imagen: composición realizada a partir de fotos de fotos de Pexels, Andrzej Rembowski y  Fajrul_Falah de Pixabay

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En la anterior entrada, estuvimos analizando la guerra de Ucrania y sus efectos en el país europeo oriental. Pues hoy, en realidad, seguimos con lo mismo, porque la guerra en el vecino país, con quien comparte muchos lazos históricos, también tiene otra arista «inesperada» (había que tirar de dicha expresión). En realidad, no tan inesperada en un país en el que el sector agrario es mayoritariamente pro-PiS y participa y compra su retórica de proteccionismo y enemigos-externos-que-quieren-destruir-Polonia. De acuerdo con esto, no están de acuerdo con que cada vez lleguen más extranjeros al país. Si al principio los ucranianos eran acogidos con simpatía (sobre todo, con empatía), pronto se empezaron a hartar de tanto refugiado, y más con lo que hoy abordaremos: la cuestión del grano. Lo peor es que el gabinete Tusk les baila el agua a los clientes del PiS, porque es sumamente peligroso enfadar a este colectivo que, a unas malas, puede ser decisivo: en las últimas elecciones locales y regionales polacas, el PiS siguió siendo el partido más votado. La coalición gubernamental y sus apoyos aguantaron el tirón, sí, pero simplemente fue eso: el partido de Tusk sigue sin ser el partido que más ilusione a la ciudadanía. Tener a los ultraconservadores en contra sólo puede implicar reventar el precario equilibrio que permite a Tusk seguir al timón en Varsovia. Lo iremos viendo.

La invasión rusa de Ucrania: de la empatía inicial a la vuelta al terruño

Cuando —han pasado más de dos años y medio ya— Rusia invadió Ucrania, todo fueron muestras de solidaridad, especialmente, del lado occidental. Hasta el grupo de Visegrado (o “V4”: Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia) también se sumó, aunque con la boca chica, en especial Viktor Orbán en Hungría. Con el tiempo, la solidaridad fue adoptando el lema de que “empieza por uno mismo”. Con ustedes: la guerra del grano.

La UE, para solidarizarse con Ucrania, permite la libre exportación de cereal al menos hasta 2025, una especie de duty-free cerealístico. Se trata de una disposición lógica y empática (de nuevo), sobre todo si se tiene en cuenta que Ucrania mantiene sus puertos—los pocos que le quedan— bloqueados por la armada rusa en el Mar Negro. Ya hemos visto que la misma Odessa ha sido atacada con misiles y bombas de racimo, armamento este último prohibido internacionalmente.  Aunque en fin: tampoco  es que la invasión a gran escala de Ucrania y los crímenes de guerra contra la población civil estén permitidos: ningún perro lamiendo engorda. Con el tiempo, la especie de bonificación «agraria»  fue mermando poco a poco.

Volviendo al duty-free cerealístico, Esto no gustó nunca demasiado al V4 y, con el tiempo, derivó en enfrentamiento abierto. Capitaneados por los neopopulistas de Hungría y Polonia, se comenzó a cuestionar lo del grano: “y nosotros ¿qué?”. En julio del pasado año, se asiste a una escalada verbal y Varsovia y Budapest amenazan, directamente, con cortar la ruta del grano ucranio al oeste. A ellos se unió, por ejemplo, Bulgaria. La UE no sabe qué hacer para conjurar un este europeo agrario muy rebelde cuyas propuestas populistas amenazan con hacer subir (más) a las ultraderechas en esta región.

Estas actitudes, en fin, qué se puede esperar: son nacional-populistas, de extrema derecha…claro es lo normal y… ¡un momento!: enero de 2024. Tusk se halla cómodamente instalado en el poder. En octubre, cuando las elecciones, se convirtió en la punta de lanza de la oposición al gobierno del PiS…pues —esto es bastante embarazoso— resulta que el viceministro de agricultura, Michał Kołodziejcza, aseguró en enero que no daría su voto afirmativo a la política comunitaria de libre exportación de grano ucraniano. Esto se acompaña de algo más que palabras y promesas: un mes después Polonia, unilateralmente, decidió establecer controles de importación en la frontera con Ucrania (unilateralmente pero en misteriosa coincidencia con Hungría, Eslovaquia y otros campeones agrarios como Rumanía y Bulgaria) .  En otras palabras, política del PiS pura y dura y suscitó las críticas de la Comisión, achacando a los países mencionados su falta de solidaridad con el resto de la UE. Uno de los más virulentos en dichas críticas fue Alemania: sí, el que acaba de cargarse hace una semana la libre circulación de personas propiciada por el Acuerdo de Schengen levantando controles fronterizos en septiembre de 2024. Cosa de la vida.

Y es que la agricultura -tornamos a ella- es un tema muy serio en Polonia. Los campesinos no tienen problema en lanzarse a cortar las carreteras con sus tractores, y pueden ser muy molestos. Lo mencionado llena hasta rebosar el granero —nunca mejor dicho— de votos para el PiS, fuerte en el campo -como que dicho. Tanto es así que uno de los partidos que apoyan a Tusk, la Trzecia Droga (TD, menudo nombrecito, aunque significa “Tercera Vía”) amenazaban con boicotear ciertas acciones de gobierno, en particular, aquellas que afecten a la agricultura. El TD sólo tienen en común con los otros partidos de gobierno el hecho de querer ser la alternativa al PiS, lo cual no es óbice alguno para exhibir posiciones antiabortistas o anti LGTBIQ+. Por tanto, su política agraria, por mucho que Tusk presuma de europeísta, está totalmente condicionada por el poderoso campo polaco. Y eso que el Comisario de Agricultura y Desarrollo Rural es polaco: el penalista Janusz Wojciechowski. Se supone que los comisarios europeos dejan de pensar en clave nacional y pasan a ocupar patrones comunitarios, pero no es el caso. Dicho comisario formó parte de partidos agraristas, hasta que pasó al…PiS: ya le hemos liado.

Los campesinos polacos cambian entonces de táctica, ya que bloquear carreteras y ciudades no está funcionando: siendo prácticos, mejor actuar que protestar. Así, pasan de carreteras y autopistas a donde está el meollo: a la frontera con Ucrania, que sellan para que el cereal ucraniano no entre a Polonia. El nuevo gobierno —esté bien recordar que es Tusk su jefe, no el PiS— deja hacer, lo que equivale a apoyar: lo de siempre, no quiere echarse a nadie encima ahora que están estrenando mandato. Pero aquí entra en juego Ucrania, que tampoco es de piedra. Está harta de las protestas de los agricultores polacos en la frontera y asegura que no se van a quedar cruzados de brazos: ¿qué vosotros no queréis que mis productos entren en Polonia pese a que la UE lo fomenta? Muy bien: pues Ucrania no va a comprar ningún producto del campo a Polonia, amenaza.

Los agricultores polacos, crecidos por el laissez faire, laissez passer (pero sin pasar), dan un paso más y se marcan un francés (si hablamos de los productos españoles en el país galo) o un español (si platicamos sobre lo propio con respecto a los productos marroquíes en España): los agricultores polacos se manifiestan no muy pacíficamente y detienen camiones ucranianos en la frontera y vacían su grano en la carretera, siendo un día especialmente activo el 11 de febrero, afectando los disturbios a unos 1200 camiones ucranianos en Polonia e inmovilizando a otros tantos en Ucrania impidiéndoles atravesar la frontera. No era la primera vez, ya había sucedido a finales de enero (también seguido de la correspondiente inacción del gobierno, que un mes después seguía negándose a condenar los hechos y mucho menos a perseguir a los culpables pese a las protestas de Kiev).

Los camioneros polacos seguían el ejemplo  (o, probablemente, estaban coordinados) con una acción similar que llevaron a cabo los agricultores húngaros dos días antes. Pero lo mas importante pasa por la reacción del gobierno polaco:  que «hay que ver», que «está mal», que «por lo general estos transportistas suelen ser pacíficos», pero son cosas que pasan (les faltó decir “son jóvenes y en algo se tienen que entretener”, como en el gran Makinavaja): una tibieza pasmosa.  Es lógico que los ucranianos se indignaran, de modo que Andriy Sadovyi, el alcalde de Leópolis, cercana a la frontera con Polonia y la quinta ciudad de Ucrania, tacha a los manifestantes polacos de “provocadores prorrusos”. Sí: luego se disculpó, pero dicho queda. No es un político cualquiera, se presentó a las elecciones de Ucrania en 2019, aunque retiró su candidatura. Tampoco se muerde la lengua: el año pasado se despachó a gusto contra la UNESCO por lo que a su juicio fue una posición apática con respecto al bombardeo ruso del centro de Leópolis (patrimonio de la Humanidad).

A todo esto ¿qué decía Europa? El vestuario del equipo de Von der Leyen no andaba demasiado bien  avenido. Antes de la nueva Comisión, teníamos como Comisario de Transporte Sostenible y Turismo al letón Valdis Dombrovski, partidario del duty-free para el cereal ucraniano… y el comisario de Agricultura y Alimentación, el aludido Wojciechowski, que no.

Von der Leyen ha actualizado este mes su Comisión y ha sentado en Trasporte a un griego muy conservador e identitario: Apostolos Tzitzikostas. Se trata del anterior titular del Comité Europeo de las Regiones considerado de línea dura: no le gusta la emigración, contemporiza con los neonazis de la formación griega de extrema derecha Aurora Dorada, del mismo modo que no otorga sus simpatías a los colectivos LGTBI. Siguiendo una tónica general en Europa, el primer ministro griego, Mitsotakis, lo colocó de primer ministro: con ello pretendía remover el suelo político de la ultraderecha del país helénico, al poner a un halcón en el gobierno. No: la empatía con otros no parece ser su fuerte.

Lo que se estaba jugando trascendía lo local, en realidad. Durante aquel momento se (re)negociaba la Política Agraria Común (PAC), donde jugaba un importante papel la agricultura verde o, en palabras más técnicas, el Pacto Verde Europeo (o European Green Deal). Agricultura sostenible e intereses de los agricultores no tendrían que entrar en conflicto, pues es un cambio de modelo necesario, precisamente, para que el sector no se quede en paro cuando no tenga nada que producir. En principio, porque basta una diatriba más o menos populista para que se cambie de opinión: el Pacto Verde va contra los intereses de los agricultores polacos, pues las medidas que se exigen al rubro amenazan -siempre según este razonamiento- con arruinar a los trabajadores agrarios. Es la jugada más maliciosa que puedes hacer a un gobierno que ha echado a tu partido del poder mientras tú detentas un cargo a escala comunitaria. De paso, haces sangre con la cuestión conexa del cereal ucraniano: todo cuadra.

En cuanto a Wojciechowski, es reemplazado en su puesto por Christophe Hansen, conservador e hijo de granjeros. Por tanto en esta cuestión del grano la Comision vonderleyeniana gira a la derecha, aunque es verdad que la derecha que representa el último de los nombrados ocupa un espectro más moderado que Wojciechowski. Lo comido por lo servido, porque el comisario saliente ya ha puesto deberes al entrante: el manido argumento de «ser más ambicioso» con la ecología: más ayudas y menos imposiciones. No es de extrañar, pues, que los agricultores polacos lo tengan en un altar.

Duty free agrario para Ucrania: preepílogo

Las aguas ¿van volviendo -moderadamente- a su cauce? De momento, parece que se limaron asperezas, pues en mayo de este 2024, se consiguió que se renovaran las políticas de ayuda comercial a Ucrania (y también Moldavia, aunque claro, este último estado es minúsculo y casi ni pincha ni corta demasiado). Pues bien ¿no?

Duty free agrario para Ucrania: epílogo

Pues no tanto. Es de cajón que tras tantas presiones, protestas por casi toda Europa, y acciones del propio gobierno polaco mirando hacia otro lado, los negociadores no iban a decir «pelillos a la mar, aquí no ha pasado nada». Sí que ha pasado porque, para quien consiga trascender el enrevesado lenguaje comunitario, la solidaridad está bien, pero sin pasarse. El diablo, como suele decirse, está en los detalles. Dichas «minucias» pasan por las condiciones especiales a las que quedan sujetas los productos llamados sensibles: es decir: aves de corral, huevos, azúcar, avena, maíz, grañones  (sémola de trigo cocida) y miel, que se gravarán si superan cierto volumen. Además, el acuerdo da vía libre a que se apliquen «medidas correctoras» en caso de desestabilización del mercado», lo que implica carta blanca para impedir la entrada de productos agrarios polacos a territorio comunitario, porque en ese extraño epígrafe cabe todo. Y no es lo único que consigue el belicoso sector agrario: como propina, se relajan las exigencias medioambientales del Pacto Verde: es un permiso en toda regla para saltarse las disposiciones comunitarias. Y es que, en palabras de Wojciechowski, a los agricultores (a los que agradece las protestas) no todo deben ser exigencias para los agricultores, sino que también deben ser incentivos (aquí y aquí). Es un ejercicio pasmoso de sofismo, pues hay que poner pies en pared contra la degradación del sistema ecológico; ergo: hay cosas que no deben seguir haciéndose (barbecho, entre otras barbaridades). Lo de los inventivos no está reñido con las restricciones: por ejemplo fomentando que se dejen de llevar a cabo ciertas prácticas a cambio de formación y financiación para otras menos lesivas para el medio ambiente. El problema de todo esto es que, en realidad, Wojciechowski está haciendo campaña por el PiS, no ejerciendo un cargo comunitario. En cualquier caso, sus excesos verbales produjeron extraños compañeros de cama como el gobierno polaco y el líder  Jarosław Kaczyński, hartos de demasiada leña en el fuego.

Lo que se ha renovado, pues son las ya restringidas concesiones al cereal ucraniano. Si hay algo que celebrar, estriba tan solo en que no se ha empeorado una salida de insumos ucranianos que ya supone pérdidas de cientos de millones a una Ucrania que está contra las cuerdas por la invasión rusa.

The Impact of the Ukrainian Grain Crisis on Poland and Europe

When Russia invaded Ukraine over two years ago, there was strong solidarity from many countries, including Poland. However, the war has now created new problems, especially with the Ukrainian grain exports. The European Union allowed Ukraine to export grain duty-free to help the country while its ports are blocked by Russia. This was seen as an act of empathy and support for Ukraine.

However, this policy has upset farmers in Eastern European countries, especially in Poland and Hungary, who are worried about cheap Ukrainian grain affecting their own agricultural markets. Polish farmers, who mostly support the conservative PiS party, protested by blocking roads and borders to stop the Ukrainian grain from entering Poland.

Even though Donald Tusk’s government opposes PiS, it has been reluctant to act against the farmers, fearing political backlash. In response, Ukraine threatened to stop buying Polish agricultural products, escalating tensions between the two countries.

Meanwhile, in the European Union, there is a divide between those who support the free flow of Ukrainian grain and those who want to protect local farmers. Poland’s former EU Agriculture Commissioner, Janusz Wojciechowski, a PiS member, has backed the farmers’ demands for fewer restrictions on farming, but his stance has been criticized as nationalist and populist.

In May 2024, the EU renewed its grain export deal with Ukraine, but with stricter conditions on certain products like eggs, poultry, and maize. While this deal was extended, Ukrainian grain exports are still subject to restrictions, and the EU has allowed countries like Poland to apply protective measures if their markets become destabilized.

In closing, the Ukrainian grain crisis highlights the complex relationship between solidarity with Ukraine and the protection of local agricultural interests, especially in countries like Poland.

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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