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Photo by Alexander Mils

El año 2023 terminó con la mas que verosímil sospecha de amaño electoral masivo en las elecciones (lo contaba aquí). La traca final de dicho año fue un rosario de pucherazos electorales que comenzaba con las parlamentarias (aquí). Lo peor de todo pasa porque la oposición se ve incapaz de articular un discurso más allá de calificar de corrupto y de manipulador al gobierno de Vučić. El frente contra la ultraderecha no funciona en Alemania ni en EE.UU. Para aquel que lea un poco no hay color entre lo que representan Donald Trump y Kamala Harris, pero no basta con ello. Así, se da en Serbia, para algunos observadores, un ejemplo claro de autocracia (de Vučić) contra incompetencia de la oposición para crear un contradiscurso que emocione y motive ¿En Serbia solo? Vean, juzguen y decidan.

Una estación de alto voltaje político

El año 23 fue convulso: bueno…el 2024 no lo es tanto en el sentido de amenaza para la seguridad regional, pero si para explorar los límites de la paciencia de los serbios de a pie. El crepúsculo de 2024 tampoco está siendo fácil:  no hubo tiroteos en colegios (este mismo diciembre se dictó, por cierto, sentencia contra el autor de los de 2023), aunque sí hubo que lamentar, por desgracia, fallecimientos, por cosas tan innecesarias y fáciles de evitar, con un poco de previsión, como el derrumbe de una infraestructura: una infraestructura, a más inri, de reciente construcción. En noviembre, la marquesina de la entrada de la estación de ferrocarril de Novi Sad, la segunda ciudad del país, colapsó, matando a catorce personas (posteriormente falleció una más). Si en vez de suceder en noviembre, el derrumbe tiene lugar en fechas de mayor afluencia de personas como el festival internacional de música EXIT, que se celebra allí en verano, o durante las navidades, la tragedia hubiera sido mucho mayor. A Aleksandar Vučić le faltó tiempo para prometer justicia a la vez que sacaban balones fuera: con independencia de que la estación se construyó en 1964, y se reformó hace muy pocos años, se depurarán responsabilidades. Menos mal que Tito murió en 1980, porque no se hubiera librado.

La oposición protestó enérgicamente y exigió una moción de confianza que la coalición gobernante, por supuesto, rechazó. Fue una sesión con componentes de encuentro futbolístico de alta tensión y riña tumultuaria en la Skupština (asamblea nacional serbia). Se produjeron altercados con insultos por parte de todas las facciones. Vučić y sus acólitos, para calmar los ánimos, desplegaron una pancarta en la que se llamaba ladrones a la oposición.  Ana Brnabić, presidenta de la Skupština y antigua primera ministra, acusó a los diputados de la oposición de frenar el progreso del país. En una muy populista alocución a la cámara, cargó contra la oposición, asegurando que se estaba impidiendo la aprobación de mejores pensiones para los jubilados (materia que se debatían en dicha sesión).

Un escandalizado Vučić condenaba el salvaje comportamiento de los diputados de la oposición. Es de recibo: él siempre se ha caracterizado por su sensibilidad ¿actual? Debe estar hablando del ahora, sin duda: hace treinta años, cuando era un diputado joven y raso en el parlamento de una reducida Yugoslavia, aseguraba, en el contexto de la limpieza étnica que se estaba perpetrando en Bosnia-Herzegovina, que por cada serbio muerto, caerían cien musulmanes: más alto, puede; más claro, imposible (lo contaba aquí). De la misma sensibilidad aludida participaban sus peligrosas amistades ―Vojislav Šešelj, entre ellos. Si hay algo que no se le puede negar al predsednik serbio es que en ultraderechistas argumentos es pionero.

Después, vino lo de siempre: caída de cabezas, la primera de ellas, la del ministro de Construcción, Transporte e Infraestructuras Goran Vesić. Con todo, el ya exministro expuso que las razones de su dimisión eran del ámbito morale; esto es, en su cualidad de responsable político. Culpa in vigilando o in eligendo, en absoluto. Claro, porque todo es la pescadilla que se muerde la cola; en especial en lo tocante a la segunda: todos los caminos conducen, finalmente a Vučić. Y es de suponer que no quiere perjudicar a su jefe. Junto a Vesić , fueron alcanzados por la metralla del caso la directora interina de infraestructura ferroviaria, Jelena Tanasković, o el ministro de Comercio, Tomislav Momirović. Este último ocupaba el cargo de ministro de Construcción, Transporte e Infraestructura cuando se llevó a cabo la renovación de la estación como parte de un proyecto de modernización de la infraestructura ferroviaria de Serbia. Los trabajos que ocuparon la obra fueron liderados por China, de 2021 a 2022. Fueron inaugurados ―piensen mal― durante ¡oh! la campaña de las presidenciales de 2022, cuando venció Vučić. Con menos apoyos, pero se llevó el gato al agua.

Muchas de estas concesiones en la ejecución de infraestructuras se celebran con China en la más completa opacidad y falta de transparencia, para irritación de una Unión Europea, que predica en el desierto y asegura a Belgrado que con esta forma de hacer las cosas, de membresía en la UE, nada. Belgrado, que no: que todo se ha llevado a cabo observando los más estrictos estándares comunitarios. El problema es que esta vez hubo 15 fallecidos.

Prueba de la ausencia de publicidad en las condiciones de licitación es la ingente cantidad de dinero empleado en una renovación en la infraestructura ferroviaria serbia cuyo lábaro de la eficiencia pasa porque se te caiga una estación encima de los usuarios. Mucho hay que rascar ahí, y no se rascará porque todo el mundo está en el ajo.

La oposición clama de igual forma a nivel urbano: arreciaron las protestas contra el alcalde de Novi Sad, el progresista Milan Đurić (sí, el partido de Vučić se autointitula “progresista”). Un tercio de los ediles consiguió sacar adelante una sesión extraordinaria para reprobar y exigir la dimisión al alcalde. Las manifestaciones adoptaron diversas formas: silenciosa, multitudinaria, mientras la fiscalía no daba una sola pista de quién estaba supuestamente siendo juzgado por el desastre. Existía una investigación abierta, pero ningún detenido. La oposición también demandó que se facilitaran los contratos, herramienta que hubiera sido muy útil para examinar qué beneficiarios se designaron y con qué procedimiento. Sorpresa: son confidenciales. Vaya.

La gente está harta de la corrupción generalizada del sistema, una corrupción que hizo posible que una obra que no llevaba ni tres años terminada se desplomara. El 5 de noviembre, los manifestantes volvieron a tomar las calles. El gobierno reprimió tan desaforadamente como de costumbre y coló entra la multitud diversos bravos (si usamos la expresión de “Los novios”, de Manzini) para intimidar, provocar más violencia y reprimir aún más: acción-reacción-acción de manual, que provocó que los potenciales manifestantes se lo pensaran -y se lo sigan pensando- dos veces antes de acudir.

Las elecciones, siempre las elecciones

En uno de los primeros artículos sobre el largo proceso electoral y sus consecuencias que se dio en Serbia en 2023, me interrogaba sobre un posible comienzo de la erosión del poder de Aleksandar Vučić. Algo de ello había: la prueba es que el predsednik serbio convocó elecciones parlamentarias. Las presidenciales las había ganado él y gozaba Vučić de un parlamento controlado por su partido, el SNS para rato (dos años y con mayoría incontestable). Normalmente uno convoca elecciones en ámbito estatal cuando considera que su labor ha estado muy cuestionada por el resultado de otros procesos electorales (locales, regionales, etc.) así sucedió a Pedro Sánchez al perder gran parte de su poder regional y municipal en España en 2023 o a Macron en Francia tras el varapalo en los comicios europeos de 2024. Vučić, en cambio, seguía ganando elecciones. De acuerdo: estaban amañadas, pero seguía cosechando el apoyo mayoritario de los ciudadanos serbios. Con todo, lo dicho: algo empezaba a cambiar. Y Vučić no quería encontrarse, en dos años, con una incómoda cohabitación ejecutivo-legislativo al estilo francés (que ya hemos visto de sobra que siempre puede ser peor). Hacía falta, pues, un mecanismo para apuntalar el poder del SNS y sus aliados en Serbia antes de que fuera tarde: anticipar las elecciones parlamentarias y municipales. Porque la cuestión es que en Belgrado sí que se vislumbraba una victoria de la oposición, unida en 2023 en el enésimo ensayo de unión. Quedó fuera el partido del expresidente Boris Tadić; en fin: no se puede tener todo en esta vida.

Y es que el curso político de 2023 fue un ejemplo de mala gestión ―en mucho casos, rayana en la irresponsabilidad incompetente― de muchos asuntos sensibles: simplemente se echaban balones fuera y se acusaba a la oposición de todos los fallos del gobierno, que fueron numerosos: cabe habar, en este sentido de una gestión más que discutible de la pandemia de Covid-19 y la consiguiente campaña de experimentación con la población vacunación, robo de bebés para ser entregados en adopción sin que se haga nada, cambio de la constitución para reforzar el poder judicial ―el afín a Vučić, se entiende. Era una serie de despropósitos ideal para que en 2023 la gota acabara de colmar el vaso. La población estaba ya calentita. 2023 trajo diversas vueltas de tuerca: ambiente de violencia con tiroteos en colegios, la manera de solucionar la vuelta de la violencia en Kosovo vertiendo gasolina sobre el incendio y removiendo fantasmas de casi treinta años atrás (aquí lo contaba).

Con las mencionadas credenciales, comenzaba 2024. El mismo enero fue escenario de protestas masivas en Belgrado contra el fraude electoral. En la capital, la oposición contaba con una victoria con bastante seguridad. Sin embargo, sobrevino la sorpresa. Un ejército de muertos residentes en otras circunscripciones electorales convenientemente untados y una colaboración de la autoridad al servicio del SNS (partido de Vučić) acabaron por inclinar una dopada balanza a favor de la formación que dirige el ejecutivo y legislativo en el país balcánico. Muchos manifestantes -casi todos pertenecientes a la coalición Serbia contra la Violencia (aquí platico un poco sobre la formación y antecedentes de este artefacto político) intentaron penetrar en el ayuntamiento de la ciudad. La policía utilizó gas lacrimógeno para dispersar a los manifestantes y se empleó con la siempre inusitada violencia contra los opositores. Treinta y ocho personas fueron detenidas. Los estudiantes, por su parte, bloquearon varias arterias de acceso a la capital serbia. Un fin de año y principio del corriente año más bien calentitos.

 El proyecto Jadar

Cuando a Vučić se le mete algo en la cabeza, es difícil apartarlo de ella. Evidencia de lo dicho es el polémico proyecto Jadar. Se trata de una mina de litio explotada ―al menos, era esa la idea― por Rio Tinto. Su nombre hace referencia a lo que es: las minas españolas del mismo nombre, que la empresa británica explotó en plena segunda revolución industrial (química). Al igual que en Serbia ahora, la firma británica llegó a un país que padecía una grave crisis económica. Vino bien a las finanzas españolas de la Primera República española y a buen seguro alguien pillaría tajada en la muy corrupta administración de entonces, influyendo en la política y haciendo y deshaciendo a su antojo. A cambio, el territorio de la Empresa pasó a convertirse casi en una jurisdicción especial o mini-Estado, con su propia jurisdicción, policía, fuerzas del orden que podían reprimir a los trabajadores que protestaban ante las duras condiciones de trabajo de la época mientras las autoridades españolas no intervenían. Uno de los episodios más graves fue el de 1888, el llamado “año de los tiros”.

La Serbia del siglo XXI no es la España del XIX, pero pueden trazarse ciertos paralelismos. En primer lugar, el bajo nivel de estándares democráticos. En segundo, el altísimo índice de corrupción, con clásicos del género como inflado de contratos, mordidas y subcontratas que acaban, finalmente, derivando en obras de mala calidad, como aquella marquesina de Novi Sad de la que hemos hablado. Ejemplos no faltan, como el de la Expo 2027, un verdadero monumento a la corrupción. En Serbia el ciudadano medio no se sorprende. Piensa que es lo normal, que no tiene solución y acaba emigrando o víctima de la apatía.

Volvemos a Rio Tinto: una mina de litio. Si se lee la página web de la compañía, todo son ventajasxº. Así, la empresa impulsaría un diálogo transparente, basado en hechos, con la comunidad y las partes interesadas para evaluar el futuro del proyecto. Del mismo modo, se asegura un estricto cumplimiento de estándares legales y medioambientales de Serbia y la Unión Europea, incluyendo procedimientos legales, evaluaciones de impacto ambiental (EIA), obtención de permisos y consultas públicas. Por añadidura, el proyecto redundará en un indiscutible valor para la comunidad, generando miles de empleos cualificados y contribuyendo y potenciando el valor de los vehículos eléctricos en el país. Esto en la Serbia de Vučić es no decir nada, con independencia de que la empresa no puede jugársela demasiado porque puede ser objeto de sanciones por la UE.

Y sin embargo, el río agua lleva. La empresa beneficiaria (repetimos: muchas adjudicaciones públicas tienen en la falta de transparencia y la puesta en solfa de la normativa comunitaria del rubro) presenta un elevadísimo coste ambiental, como en España a finales del XIX). Por ello la población se lanzó a las calles exigiendo la retirada del proyecto en 2021: los manifestantes clamaban contra el perjuicio para la agricultura circundante y la contaminación que generaba con riesgo de hecatombe medioambiental. El gobierno “escuchó” la voz del pueblo y retiró el proyecto. Pero tampoco puede decirse que escuchara demasiado tiempo: en 2024 se reactivó la mina. El tribunal constitucional serbio dictaminó que era eso mismo:  constitucional. El problema es la captura de Estado en este aspecto (como en otros muchos), por lo que las decisiones de tal foro no son de fiar, y esto viene de largo.  En 2024, una vez se ha asegurado Vučić el control del ejecutivo, legislativo y local ― manipulación electoral masiva mediante― puede volver a sus sueños más húmedos. No hablamos sólo de la consabida mina: también acceder a un tercer mandato, algo que la constitución serbia no permite, si bien la creatividad puede resolver ese pequeño inconveniente: ya que Mahoma no va a la montaña, que sea la montaña quien vaya a Mahoma: se cambia la constitución y ya está. Y si no, pues siempre puede hacerse un Putin: yo me pongo de primer ministro y dejo en la presidencia a un Medvedev que haga lo que yo digo.

Ley mordaza a lo serbio

Otro motivo de protestas es la introducción de la ley mordaza en Serbia, recuperando un tipo delictivo de la Yugoslavia comunista. Que Serbia avanza en su calificación de democracia híbrida a estado no democrático sin matices es un secreto a voces. Uno de los múltiples ejemplos pasa por la propuesta de enmiendas al código penal serbio que supone una verdadera ley mordaza al introducir el “delito verbal” la figura de injurias cualificadas contra el gobierno, muy a lo Putin o su émulo georgiano. Los periodistas criticaron la nueva triquiñuela legal para acallar voces disidentes y, en general, un atentado a la libertad de expresión o de información. En teoría, la propuesta de modificación tiene como meta la protección de los periodistas, pero a nadie que trabaje en un medio le cabe duda de que es lo contrario. El tenor de la ley deja poco espacio para la imaginación: la propia fiscalía operaría de oficio si detecta que existe una opinión ofensiva, que se extiende también a jueces y fiscales: se sospecha que habrá piel muy fina: Vučić tendrá a su servicio una excelente herramienta política. No parece en cualquier caso el motivo más idóneo para progresar en uno de los 35 capítulos del acervo comunitario, en concreto, el 23. “Poder judicial y derechos fundamentales”. Mal vamos. Por supuesto, la penal ocurrencia echó más gente a la calle: mejor aprovechar ahora, porque en el futuro será delito.

Estudiantes y docentes en pie de guerra

Y 2024 no va a dar tregua: desde la tragedia de Novi Sad, el estudiantado ha tomado las armas (de la protesta) a lo largo y ancho de Serbia. Cortan, como se dijo, los accesos por carretera, y en los campus, realizan ocupaciones de edificios de la Universidad. Muchos docentes han decidido respaldar a los jóvenes y han convocado un paro en solidaridad con sus estudiantes que luchan por construir “una sociedad mejor y más justa”.

En la educación secundaria se replican escenas parecidas y decenas de docentes han suspendido las clases, estando el principal instituto de Belgrado en situación de huelga. Respuesta de las autoridades: el ministerio de educación envía una carta a los docentes afirmando acciones disciplinarias contra el profesorado rebelde. Mucho miedo no ha portado a los huelguistas: por el contrario, más institutos y profesores se han unido a las críticas y a la huelga. En Novi Sad la situación es similar. Las reivindicaciones se mezclan con el clamor popular contra la llamada ley mordaza y el mismo 22 de diciembre decenas de miles volvieron a tomar las calles de manera masiva afirmando que el gobierno tiene las manos manchadas de sangre. Demandan, además de la tradicional publicación de documentos relativos a la construcción de la estación colapsada de Novi Sad, un gobierno de transición que deje el país preparado para la celebración de unas elecciones justas. Vučić reaccionó con su habitual cautela, garantizando que volverá a acallar a los estudiantes (que, en sus palabras, lo único que quieren es dinero) y acusando a la oposición de no tener ningún programa salvo el de usar niños en las manifestaciones. Sin embargo, no sólo hay niños: tractoristas y agricultores con sus vehículos, ya con los ánimos encrespados, entre otros asuntos, por el caso “Jadar” y diversos sectores a lo largo y ancho de Serbia secundan a los jóvenes. El gobierno puede enviar a sus matones para reventar las protestas y causar violencia aunque de momento los estudiantes, que llevan meses con las clases suspendidas, no parecen tener intención de asustarse.

Pelotazos urbanísticos: corrupción y destrucción del patrimonio histórico

¿Recuerdan la remodelación de parte de Bucarest que acometió Nicolae Ceaușescu (lo contaba aquí)? Pues por ahí van los tiros. Una de las últimas ocurrencias del gobierno es la destrucción del querido puente de Saba en el marco del macropelotazo urbanístico “Belgrade Waterfront, una de cuyas torres se usa en ocasiones como panegírico del gobierno. Se trata de otra oda al unto y a la venialidad, cuyo resultado sería la demolición del viejo puente, junto con otros edificios que forman parte del patrimonio urbano belgradense. Es de dominio público desde hace muchos años que es un completo despropósito cuya ejecución se está llevando a cabo de una manera verdaderamente chapucera: entre sus resultados se cuentan muertes de trabajadores  por las terribles condiciones de seguridad, bajos salarios y jornadas interminables, la recurrente falta de transparencia en la adjudicación de las infraestructuras en Serbia, manejos políticos y mordidas, deficiente planificación urbanística y beneficio a los inversores extranjeros en detrimento de la población de la zona o la violencia ocasionada por los desalojos forzados de muchos vecinos para la faraónica obra.

En fin…terminamos el año con Serbia, como debe ser. En un país occidental, no se le escaparía a nadie que a Vučić le queda poco tiempo en el poder si no fuera porque no estamos ante una democracia plena y su gobierno controla todo el sistema: de momento, el predsednik serbio ha logrado reforzar su poder en el legislativo y en el ejecutivo y va camino de quitarse de en medio a la oposición mediante leyes que tienen por objeto criminalizarla.

 

 

 

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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