españolas atesoraban un doble mérito, haberse plantado ante la RFEF, exigiendo unos derechos que debieran poseer y, en esas condiciones, haber reunido la concentración suficiente para jugar de la manera que les condujo a la conquista del mundial. Un equipo, además, diverso, con deportistas que pertenecían a casi todas las comunidades autónomas. Unidas en el deporte, unidas en reclamar sus derechos. Aún así, las españolas fueron capaces de llevarse por delante a selecciones como Holanda, Suecia o Inglaterra, equipos cuyos países sí que apoyan de verdad el deporte femenino. España de tú a tú con deportistas que tienen muchos más medios. También fue una esperanza para la situación del deporte practicado por mujeres en Hispanoamérica: una periodista colombiana preguntaba a una flamante campeona Alexia Putellas  (bastante reivindicativa en el sentido de demandar mayores niveles de profesionalización para las futbolistas españolas) qué podía decir para sus colegas colombianas o latinoamericanas, qué podían hacer las niñas de allí para ser como ellas: las españolas eran un modelo. Un modelo para muchas niñas. También en Alemania, donde resido, con niñas orgullosas de vestir el trikot de las selección.  Lástima que, como veremos a continuación, se manchó todo este mensaje positivo. Megan Rapinoe, la gran futbolista estadounidense (retirada hace bien poco), y diversos rotativo de medio mundo —New York Times (NYT), CNN, L’equipe, diversos medios en Hipanoamérica…— se encargaron de amplificar el desaguisado -merecidamente. Los anaqueles de la historia diplomática guardan desde ya en un lugar destacado el “caso Rubiales” como paradigma de reventar un crédito internacional mayúsculo largamente labrado. Todo gracias a unos gestos y actitudes que iba a decir cavernícolas, si bien no se debe menospreciar a las culturas antiguas atendiendo a su estadio de avance tecnológico y social: baste con “valores Rubiales”, a tenor de la metonimia, la parte por el todo.

Millones de personas en la opinión pública internacional habrán experimentado tamaña disonancia cognitiva: “vamos a ver… pero… España ¿no era un país europeo más o menos socialmente avanzado? Pues parece que no, se encargaba de recordar dolorosamente el aludido  NYT . Y es que Rubiales, ante las cámaras de todo el mundo, ha perpetrado un buen siete en el tejido de la imagen reputacional que tanto tiempo costó montar. La percepción de un país es ardua tarea de la diplomacia pública de un país. Y el deporte es una magnífica herramienta para tal fin. En este caso, para mal. Ya hay precedentes de eventos organizados-de-aquella-manera, porque los eventos deportivos suenan muy bien en la cabeza de quien los elucubra pero, a veces, los carga el diablo. Algunos casos para no olvidar hay, a saber: en primer lugar, los JJ.OO de Múnich 1972. Alemania (Occidental) quería que el mundo viera que había pasado página (tras organizar en los años 30 y 40 otro tipo de “eventos”), que estaba por la paz y que formaba parte de la entonces CEE; resultado: 11 deportistas israelíes asesinados por terroristas palestinos -primer atentado terrorista de la historia en unos Juegos- y fallos de seguridad clamorosos. Le sigue Atlanta 1996. Para abrir boca, negras sombras de corrupción a la hora de la “elección” de la ciudad-sede, sumándose un atentado terrorista en el que se inculpó a la persona equivocada y pérdidas de maletas y documentación; además, imágenes que no llegaban a los países que habían pagado buen pastizal por ellas. La primera potencia, flamante “vencedora” de la Guerra Fría, arrojó al planeta un retrato deplorable. Hay muchos más supuestos.

Desfaciendo el entuerto: partir no tan cero

Pese a todo lo descrito, hay que ser optimista. Por una parte, es cierto que trasmitimos al orbe que no somos el paradigma de la igualdad en materia de derechos entre hombres y mujeres, lo cual es una lástima, porque “no somos tan así”. Pero es lo que hay. Sin embargo, por otro lado, se han dado numerosos ejemplos que exportar al mundo. Vamos a ellos:

Las conductas descritas a lo largo de aquellas dos semanas fatídicas lograron lo insólito; poner de acuerdo a PP, PSOE, Sumar, nacionalistas -independentistas incluidos-… y, en fin, VOX. Esta última formación no es menos cierto que con la boca chica y cuando no les quedaba más remedio, pero acabaron por subirse al carro: un país unido en torno a unos valores es siempre positivo. No menos importante es la reacción del gobierno, de la propia RFEF que, destitución de su presidente FIFA mediante- intenta llevar a cabo una limpieza que, seamos realistas, no se logrará a corto plazo. Las jugadoras españolas, por otra parte, vuelven a plantarse y exigen cambio en las condiciones, renunciando -de nuevo- a formar parte de la selección y, ojo ¡esta vez no hay un presidente que les demande pedir perdón por la osadía! El “se acabó” de las futbolistas -que incluye, por fin, una denuncia de Jenni Hermoso- y los que están con ellas transforma el estropicio rubialesco en un ejemplar “me too español” -esta vez sí- muy exportable al mundo. En fin: fue imposible vender una imagen de paraíso de la igualdad, aunque, al menos, se convierte la defensa en ataque o se aprovecha la fuerza del “contrario”. Muchas niñas y mujeres de otros países con carencia de derechos para las mujeres nos están observando ahora: tras el incendiario descarrilamiento descarrilamiento del prestigio de España, recuperar el paso por los raíles de la normalidad, aún maltrechos, presenta un activo de primer orden para la imagen reputacional española.

Luis Rubiales continúa asegurando a día de hoy que muchas mujeres —millones de millones, parece ser— lo paran por la calle para decirle que le creen, que son mujeres que no se sienten representadas por ese «falso feminismo», que están con él

Te creo, hermana

—perdón —dicen: hermano

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Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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