Imagen: gracias, Alexander Antropov, geralt, 

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ESPAÑOL

(English version bellow)

El contexto internacional de retroceso de la democracia y los derechos humanos

“The future’s in the air
I can feel it everywhere
Blowing with the wind of change”

Scorpions, ‘Wind of Change’

Inicio mi colaboración con la revista digital Frontera D, con mi artículo «Vientos autoritarios soplan desde Hungría. A Viktor Orbán no le va el ambiente». Hoy, la primera parte, que versa sobre el contexto internacional de 2025.

Una gira por el este

El mítico grupo de rock alemán Scorpions visitó la Unión Soviética en 1988. Fueron los primeros rockeros en tocar en la URSS. Tampoco conviene venirse arriba antes de tiempo, pues los Wham ya anduvieron por la muy inaccesible China de aquellos entonces –la primera banda occidental que lo hizo– allá por 1985. Eso sí era de verdad una hazaña, aunque su gran éxito, Freedom (que escenifica dicho periplo por el país asiático), no era una oda a la libertad en su noción de democracia liberal: los Wham no componían temas tan políticos como los Scorpions y no eran incómodos: simplemente se trataba de jóvenes cantando a la alegría de ser joven, todo hay que decirlo. Aún así, ciertas malas lenguas conjeturan que la libertad a la que hacía referencia el compositor del tema, George Michael, gay entonces sumido en las profundidades del armario, no iba de libertad tras salir de relaciones tóxicas, sino que transitaba otros derroteros. Nos vale: se discurrirá sobre el asunto.

Entre tanto, nos reincorporamos al peregrinaje soviético de los germanos. Se dice que los músicos percibían que algo estaba cambiando. La perestroika estaba haciendo sus efectos. Se veía en el aire, en el humor de la gente.

Love is in the air
Everywhere I look around
Love is in the air
Every sigh and every sound

Dicho estado de ánimo llevó a los germanos a componer el inolvidable tema ‘Wind of Change’, que salió muy oportunamente en 1991, cuando la URSS estaba colapsando y el Muro había caído en Berlín, y se convirtió en banda sonora de lo que la esperanza identificó como cambio… a mejor.

El futuro estaba ahí. Podía sentirse. O “se podía tocar”, en la discutible versión es español que el grupo se empeño en hacer (o su discográfica, quién sabe).

No era generalizado, para qué decirlo: en lo que quedaba de la Yugoslavia de Tito, el joven Slobodan Milošević estaba a punto de deslizar su país hacia la oscuridad más absoluta y la barbarie de una identidad étnica mal entendida (como estamos viendo ahora en la India (perdón: quise decir Bhārat) de Narendra Modi. Pero, en fin, no nos abandonemos al pesimismo con un inoportuno “quítame allá esos fanatismos nacionalistas”. También vale, por cierto.

Aún no había sucedido. De momento, Klaus Meine y sus compañeros seguían caminando paralelamente al Moscova, sintiendo aquel aire de esperanza, en dirección al parque Gorki…

Sin embargo, tres años más tarde –no estaban los músicos alemanes allí para verlo– llegó el golpe de Estado involucionista y, tras la intentona, Boris Yeltsin. Un presidente al que, oye, después de la afectada solemnidad a que nos tenían acostumbrados los graves líderes soviéticos, casi era un soplo de aire fresco, con vaharadas alcohólicas, huelga mentar, pero simpático. Se reía de lo lindo con Will Clinton y traía alegría a unas relaciones internacionales muy necesitadas de duende. Que sí, que cuando el putsch contra Gorbachov el hombre se subió a los tanques, y allí ondeaba la bandera rusa, no la soviética y, por mucho que piensen algunos, quizá hubiera sido más responsable una defensa institucional del Estado, de la URSS, no de Rusia; y que, ya que hablamos de la URSS, se dio demasiada prisa por disolverla, quizá posibilitando un vacío geoestratégico un poco temerario. También le perdonamos la forma en que convirtió el comunismo en una oligarquía, la que permanece hoy en Rusia, en vez de una transición ordenada hacia el capitalismo. Al menos era divertido. Que me quede como estoy: quién hubiera imaginado lo que venía.

Luego, claro, llegó Putin. Y dejó de hacernos gracia. Pero igualmente “nos vale”.

2025, cosecha de pésimos caldos 

Ahora bien, hoy, entretanto se recogen los restos y –sobre todo– botellas rotas de la farra eufórica del alborear de los años 1990, aúllan malos vientos para la democracia. Braman amenaza. 2025, desde luego, no es año de buena cosecha para los sumilleres de derechos humanos. Por cada paso que avanzan los “triunfos” en valores democráticos, detrás de esa energía oscura que expande con mortíferos miasmas el universo geopolítico, corriéndolo todo al negro del populismo extremista de ultraderecha.

Esta fuerza oscura actúa de manera similar a los asentamientos israelíes en Cisjordania, potenciados por la guerra de limpieza étnica que Israel perpetra en territorios que el derecho internacional establece como ajenos. Dicha expansión tenebrosa está convirtiendo Palestina en nada, inviabilizando la llamada solución de los dos Estados (¿para qué se quiere un Estado que parece un queso gruyer bantustánico?

Todo este material autoritario funge como disolvente del tejido de la red cósmica de las democracias mundiales, abriendo sietes que las aíslan. Vacíos de gran potencia llenos de fanatismo que convierten un sistema democrático en una anécdota rodeada de autoritarismo. Apóstoles sus caudillos, no obstante, del moralismo que, como suele suceder, practican lo contrario de aquello con lo que se fustiga.

De más a menos reciente, dejando de lado la Rusia de Putin o el Estados Unidos de Trump, que caminan por sí solos sin parangón. En realidad, la cuestión rusa es transversal: citar ciertas crisis de muchos países es hablar de desestabilización con fuente en el Kremlin.

Saliendo de allí, comienza la ruta con Geert Wilders. Ganador indiscutible de las elecciones legislativas de 2023. Islamófobo y muy patriota, quien, paradojas de la vida, no tuvo empacho alguno en dejar tirado al gobierno de coalición de su país en 2012, cuando corrían momentos difíciles para su patria, coleando aún la gran recesión iniciada en 2008. Volvió a repetir la jugada en junio de 2025, saliéndose de nuevo del gobierno por la –a su juicio– excesiva demora en implementar sus 10 puntos antiinmigración, xenófobos y antieuropeos que pasaban por sacar el ejército a patrullar y una remigración al estilo de AfD, que en el este alemán es la fuerza mayoritaria: carne de distópicos relatos…si no fuera porque ya lo está aplicando Donald Trump en su país.

Wilders quiere sacar tajada del viento de cola de la victoria del ultraderechista (en realidad, ultratodo) PiS en los comicios presidenciales polacos del primero de junio de 2025, aupado en el rechazo a la inmigración, que en Polonia se identifica mayoritariamente con los ucranianos. Se les ve como inmigrantes a los que muchos campesinos polacos han cogido tirria a causa de la exención arancelaria propugnada por la Unión Europa para el agro ucraniano. La Unión decidió tal medida por aquello de darles salida de alguna manera, en tanto que sus puertos permanecen bloqueados por la armada rusa. Los agricultores polacos trinan por la competencia suscitada a sus productos ¿he dicho ucranianos? Los hay, sí, pero nada como fabricar una crisis si no tienes una, como la fabricada por Rusia en su protectorado bielorruso. La cosa venía de 2020, cuando tuvieron lugar las elecciones presidenciales. Cada cita electoral se cuenta por pucherazo en este país, que alberga al mandatario que más tiempo lleva en el poder en Europa y en el mundo: Aleksander Lukashenko. El presidente debe ser muy querido en el país, puesto que ha ganado todas las elecciones que se han celebrado desde 1994. En las de 2020 se produjo el enésimo fraude electoral. Cada organización de elecciones recuerda a la oficina del botones Sacarino: opositores encarcelados (como en la Turquía de Erdogan, pero generalizado y desde hace más tiempo), comisiones electorales controladas por el gobierno y observadores del proceso electoral puestos por el gobierno con fachada de participación de sociedad civil y palos en las ruedas para aquellos que quieran presentarse. No sólo que te encarcelen, sino que existen condiciones por ley ¡todo muy legal, ojo! Para poder presentarse como aquella absurda que exige tener 40 años como mínimo, haber vivido en el país 20 años y no haber residido en el extranjero. Nadie puede verificar esta manipulación electoral masiva porque no se invita a ninguna organización europea o mundial para ello. La UE criticó el proceso y Bielorrusia respondió elaborando cuidadosamente una crisis migratoria utilizando a personas procedentes de Oriente Medio, África del Norte y Rusia, sobre todo, que desestabilizó Polonia (también Letonia y Lituania) en 2021 y 2025. Su influencia en las elecciones presidenciales polacas de ese año es indiscutible, habida cuenta de que venció Karol Nawrocki por menos de un punto de diferencia, un candidato y hoy presidente ultraconservador, negacionista histórico y que celebra contratos de compra de inmuebles con delincuentes en el mismo centro penitenciario. Donald Tusk tuvo que implantar controles fronterizos ante la avalancha y se planteó suprimir el asilo, comprando propuestas del PiS para congraciarse con sus votantes, que le dieron la espalda en la última cita electoral.

Con sana envidia observa Vučić desde la distancia ¡esto es lo que yo necesito!, debe pensar. Comparado con Bielorrusia, Serbia es un páramo de democracia.

Al menos se puede protestar, y vaya si se protesta, en inédito y masivo movimiento de protesta estudiantil a cuyo lomo cabalga la mayoría de los serbios. Los manifestantes demandan que lo mínimo que debe llevar a cabo un gobierno cuando se gaste un pastizal en infraestructuras supermodernas es que no se les caigan encima a los usuarios, matando a quince personas, por ejemplo, en noviembre de 2024. De paso, lo acostumbrado: menos corrupción, menos autoritarismo, nada que no se lleve repitiendo décadas en Serbia.

El predsednik serbio reacciona insultando y calumniando a los estudiantes, calificándolos de borrachuzos, juerguistas y vagos que usan las protestas como excusa para montar fiestas. Pero los hechos hacen más ruido que las palabras y no sólo usa estas: también tira de represión brutal, recurriendo a los cobras (guardia pretoriana compuesta de tropas de élite al servicio de Vučić, como sueña Trump con su Guardia Nacional) y matones del gobierno que dan palizas, atropellan y reprimen a los manifestantes con porras y cañones sónicos. Y señalan al disidente deteniéndolo o dejándolo sin trabajo.

Cuate de Vučić es su vecino Milorad Dodik, presidente de la Republika Srspka (RS), uno de los tres entes que integran el hoy fallido Estado de Bosnia-Herzegovina (BiH), una estructura creada por los Acuerdos de Dayton (1995) pensada para rezar porque cualquiera de las chispas que vuelan sin control en este peculiar diseño constitucional no provoquen la ignición de las variadas mechas (irre)sueltas de las guerras de desintegración de Yugoslavia.

Ahora Dodik también la está liando. El serbobosnio mantiene una excelente sintonía con Viktor Orbán y también con Putin… ¡Él, que era la esperanza moderada de la secretaria de Estado Madeleine Albright en la segunda mitad de los años 1990! Ahora, en cambio, promueve la apología del genocidio perpetrado por los serbobosnios en Bosnia durante los 1990 y practica con denuedo el negacionismo histórico. Ha tenido a bien, además, desmontar por su cuenta el entramado institucional federal bosnio: le tenía ganas de un tiempo a esta parte. No reconoce en su RS los tribunales federales e ignora las órdenes de arresto contra su persona emitidas tanto por las autoridades federales como por el alto representante europeo que se supone garantiza la paz en el territorio (Europa no es que sea bienvenida aquí, y no es el único ejemplo ni país). Ha llevado su insolencia hasta el punto de pasearse por Sarajevo oriental rodado de policías srpskos armados que convertían en papel mojado las órdenes de arresto mientras los soldados federales contemplaban la escena entre ojipláticos e impotentes.

Esta desobediencia a las leyes y a las decisiones judiciales es seguida muy de cerca por Donald Trump en Estados Unidos, cuya última ocurrencia (son incontables) consistió en sacar el ejército en Los Ángeles para reprimir disturbios a causa de sus redadas indiscriminadas de inmigrantes, en contra del gobernador del estado de California, a quien el presidente pretende arrestar si se pasa de reivindicativo y donde la bandera de México se ha convertido en lema de las reivindicaciones. El desguace de las instituciones democráticas que está llevando a cabo Dodik es algo de lo que cierto anaranjado neoyorkino debe estar tomando nota de manera compulsiva.

En Georgia retroceden la igualdad y los derechos LGTBI, a la par que se proyecta una ley de agentes extranjeros similar a la de Putin para acallar toda disidencia. Y vio Nayib Bukele en El Salvador, que era bueno, y ya sueña con elucubrar una normativa similar ¡dónde va a parar! Si detienes a periodistas y miembros de ONG que te sacan los colores –la última, Ruth López–, siempre queda todo un poco… como improvisado. Con una ley de agentes extranjeros, tienes cobertura legal. Es más civilizado.

Si hablamos de Rumanía, la situación es algo mejor, tanto como preocupante. Allí, Nicușor Dan consiguió derrotar en mayo al delfín de Călin Georgescu, George Simion. Georgescu era el candidato de extrema derecha que arrasó en la primera vuelta de las elecciones de 2024. Iba de independiente y de austero. No hay más campaña que mis redes sociales, oiga. Al final, se descubrió que estaba dopado con guita del Kremlin: tampoco estaba tan hecho a sí mismo como proclamaba. Resultado: se prohibió a Georgescu presentarse. El político es una especie de Alvise Pérez a la rumana, otro hecho-a-sí-mismo acusado por financiación ilegal para su campaña electoral.

Bajando por el Caúcaso y tras el interludio balcánico, toca pasar al continente africano. Allí Uganda, por su parte, experimenta los efectos de una ley contra la homosexualidad que endurecía la ya increíblemente restrictiva de los años 1950, convirtiéndose en una de las normativas más opresivas del mundo, con penas que pueden llegar a la pena de muerte en algunos casos. No: 2025 no es el año de los gais, desde luego. Lo peor es que en 2024, el tribunal constitucional ugandés ratificó la ley en el razonamiento de que refleja los valores del país. Valores tradicionales, es de suponer, que serán objeto de exploración más abajo.

Finalizando el recorrido, porque no se puede abarcar todo, a riesgo de poco apretar, cabe pasar a las Américas. En concreto, Colombia, donde se evidencia la fragilidad del proceso de paz y el regreso de la violencia (se conoce como “tercera ola”) y las guerrillas y sus disidencias, en particular en la región del Catatumbo, pero también en Cauca y Valle del Cauca. El ambiente se va caldeando peligrosamente, con un Clan del Golfo (grupo de delincuencia organizada más poderoso del país, que se dedica a la extorsión y al narcotráfico) que aplica su “plan pistola” contra policías y militares en respuesta a la detención de sus jefes. Se ha llevado por delante las vidas de decenas de uniformados.

Ajeno al mencionado clan, se supone, es el intento de asesinato del senador y candidato opositor Miguel Uribe por un sicario de 15 años que le descerrajó tres tiros en la cabeza, a pesar de lo cual, la víctima sigue viva. El intento de asesinato rememora en muchos colombianos los años de plomo de las décadas de 1980 y 1990, cuando los asesinatos de líderes políticos eran moneda corriente en Colombia.

La situación no es muy halagüeña, aunque quien se lleva la palma es el Estado húngaro, empeñado en producir atropellos al Estado de derecho y a los derechos humanos como si no hubiera un mañana.

 

continuará.

Próximo, homofobia en la Hungría de Orbán.

Esta entrada forma parte del artículo  «Vientos autoritarios soplan desde Hungría. A Viktor Orbán no le va el ambiente«, aparecido en frontera D el 19 de junio de 2025

 

Condensed English version:

Authoritarian Winds Blow from Hungary: Viktor Orbán Doesn’t Like the Vibe (Part I)

I’m starting my collaboration with the digital magazine Frontera D with my article “Authoritarian Winds Blow from Hungary: Viktor Orbán Doesn’t Like the Vibe.” This is the first part, focused on the international context of 2025.


The International Context of 2025: Democracy in Decline

“The future’s in the air
I can feel it everywhere
Blowing with the wind of change”
Scorpions, “Wind of Change”

I’m starting my collaboration with the digital magazine Frontera D with this article, “Authoritarian Winds Blow from Hungary. Viktor Orbán Doesn’t Like the Atmosphere.” Today, the first part focuses on the international context of 2025.

The famous German rock band Scorpions visited the Soviet Union in 1988. They were the first rock band to perform there. But let’s not forget that the band Wham! had already visited China in 1985 — a much more closed country at the time. That was a real achievement, even if their hit song Freedom wasn’t exactly about political freedom. Wham! didn’t write political songs like the Scorpions did. Their message was mostly about enjoying youth. Still, some speculate that when George Michael, who was secretly gay at the time, sang about freedom, he may have meant something more personal than just ending a bad relationship. That idea is worth exploring.

Back to the Scorpions in the USSR — they felt that change was in the air. Gorbachev’s perestroika was starting to be felt. People were more hopeful. That atmosphere inspired them to write Wind of Change, released in 1991, just as the USSR collapsed and the Berlin Wall had fallen. The song became the soundtrack of a hopeful time, full of promise.

Of course, not everything was positive. In Yugoslavia, a young Slobodan Milošević was already pushing his country toward ethnic conflict and war — just like what we’re now seeing in India (sorry, Bhārat) under Narendra Modi. But let’s not be too pessimistic just yet.

Back then, the Scorpions were still walking along the Moskva River, feeling the hopeful mood, heading toward Gorky Park…

But just three years later, there was a failed coup, and then Boris Yeltsin took power. Compared to the serious Soviet leaders before him, Yeltsin was like a breath of fresh air — a bit too much vodka, perhaps, but still refreshing. He laughed a lot with Bill Clinton and brought some humor to international politics. Sure, his decisions were questionable — like quickly dissolving the USSR and turning communism into a system controlled by oligarchs instead of building a stable democracy. But he was still easier to like. Looking back, things could have gone much worse.

Then came Putin — and the jokes stopped. But again, this all connects.

2025: A Bad Year for Human Rights

Now, in 2025, we’re picking up the pieces from the 1990s party — and what we’re seeing isn’t good. Democracy is in crisis. Human rights are under threat. Authoritarianism is growing, like a dark force pushing extremist far-right populism everywhere.

This force is spreading like Israeli settlements in the West Bank — powered by what many call ethnic cleansing. Israel’s actions are killing the idea of a two-state solution. The land left for Palestinians looks like Swiss cheese — disconnected and impossible to govern.

Authoritarianism is acting like acid, breaking down the global democratic network. Countries that were once part of a democratic system are now surrounded by authoritarian regimes. Their leaders present themselves as moral examples but often do the opposite of what they preach.

Let’s look at recent events:

Netherlands


Geert Wilders, an anti-Islam, ultra-nationalist politician, won the 2023 elections. He had previously left the government in 2012 during an economic crisis, and he did it again in 2025, complaining that his anti-immigration agenda wasn’t being implemented fast enough. He wants the army on the streets and mass deportations — like Germany’s far-right AfD wants. These ideas are no longer science fiction. Donald Trump is doing the same in the U.S.

Poland


Wilders is encouraged by the June 2025 victory of Poland’s far-right PiS party. Their candidate, Karol Nawrocki, won by less than 1%. He gained support from voters angry about Ukrainian immigration. Many Polish farmers blame Ukrainians for harming their business after the EU allowed Ukrainian products in (because of the Russian blockade). Belarus also played a role by creating a migrant crisis, sending people from the Middle East and Africa to destabilize Poland. The result: a far-right win and more anti-immigrant policies. Former Prime Minister Donald Tusk even introduced border controls and considered ending asylum to try to win back voters — but it was too late.

Serbia


President Vučić is watching with envy. Compared to Belarus, Serbia still allows protests — and in 2024, students led a massive movement after 15 people died in a newly built tunnel. The protests also criticized corruption and authoritarianism. Vučić responded by insulting the students and sending in elite forces to beat and arrest protesters. It’s brutal and personal — a warning to anyone who dares to speak out.

Bosnia and Herzegovina


Vučić’s ally Milorad Dodik, president of the Republika Srpska (RS), is also dismantling democracy. Once seen as a moderate, now he denies the genocide committed by Bosnian Serbs in the 1990s and refuses to follow Bosnia’s federal laws. He ignores arrest warrants and moves freely with his own armed police, while European forces just watch, powerless.

United States


Donald Trump is taking notes. In 2025, he sent the army to Los Angeles to crush protests over immigration raids. He’s threatened to arrest California’s governor and sees opposition as betrayal. Institutional democracy in the U.S. is being dismantled.

Georgia (Caucasus)


The country is introducing a law similar to Russia’s «foreign agents» law to silence civil society. LGTBI rights are being rolled back. President Nayib Bukele in El Salvador is watching and wants something similar to use against journalists and NGOs.

Romania

Things are slightly better. In May 2025, independent candidate Nicușor Dan defeated far-right candidate George Simion, who had been supported by Russian money. Simion is like a Romanian version of Alvise Pérez — a populist with questionable campaign financing.

Uganda


In 2024, Uganda’s Constitutional Court upheld one of the world’s harshest anti-gay laws. The law reflects “traditional values,” they said — values we’ll explore more in future articles. Some offenses carry the death penalty. 2025 is definitely not a good year for LGTBI rights.

Colombia


Violence is back. The peace process is falling apart. Armed groups are gaining power, especially in Catatumbo, Cauca, and Valle del Cauca. The Clan del Golfo is targeting police and soldiers, and even attempted to assassinate opposition senator Miguel Uribe. Shot three times in the head by a 15-year-old hitman, he somehow survived. The incident reminds many Colombians of the violence of the 1980s and 1990s.

But Hungary still leads the pack in its constant attacks on democracy and human rights — as if there were no tomorrow.

To be continued.
Next: Homophobia in Orbán’s Hungary.

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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