“Desde un punto de vista moral no hay ninguna diferencia entre el comportamiento de un pedófilo y los que piden esto [matrimonio gay, adopción por gais]. El niño en ambos casos es un objeto, un artículo de placer, un objeto de realización personal”
László Kövér, presidente del parlamento húngaro, 2019
viene de la entrada
En Hungría, bajo el liderazgo de Viktor Orbán y su partido Fidesz, la homofobia institucional ha alcanzado niveles preocupantes. La última ocurrencia, prohibir el orgullo gay de 2025. Y ay del que vaya. Habrá consecuencias. Y cámaras, de reconocimiento facial. Para saber quién está en el ajo y empapelarlo. DE paso, se hace realidad el viejo sueño de la distopía orwelliana de tener controlada a la sociedad, porque esto va menos de Orgullo que de control social.
El autoritarismo no solo reprime los derechos LGTBIQ+ sino que además se condimenta con discursos de odio y estigmatización que equiparan la homosexualidad con la pedofilia. Figuras como László Kövér, presidente del Parlamento húngaro, y József Szájer, fundador de Fidesz y eurodiputado, han protagonizado episodios que evidencian la hipocresía y la intolerancia del gobierno magiar. En este contexto, Hungría se convierte en un (enésimo) laboratorio de retrocesos democráticos, emulando modelos autoritarios vecinos, y reafirmando una visión nacionalista y conservadora que utiliza la homofobia como arma política y social: valores tradicionales. Trump toma nota. Es fan de Orbán.
La fijación de Fidesz con los gais
Volvemos a la temática sobre la homofobia: desde la tribuna, en un mitin electoral, en 2019, una de las personas con mayor poder institucional de Hungría, László Kövér, presidente del Parlamento húngaro, equiparó la homosexualidad a la pedofilia. Esto no es, ni muchos menos, exclusivo de la homofobiosfera húngara: no hay más que ver Philadelphia para ¿descubrir? que no es una cuestión de democracias construidas de aquella manera en el este europeo.
Seguimos con Kövér: el político ostenta la dignidad de integrar el selecto grupo de los fundadores de Fidesz. El político es, además de homófobo, (pro)nazi: no le suscitan simpatía ni los judíos ni la etnia gitana. Otros lo dicen más abiertamente: para Zsolt Bayer (periodista prorruso y antisemita muy cercano a Orbán, los romaníes son incapaces de vivir en sociedad, son animales que no deberían existir. Bayer profesa igualmente el preceptivo rechazo a la UE. “Quita tus manos de Hungría, Unión Europea. No somos una colonia”. Exhorta. Es un lema de la ultraderecha nacionalpopulista europea que traspasa lo húngaro y en Estados Unidos se transforma en “Europa me engaña” o “Europa me roba”. László Kövér, József Szájer. Quédese el lector con estos dos nombres, porque serán recurrentes.
Fidesz llegó al poder en 2010. Viktor Orbán comanda el país desde entonces y, cuatro años más tarde, ya era objeto de seria preocupación en los mentideros de la UE por su decidido ataque contra la institucionalidad democrática. Sería imposible abarcarlo todo, por lo que nos centraremos en las andanzas de este aciago 2025 con sus antecedentes. De un tiempo a esta parte, el país magiar rutila autoritarismo y supone un efervescente laboratorio de intolerancia y atropello a los derechos humanos. La población no muestra su descontento de manera masiva, no ha existido un ejemplo como el serbio con sus estudiantes en pie de guerra contra Vučić desde noviembre de 2024. La gente se enfada, pero después, cada uno a su casa, no se mantiene activa como en el caso del país balcánico, donde saben que no se puede flaquear. Algo está cambiando, en honor a la verdad, pero no demasiado de momento. Gergely Karacsony, alcalde de Budapest y una de las esperanzas de la oposición, asegura que en Budapest va a haber orgullo gay sí o sí. Que no se está haciendo nada malo
El último movimiento de Fidesz ha sido (abril de 2025) una serie de enmiendas a la Ley Fundamental de Hungría que, por estos parajes, no suelen jamás ser para bien. El gobierno de Orbán aprobó enmiendas constitucionales gracias al viento a favor de su apabullante mayoría parlamentaria. Se niegan identidades trans, se prohíben marchas del orgullo gay, o se limitan, ya puestos, la libertad de reunión, y se promueven estados de emergencia casi al gusto del consumidor…
“Hasta aquí puedo leer”, pues es de recibo llevar a cabo un somero repaso por la deriva autoritaria del orbanismo en los últimos años, a fin de situarlo todo en contexto. Vamos a ello.
El partido de Viktor Orbán, Fidesz, ha impulsado diversa normativa que prohíbe mostrar contenido LGTBIQ+ a menores, ha acusado a la UE de llevar a cabo una “ofensiva LGTBI” y defiende abiertamente que el matrimonio debe ser solo entre un hombre y una mujer (como diría Giorgia Meloni –alias interlocutora privilegiada de Donald Trump en Europa– ¿qué diantres es eso de “progenitor 1” y “progenitor 2” (no hablo del hit disco)? La homofobia del Fidesz produce, incluso, la visión de fantasmas (gais) hasta en Eurovisión (no dejaremos de contarlo un poco más adelante).
El gobernante magiar, por supuesto, asevera que él no tiene nada en contra de los gais –no vayan a pensar qué–, sólo quiere proteger a los niños de los pederastas. Porque –sí, lo han entendido– los gais son pedófilos: lo verbalizaba, expresamente, el aludido László Kövér.
Con todo, lo que más desazón infunde de todo este estropicio es que los acólitos fideszianos no están solos: considerar que los gais son pederastas, que atentan contra la familia, es tendencia, toda una opción política en muchos países allende el antiguo telón de acero, aparte del transalpino citado. En cualquier caso, todos están expuestos a un agente del caos inesperado que lo ponga todo manga por hombro. Y, en ocasiones, surgen efectos secundarios o contraindicaciones tan inesperadas como indeseadas, flecos que no caben debajo de la alfombra sin curvarla. Así las cosas, resulta perentorio desviar la atención reafirmando los valores (en este caso, homófobos) cuando algo se te tuerce.
El primer cadáver en el armario: József Szájer
Y es en este preciso momento cuando llega el primer cadáver: el íntimo colaborador de Orbán, y azote de las malas costumbres, József Szájer. Este señor era eurodiputado húngaro del Fidesz. Fue uno de los fundadores de la formación (con Orbán y Kövér) y uno de sus ideólogos de pro, otro “padre de la constitución”, en este caso, la húngara de 2011. La ley suprema “promovía” valores familiares tradicionales y rechazaba –a diferencia de la llamada “degradación occidental”– los derechos LGTBI, vetando el matrimonio homosexual, por ley. No es que no se permita: es que se prohíbe. Un señor muy formal, muy decente… si atendemos a los estándares de su partido, claro. Es por ello que el cuento que pretendo referir tiene su hilaridad: un rollo ultramoralista, ultranacionalista y –sobre todo– antigai.
En noviembre de 2020, tras una reunión en Bruselas, el señor Szájer se fue de fiesta por el centro de la capital comunitaria. La velada se ubicaba en un apartamento. Hasta ahí, nada fuera de lo común. El trabajo parlamentario y las negociaciones agotan. Todo el mundo tiene derecho a relajarse. Sin embargo, a partir de aquí, empiezan los apuros pues, para empezar, el ágape no estaba autorizado (no se observaban las medidas anti-COVID de entonces), por lo que la policía belga irrumpió en el piso donde tenía lugar para dar por terminada la reunión.
Ahora bien, lo que la policía encontró allí no era (sólo) gente desprovista de barbijos, ni la típica fiesta de camisas hawaianas, sino una fiesta sexual tipo “orgía gay”. Concretamente, modalidad, para hablar con propiedad, “gang bang” (sexo grupal) donde, por añadidura, los preservativos estaban vedados. Se podía acceder a la reunión a través de una conocida aplicación creada para citas de hombres homosexuales.
El jolgorio reunía a una veintena de señores; lógicamente, ligeros de ropa. Todo ello, en pleno confinamiento. No era la primera vez que la vivienda acogía este tipo de acontecimientos erótico-festivos, lo que mueve a pensar que tampoco sería la primera vez de Szájer. El propietario del inmueble aseguró que, en circunstancias normales (antes del COVID) podían darse cita allí hasta un centenar de personas. Bastaba como únicos requisitos acreditar haber pasado la COVID y no tener SIDA. Y no se hacían más preguntas, porque el inmueble fungía como un refugio; en especial, para la gente reprimida o que no se sentía libre en sus países, que no podían ser ellos mismos. Bastante tenían ya con la losa diaria de ocultar su condición. En Bruselas puedes dejar arder tanto fuego reprimido. Nada de preguntas, decía el organizador: aquellas las dejaban para sus conciudadanos o gobernantes. Aquí se venía a desconectar, a pasarlo bien, a soltar la rienda; y no precisamente porque se acabara la fuerza de la mano izquierda.
Y, claro, uno de los asistentes era József Szájer. Allí lo sorprendieron los agentes, en su salsa, viendo porno gay mientras los neones de la oscurecida estancia iluminaban de manera intermitente diversas partes de su cuerpo. Charlaba de lo más bien con otros gais.
Técnicamente, cabe aclarar que las fuerzas de seguridad no hallaron allí al padre de la constitución húngara, sino en la vía pública, lo que incorpora tintes ridículo-bochornosos al asunto. Parece que el político húngaro –como se explicó, flagelo de las “depravaciones”–, intentó escapar por la ventana (la fiesta se celebraba en un primer piso), utilizando una tubería. Cuando los policías que le estaban esperando abajo lo identificaron, con las manos ensangrentadas debido a su aparatosa evasión, no se lo podían creer… ni eso, ni que, además, portaba una mochila con sustancias estupefacientes. Eso sí: Szájer aseguraba no haberlas consumido… Todo a pedir de boca: moralista homófobo trincado en una fiesta homosexual en paños más que menores y portando drogas. La pregunta del millón es qué hacía el eurodiputado con las sustancias en el bolso. Si no, como afirma, no consumía ¿era el camello?
Ciertamente, en ese punto ya daba bastante igual todo. Ser gai no es ni ilegal ni un escándalo, pero que te pillen en una fiesta no autorizada y con drogas sí que contraviene la ley. Si, para más inri, dicho guateque es de homosexuales, la supuesta “moral intachable” del eurodiputado queda por los suelos, y exuda hipocresía por los cuatro costados.
Al final esta escandalosa aventura se salvó con la dimisión del húngaro: no le quedaba otra. Escandalizado –dolido quizá– su jefe, Viktor Orban, declaró que la actuación József Szájer era “incompatible con los valores” de su “comunidad política”; es decir, el Fidesz, cuyo apellido es Unión Cívica Húngara. No le faltaba razón al premier magiar: imagínese que Szájer pertenece a una formación política que vela por la decencia y que dirige un país que decidió no participar en Eurovisión el año 2019 por ser un certamen “demasiado gai” (en concreto “una flotilla gai”, como lo describió un periodista afín al Fidesz). Imagínese –qué sofoco para el pobre Viktor– que a uno de sus adláteres, sustento ideológico de la represión de los derechos LGTBI, en tanto que conculcaban, para la Unión Cívica aludida, los valores familiares, lo agarra la policía en una orgía gai. Unos “valores familiares” que quedan consagrados a nivel constitucional en la constitución de 2011 y que incluyen –lo que aquí nos atañe– la protección a la familia. [El texto recoge el rechazo de las dictaduras nacionalsocialista y comunista, la nación húngara entendida como origen étnico (magiar, a ser posible), reafirmación de los valores cristianos como fundamento del Estado y de la sociedad húngara, cooperación entre la Iglesia y Estado, protección del derecho a la vida y la dignidad humana desde el momento de la concepción (en contra el aborto), protección de la familia y de la institución del matrimonio heterosexual y, por último, condena de la eugenesia].
Soy hetero, y estoy dispuesto a demostrarlo
“Nosotros [los húngaros] no somos una raza mestiza, y tampoco queremos convertirnos en una raza mestiza”
Vitkor Orbán
El incidente cutre anterior arroja las siguientes conclusiones: en primer lugar, la hipocresía: el señor Szájer iba por la vida portando orgulloso el lábaro de los valores familiares (que excluyen la homosexualidad), mientras participaba en una fiesta organizada por ellos. Como en la mencionada película Philadelphia, hubieron de asaltar en tromba al atribulado Viktor los recuerdos de los buenos tiempos con su buen amigo József ¡cuántas veladas juntos!, ¡cuántos guiños y miradas cómplices, de fuego!, ¡cuántos abrazos y compadreo!
—Viktor, tanto que hablas, ¿dónde estabas tú cuando lo de Szájer, eh? ¿Cuánta manteca soltaste para que te dejara marchar la policía, eh, bujarrón? –debió espetarle alguno de los varoniles moteros de extrema derecha que también acompañan a veces a Vladimir Putin, de esos nazis, a juego con los discursos de Orbán. No quisiera estar en la mente del muy familiar-tradicional Orbán cuando se levantó la liebre. No mientes ruina.
Ya saben, los moteros son muy exigentes. No perdonan el mayor deslizamiento de Hungría hacia la pendiente de la perversión: la cofradía de “las razas mezcladas, que ya no son naciones” (Orban dixit), la lucha por la civilización (europea y blanca) en la que se inspiró el uno de los mayores admiradores del mandatario húngaro, el neonazi estadounidense Tucker Carlson para su documental Hungría contra Soros: la lucha por la civilización. Si ser nazi es defender Hungría, llámame nazi.
Huelga decir que la única salida que resta es mirar hacia adelante. A estas alturas todos debían de pensar que entre Orbán y Szájer flotaba algo más que el compadreo. Solución: a hierro con los LGTBI, huida hacia adelante. Al año siguiente, para que no cupiera asomo de duda en su electorado, se promulga la Ley de Protección de la Infancia (2021). Léase, en neolengua fisesziana: legislar contra los gais.
En el ámbito de la estrategia política, la clave es deshumanizar al gai. El contexto cultural de los países del este europeo ayuda: en ruso, ucraniano, polaco, serbocroata o búlgaro la palabra correspondiente para gai tiene connotación de pederastia. En húngaro no, pero la tradición homófoba viene de largo, como en muchos países de Europa oriental. En el caso magiar está profundamente influida por valores conservadores, la fuerte presencia de la Iglesia y un legado histórico de estigmatización durante la época comunista que, junto con un resurgimiento del nacionalismo, refuerzan discursos que vinculan la identidad nacional con la familia tradicional heterosexual en ese intento de retorno a un pasado esplendoroso a donde ya no se puede volver: cuando Orbán despertó, el Imperio Austrohúngaro seguía sin estar allí. De acuerdo con lo dicho, al calor del argumento de proteger a la infancia se incrementa la homofobia institucional y social en Hungría.
Vladimir Putin, el gran sensei
Es cierto que todo pequeño saltamontes tiene su maestro, para qué negarlo. Orbán no podía ser menos: la Rusia de Putin es famosa por una legislación que prohíbe la “propaganda de la homosexualidad entre menores” de 2013. El articulado ruso impone multas severas y restringe la libertad de expresión, tal y como viene siendo habitual en este tipo de regímenes pseudodemocráticos.
El arcanum de tal legislación es que no define claramente qué se considera propaganda, lo que puede llevar a interpretaciones arbitrarias que –sorpresas, las mínimas– penalizan la expresión de la identidad sexual. Dichas disposiciones han sido criticadas por diversas ONG, que consideran que se marca y aísla a las personas LGBTI, limitando el acceso a información crucial para su bienestar y restringiendo la igualdad ante la ley al acosar a activistas.
Las consecuencias de esta ley fueron, con independencia de la censura y la consiguiente autocensura, la represión violenta por parte de la policía de protestas pacíficas de activistas LGBTI. Empero, todo sea dicho, a Putin en realidad le dan igual los gais; es sólo una excusa. Lo que le trae por la calle de la amargura es que la población pueda expresarse libremente y cuestiones sus políticas, en especial en lo que atañe a la guerra llevada a Ucrania: para una supuesta desnazificación de Ucrania, nada como volverse nazi, muy homeopático. Hoy en día
la nostalgia por la libertad de los rusos ya no consiste en ser totalmente libre, sino, al menos, quedarse en la situación de 2013. Desde lo de Ucrania, la cosa se puso aún más fea, también para los gais. En su empeño en defender su democracia soberana, es decir, la-forma-rusa-¡y legítima!-de-ser-democrático, cargó contra los valores occidentales que se afanan en liquidar la personalidad e identidad rusas. Es de esta fuente de donde beben los populismos ultranacionalistas europeos. La Unión Europea homogeniza, mata la identidad nacional, las tradiciones nacionales. Y tradicionalmente rusos, húngaros y polacos son unos machotes: es la tradición. Lo de los homosexuales, lo de los hombres blandengues, no son más que monsergas occidentales: que si los “valores europeos”, que sí la democracia europea. Nuestra democracia es igual de válida que la suya, a mí que no me vengan a imponer su modelo ¿Qué nuestra democracia tiene fallos? Hombre, claro, como todos. También los europeos tienen fallos. Esto es un fifty-fifty. Así que nada de milongas occidentales que acaban pervirtiendo nuestras costumbres. A mí, que no me vengan diciendo que ser homosexual es normal. Eso son cantos de sirena que pervierten a nuestra juventud.
En este punto, un orador tradicionalista y muy patriota se da cuenta de posible malentendido y aclara: a ver, que no quiero confusiones. Cuando hablo de sirena, me refiero a… sirena-sirena, las hijas de Aqueloo, el dios del río del mismo nombre. El griego… ese sí que es un macho como dios manda, así barbado y de acerada musculatura. No vayan a pensar ustedes que estoy hablando de la sirenita del danés perturbado ese, Hans Christian Andersen. Ese sí que nos la metió doblada. Perdón… no quise decir… qué desafortunado. A lo que me refiero es a que cuando hablo de sirena (la de los cantos) no me refiero a la Andersen, que se inventó ese cuento de sirenita enamorada de un príncipe y en realidad resulta que es un trasunto de él mismo, que era gay y que estaba loco y atormentado por el que era su príncipe, el jovenzuelo Edvard Collin, quien sí se mantuvo fiel al orden tradicional y lo rechazó.
Volviendo a la ley húngara de “protección” a la infancia, la misma veta mostrar contenidos sobre homosexualidad o cambio de sexo en materiales dirigidos a menores de 18 años. El efecto de esta norma desemboca, por ejemplo, en la censura de libros, la limitación en educación sexual o la retirada de materiales LGTBI de librerías. No es de extrañar, por consiguiente, que la legislación anti-LGTBI magiar presente parecidos más que razonables con la ley rusa de “propaganda gay” de 2013.
continuará..
próxima entrada: Más cadáveres y (tragi)comedia: el escándalo de Bicske y los centros infantiles
Esta entrada forma parte del artículo «Vientos autoritarios soplan desde Hungría. A Viktor Orbán no le va el ambiente«, aparecido en frontera D el 19 de junio de 2025