Foto: Ascensor de metro fuera de servicio, Colonia (Alemania). Elaboración propia

Un viaje por Cuba

Tren La Habana-Santiago. Años 1990. Una profesora universitaria de entonces me contó que era una especie de viaje de fin de curso, viaje más o menos institucional, u oficial. Entre las dos ciudades mencionadas, hay 760 km en línea recta, 861 si vas en coche, por carreteras nada buenas. En tren, 830 km. Pero para en muchos sitios lo que, de por sí, hace el viaje largo: unas pocas horas. Claro, que pueden ser más. La docente habanera me contó que, en su caso, hubo de estar el tren varado unas cuantas horas en medio de ninguna parte, varias veces, en varios tramos. Se rompió una pieza… y las piezas de lo que sea, debido, entre otras cosas, al embargo estadounidense, son difíciles de encontrar. La pieza acabó llegando y el ferrocarril pudo proseguir su marcha sin ninguna incidencia más… pero bien podía haberla habido. En total: más de veinte horas; la media de velocidad sale a unos 40 km por hora. Esta historia, hoy en día, puede ser mucho más terrorífica que entonces.

 

Colonia, Alemania, 2023.

Todo o casi todo va mal en Colonia, la cuarta ciudad de Alemania, a mi juicio, quizá la mejor para vivir en el país, o una de las mejores. Cada vez que nos encontramos los amigos extranjeros, es un tema de conversación recurrente: ya sean las escaleras mecánicas que no funcionan, la impuntualidad y falta de trenes que te hace llegar tarde, las calles remendadas o, lo que es peor, sin remendar, tramos de carriles bicis levantados, la luz que se va en las casas o en las empresas, calefacciones tan antiguas para las que no hay piezas, aceras y carreteras encharcadas cuando llueve.

—esto antes no era así —acaba siempre diciendo alguien.

Alemania está en muchos parámetros mejor que España: posibilidades inimaginables y baratas para viajar dentro y fuera de Alemania a los países vecinos, con una red de trenes mucho más tupida que en España (donde parece que todo es ave, sin dar importancia los regionales), listas de espera sanitarias envidiables, educación gratuita a todos los niveles y ayudas sociales muy aceptables. Nadie lo discute, pero tampoco que, precisamente por las condiciones de partida que yo he conocido, se hace mucho más visible la “decadencia”.

El tícket del fin de semana

En cualquier caso, esto viene de largo. Cuando fui estudiante erasmus, allá por 1998, había una cosa que se llamaba Schönes Wochenendeticket (= bonito billete de fin de semana). Existen equivalentes hoy en día, pero no son lo mismo.  Hace veintipico años valía unos 15 o 20 euros, duraba desde la tarde del viernes y, además, el sábado y domingo enteros. Podían ir hasta cinco personas. Era habitual los sábados y domingos ver hinchas de un equipo en el tren, yendo de una ciudad a otra para ver jugar a su equipo. Desde 2019 no existen. Según la Deutsche Bahn, DB, la red de ferrocarriles estatal alemana, no había demanda y por ello lo suprimieron. Me cuesta creerlo. Lo único que sé es que, como no había demanda, lo han puesto más caro, dura sólo un día y ya no vale para cinco personas, sino que tienes que ir agregando dinero según el número de viajeros. En cualquier caso, sigue siendo más barato que en España, pero combatir la falta de demanda con subir los precios yo no lo veo.

Las infraestructuras

Uno no se da cuenta hasta que tiene que depender del transporte público que algo no va bien. Normalmente, suelo ir en bici a todos sitios. Colonia -y, en general, toda Alemania- suele tener una buena red de carriles bici. Volveré sobre ellos después. La cuestión es que, por determinadas circunstancias, uno debe usar el transporte público, y en esos intervalos de tiempo es cuando te das cuenta del estropicio.

La última vez que usaba más el transporte público fue cuando tenía niños pequeños. Tenía múltiples fallos, pero eran puntuales. Incontables las veces que he tenido que subir el carrito a pulso por culpa de un ascensor o escaleras mecánicas rotas. Cuando han crecido un poco, ya podía llevarlos en bici, así que el problema desaparecía… de mi vista. Pero continuaba, cada vez peor.

Pasan los años, me he hecho daño en la rodilla y al final tienen que operarme.  No puedo usar la bicicleta para moverme por la ciudad. Entonces despierto a la pesadilla que era ajena a mí, pero no a decenas de miles de coloneses.

Unos cuantos días normales

Empiezo con la historia de un día normal, aproximadamente hace dos semanas. Vamos allá

El autobús que conecta mi casa con el metro frecuentemente no viene. Pasa cada veinte minutos, pero no viene. Miras la aplicación de aquí, la KVB (EMT de Málaga o de Madrid). Que está en hora, que pasa a tal hora. Un poco tarde. Bueno. Qué le vamos a hacer. Pero sigue sin venir. Es demasiado retraso. Miras la aplicación: que no eran unos minutos, que son 20. Esto arrastra, en mi caso, una consecuencia: que no puedo confiar en el autobús, por lo que tengo que darle a la pata para llegar al fisio. Y no es agradable si estás recién operado o te falla algún ligamento. Tengo que volver a salir. De nuevo el autobús no pasa. Por suerte, puedo caminar -más mal que bien y añorando mi bici- hasta la parada del metro. No sé cómo se las ingenian las personas mayores o gente como yo cuando no se pueden mover.

Vuelvo de mis gestiones. El autobús vuelve a fallar. Pasa en 30 minutos. De nuevo a andar. Luego bien que te cobran 60 euros si te montas en el autobús o el metro sin pagar. Ellos tienen derecho a fallar -lo hacen cada minuto- pero tú, pese a que estás pagando por unos servicios que no funcionan, no. Un día normal es esto.

Anteayer, otro día normal: como uno no puede hacerse ilusiones sobre la KVB, fui con hora y media de antelación. Si llego demasiado temprano, siempre puedo aprovechar para comprar o para tomarme un café. Sin embargo, mi astuta antelación desapareció. Ha habido un accidente de metro en alguna parte. El conductor nos ruega paciencia. Pero pasan los minutos y nada. Iba al médico porque no tengo bien la rodilla, pero me tuve que salir y caminar veinte minutos. Ideal para mi dañada articulación. Llegué raspado.

Ayer tuve bastantes cosas que hacer en diferentes sitios. Pese a mi rodilla, fue necesario arriesgarme a ir en bici, ya que “KVB” y “darte tiempo a” son términos antitéticos. Pero andar en bici hacia la parada de metro no es “cuestión pacífica”: socavones, carreteras encharcadas y un empedrado muy bonito y artístico que, si no se mantiene, va perdiendo firmeza: no es sólo que evite tal pavimentado porque los tornillos de la bicicleta van aflojándose, es que cualquiera puede ir perdiendo empastes dentales (quien los tenga) si se le ocurre transitar en bici tan irregular suelo.

Sigo con el día de ayer: tras dejar la bici en la parada de metro, de nuevo escaleras mecánicas rotas. Voy con mi hija al médico: me dan receta que en teoría es electrónica. Aquí lo están implantando ahora. Cuando digo aquí, es en Renania del Norte-Westfalia (NRW, para los amigos), que es mi Land, como quien dice mi comunidad autónoma. Es el más poblado de Alemania y el que mayor PIB tiene, pero creo que hay más dinero en otros Länder como Baviera y Baden-Wurtemberg. La cuestión es que NRW puede ser representativa del conjunto del país, pero no es toda Alemania. Aquí son federales, en muchos sentidos: en sanidad, como España, por mucho que la palabra no sea de uso comúnmente aceptado en este último país.

Seguimos con las aventuras renanas: pues la médica me advierte: “si no funciona, me dices”. Mal asunto, porque, cuando sales a empatar, pierdes siempre. Efectivamente: en ninguna farmacia pude comprar el medicamento y, lo que es peor: un fallo del sistema borró todo el contenido; o sea, que tuve que ir hoy a la consulta.

Hoy

—¡papá!¡funciona! —exclama mi hija, extasiada al ver que la escalera mecánica no estaba parada y llena de hojas. Poco me duró la alegría: la segunda escalera, ya subterránea, languidecía detenida, probablemente aburrida.

La médica me dijo que fuera a la farmacia de abajo otra vez. Allí me soltaron un discurso, que si tenía que llamar a nosequién, que si tenía que haber hecho nosequé. Vamos: que la culpa es mía. Y yo que sólo quería comprar un medicamento para mi hija. Les dije que vale vale, que eso haría. Mejor que discutir, ir al causante del desaguisado, de nuevo a la consulta donde, efectivamente, era lo que parecía: el sistema no va, tiene fallos por doquier: de modo que me dio una receta en papel, como siempre. Resumen: tres veces al médico, cuatro farmacias visitadas y 24 horas para comprar un medicamento que, finalmente, no tenían, aunque me dieron otro, que para eso es la botica de mi barrio y no me echan la culpa de los fallos informáticos del sistema. El papel no miente, con independencia de su ecología. Menos mal que los niños no pagan porque, si no, me hubiera tocado ir otra vez al médico.

Algo no se está haciendo bien en las infraestructuras urbanas, porque no es que no se intenta reparar: se lleva a cabo, aunque, en determinadas estaciones, el arreglo no dura ni una semana. Las hay que, desde que yo me acuerdo, están metidas en obras, al menos diez veces, y nunca sabes si van a funcionar ascensores o escaleras mecánicas. El problema es similar al de internet: no basta con parchear. Con todo, no es sólo lo que falla, sino lo que también desaparece: si no vives en el centro, te encuentras con que determinadas conexiones de autobuses o metros ya no existen, para ahorrar. O que tal tren no llega a cierta zona a partir de tal hora, o directamente lo han quitado, cambios de parada que te hacen tener que subir escaleras, cruzar carreteras o esperar una eternidad, sin asientos suficientes en muchos casos (saludos a las personas mayores y a aquellas con movilidad reducida).

Internet: la pesadilla

Internet, es otra de las estrellas (caídas, nunca mejor dicho). Es deplorable. Tanto, que Scholz, el canciller actual, prometió en campaña que lo mejoraría. Si tienes una conversación entre padres y madres de hijos del cole y preguntas por su casa, te pueden decir: bien, buen internet, como “el no va más: internet funciona” (verídico). Pero eso no es siempre así. En los edificios de cierta antigüedad, la wifi no te permite trabajar. He dado muchas clases por internet durante las que perdía años de vida en cada sesión por el estrés de las continuas idas y venidas de internet. Donde yo trabajo, en teoría una institución de prestigio y pública, ni te dan ordenador ni ningún tipo de cacharro por si se va la conexión, cosa que sucede con frecuencia. Al final, con cable. Pero también, aunque menos, se va internet. Cuando tengo que dar clases en remoto en Málaga, me invade la relajación, porque sé que la conexión inalámbrica no me abandonará. Hace poco estuve —digamos, en “misión especial”— en Macedonia: la wifi iba perfecta. Y eso que Macedonia (del Norte, perdón) es uno de los países más pobres de Europa. El problema de Alemania es que empezó con un internet potente y no ha dedicado un euro al mantenimiento. Ahora se intenta, pero es demasiado el trabajo que queda por hacer.

Pisos viejos, conexión deficiente, soluciones estrambóticas. Cuando se cambió la televisión de satélite a cable, muchos se vieron sin tele. Depende de fibra óptica o cable, como he dicho. Como, tras levantar una y otra vez el pavimento urbano para mejorar dicho cableado no daba resultados, te encuentras con soluciones creativas, como que aquel que vive en un tercero tenga que hacer pasar un cable por los pisos de la planta baja, la primera, y la segunda. A tal ocurrencia es normal que se opongan los vecinos. Comprenden que el del tercero quiera ver la tele pero, de ahí a que venga un tío con un taladro que parece la espada de Conan el bárbaro a abrirte huecos en tu salón, como que no. Resultado: el vecino del tercero se queda sin tele. No tardan en aparecer otros solucionadores más creativos que proponen una conexión pirata. Ya cada cual decide.

En cierto sentido, Alemania estaba en una muy buena situación en el año 2000, pero han pensado que duraría siempre. Podemos decir, respecto a países como Rumanía, Bulgaria o Macedonia (del Norte), que su buena conexión tiene que ver con los fondos europeos. Y puede ser, pero Alemania no necesita fondos europeos; de hecho, es uno de los principales contribuyentes. Habrá que ver qué puede suceder en los mencionados países en 15 años. Pero estamos hablando de la supuesta locomotora europea

Valores y “marcas de país” en retroceso

Alemania, como toda potencia mundial, derrocha poder blando a raudales: la reputación. Si estás bien visto, casi puedes decir lo que quieras, porque te van a creer. Te puedes permitir hasta no hacer las cosas bien, porque eres Alemania, y Alemania nunca falla. Pero sí que hay errores. Y si los elementos que definen tu marca comienzan a quebrar, puede preludiarse algo peor, más estructural que coyuntural.

Retroceso del verde

En plena COP 28 en Dubai —a quién se le ocurre celebrar una Cumbre del Clima allí, por cierto— se debería comenzar con medidas más serias para combatir el cambio climático y, —por mucho que algunos consideren el petróleo un regalo de Dios— se presenta una oportunidad magnífica para acometer un problema que no admite demoras ni retardismos. A alguno le pudo pillar despistado, pero hoy ya no hay duda: el cambio climático es peligroso. Alemania se caracterizaba siempre por el verde. Colonia es un buen ejemplo de ello por doquier. Parques que son casi inmensos bosques, aclimatados para pasear, sitios que son urbanos pero protegidos por su valor natural. No hace tanto, todo el mundo tenía derecho a un espacio verde. Se construía con un espacio suficiente entre edificios. Dicho espacio es -era- siempre verde, con árboles que dan sombra el verano, con césped para que los niños corran, se hagan barbacoas, se pueda estar simplemente. No tener pegado un bloque a escasos metros de tu casa siempre es calidad de vida. Hasta ahora.

Parece que los alemanes no han aprendido nada de la terrible especulación que sigue habiendo hubo en España. Ahora —por lo menos en Colonia— se construyen los bloques pegados con una hilera de hierba meramente testimonial, donde no hay espacio para árboles. O, aún peor: albero sin árboles, con bancos grandes, de madera que pueden tener una jardinera para quedar bien, pero todo diáfano, tipo Puerta del Sol en Madrid y otras plazas españolas: el imperio del cemento, ideal para tiempos de cambio climático donde los veranos empiezan a ser bastante insoportables.

Muchos colegios y guarderías suelen siempre llevar aparejados zonas verdes, amplias para que los niños jueguen y corran: algunas de estas guarderías se están cerrando ¿por qué? Porque ese espacio es ideal para construir bloques -sin verde, claro- porque ¿por qué tener una zona verde donde podemos amontonar cuatro edificios de viviendas unos pegados a otros? Dichas guarderías son trasladadas a esos nuevos bloques que se pretende construir: de un espacio independiente y verde, pasan a ocupar los bajos de un bloque de edificios, con naturalmente mucho menos espacio para los niños. Y con los vecinos mirando desde arriba. Unos padres que vivan en el segundo se ahorra tiempo, pero el resto…

Se dice que para qué se quieren las guarderías tan grandes, si ya hay parques…

El problema es que ya no se hacen parques como antes. Asisto con tristeza a que una de las señas de identidad de Alemania va desapareciendo paulatinamente. Desde hace al menos una década, no se construyen parques tan grandes como los de antes y, cuando se acometen, siempre en menor número. En mi barrio, exuberante en prados hasta hace cinco o seis años, se tuvo que luchar por no llenarlo todo de edificios: se consiguió que una ínfima parte de los terrenos otrora llenos de vegetación, se dedicara a un parque, minúsculo.

“Ahorro” en las instituciones

Cada vez la calidad es peor. Llegan jefes nuevos que ya no están a jornada completa, sino tres días a la semana y compartiendo despacho: esto pasa en instituciones educativas de teórico prestigio, si bien también en otro tipo de servicios, que sólo te atienden dos o tres veces a la semana porque no se contratan ya a jornada completa. Imagino que para los empleados supondrá mucho mayor estrés. Al dejarlo todo más a su aire, surgen casos de poca profesionalidad, ineficiencia e incluso nepotismo. Cuando ahorrar se convierte en una excusa, todo viene detrás. Lo comentado no es por suerte extensivo a toda Colonia, pero existe. De modo que peor servicio y más caro. En mis clases me ha llamado la atención poderosamente el hecho de que todos mis alumnos son alemanes. Antes tenía turcos, polacos, griegos, portugueses, italianos, croatas… al subir los precios y empeorar la situación económica, los extranjeros son por desgracia los más afectados.

Con la sanidad, que aquí es privada aunque la paga el estado, es normal que te cancelen la cita que tienes o que te hagan esperar muchísimo porque, claro, tú tienes seguridad social pública y, si llega alguien de la privada, lo atienden antes. Puedes ver desfilar, así, a 10 personas delante de ti, aunque tu tenías cita a tal hora. Del mismo modo, al presentar este rasgo de titularidad privada, puede pasarte que los médicos te receten… ¡homeopatía! que, claro, no te cubre el seguro pero le dan comisión. No son muchos, por suerte, pero sucede.

La gestión de la pandemia de Covid-19

Es un ejemplo de poder blando puro. Y, al menos los españoles, se lo han tragado. Alemania es puntual, es eficiente. Ya vimos que países como Holanda, querían cargar contra los países del sur, culpándoles de los casos de coronavirus como si ellos hubieran querido padecer tanto sufrimiento. Ello dio a China y Rusia una oportunidad, por cierto, de dejar a Europa como insolidaria. Y realmente no les faltó razón. Luego Europa reaccionó, pero el daño estaba hecho: en muchos países de Europa del Este y los Balcanes cunde entre la opinión pública la percepción de que Rusia y China hacen mucho más por ellos que la UE, cuando esta es, con diferencia, el mayor donante.

Volvemos a la pandemia, años 2020-2021, sobre todo, porque…

  • mientras en España se hablaba de muchos controles y test para diagnosticar la enfermedad, en Alemania —ellos sí que lo hacen bien — yo, que estaba aquí, no los veía por ninguna parte; es más: no conocí nunca a nadie que a su vez conociera a alguien que a su vez había sido objeto de dichos test. Si los había, que seguro que sí, de ningún modo era como se decía en España. Por el contrario, la tele ponía historias de señores que habían salido de la pandemia y paseaban felices por el parque, recuperados (verídico).
  • Las medidas de aislamiento y cuarentena no tenían nada que ver con las de España, pese a que muchos me decían que los controles eran igual que en España y realmente se sentían en cuarentena dura. Siempre hubo gente corriendo, jugando al baloncesto, y reunida en corrillos tomando algo. Luego se redujo a un máximo de tres personas por reunión o, si formabas parte de la misma familia, ilimitadamente, como ayudara mucho.
  • Tuvo lugar mucha polémica cuando muchos medios de información denunciaban la forma de contabilizar las víctimas de Covid. La cuestión era “fallecimiento por corona” o “fallecimiento con corona”. Los segundos no se contabilizaban como víctimas de la enfermedad. Si tenías cáncer y te morías de corona, habías muerto de cáncer, no de corona.

Entonces, ya visto que los alemanes no son especialmente fuertes contra el Covid, ni se realizaban tantos controles ¿qué pasa? Daba igual: en España no podías decirlo. Simplemente recurrían al argumento de autoridad incuestionable “pero es que allí si hacen más controles”. Daba igual que no hubieran pisado Alemania en su vida y que yo les relatara que los controles no son tantos como se decía. Ni a los españoles se les podía convencer de que Alemania no había actuado de forma inmaculada; ni a los alemanes de que sus medidas de “cuarentena” y aislamiento no se acercaban ni de lejos a las españolas: aquí la gente quería ser libre, decían. Y es muy difícil aplicar medidas tan restrictivas. Parecen no estar en paz de con sus atropellos de derechos humanos cuando ni siquiera se llamaban así. En otra entrada hablaré sobre esto, que viene muy al caso en estos tiempos.

Recesión

No será porque no hayamos hablado de escaleras en este artículo, pero la más preocupante es  la del crecimiento: no termina de subir escalones y Alemania se halla -o se hallará, es cuestión de tiempo, técnicamente en recesión

En principio, de las recesiones se sale. Otro asunto es que el mundo antes y después sea ya otro. La I Guerra Mundial atestiguó la decadencia y pérdida de influencia europeas, así como la entrada de nuevos actores al club de los grandes, como los EE.UU. Hubo una recesión mundial, pero terminó. Algunos, a decir verdad, mejor que otros. No fue el caso de Europa, que salió más mal parada y sentó las bases de la Segunda Guerra Mundial. Ahora sí: Europa pudo vivir del predicamento y el prestigio que le precedían, pero EEUU saltó como primera superpotencia… pero no en solitario, porque al este —en realidad, más bien unos pocos kilómetros al oeste, si pensamos en Alaska— la URSS había emergido también con pujanza del conflicto y quería su participación en el pastel.

Unas cuantas décadas después, no sabemos los derroteros de Europa, Alemania y los EEUU, pero sí se tiene claro que, tras el crecimiento durante décadas, la crisis de 2008, la pandemia coronavírica o la guerra de Ucrania (con su colgajo energético e inflacionario), pasando por el atropello a los derechos humanos que Israel está cometiendo en Gaza y también en Cisjordania, Occidente no es el mismo de antes. Y no para bien. Asistimos desde hace varios años a un ascenso de China imparable. Pero cuidado: si China —como Estados Unidos en la última conflagración mundial— se pensaba que nadie iba a molestarle, se equivocaba. De pronto (es una licencia “literaria”) resulta que también están India, y otros más.

Como en Cuba en aquel viaje que inauguraba esta entrada, la locomotora alemana sigue detenida, pero la pieza de repuesto sigue sin llegar.

 

 

Por Antonio Rando Casermeiro

Me llamo Antonio y nací en Santander en 1974, aunque soy, sobre todo, de Málaga. Soy licenciado en Derecho e Historia y doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales por la universidad de Málaga y quisiera dedicarme a ello. Soy un apasionado desde pequeño del este de Europa, especialmente de los Balcanes y Yugoslavia. Me encantan las relaciones internacionales y concibo escribir sobre ellas como una especie de cuento. Soy apasionado de escribir también cuentos y otras cosillas. Desde 2013 resido en Colonia (Alemania)

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