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créditos ilustración de portada: montaje realizado a través de una imagen de uhartonocreativestudio, de Pixabay.
La desinformación se presenta como una herramienta poderosa para manipular opiniones y distorsionar la realidad, desde bulos explícitos hasta estrategias más sutiles como la llamada equidistancia. En un mundo de posverdad donde los hechos son cuestionados ―o se presentan como alternativos― y las mentiras se viralizan con facilidad, muchos discursos calan en la población. Trump en EE. UU., Putin en Rusia o el de distintos líderes en Europa del Este o Iberoamérica como Milei o Bukele -hola, Noboa-, utilizan tácticas que apelan a emociones y prejuicios para justificar posturas antidemocráticas que pasan por más libertsd o «dar voz al pueblo». Este fenómeno no solo afecta la percepción de la política interna, sino que también fomenta narrativas que relativizan principios universales como la democracia, la libertad y el Estado de derecho. Solución: dotar a la población de herramientas para analizar y seleccionar la información que llega de manera masiva a través de la red. Los profesores no tenemos que enseñar sólo política: además, es perentorio dotar a nuestros alumnos -futuros hombres y mujeres cuyas manos asirán las palancas que mueven el mundo- de utensilios metodológicos que, en primer lugar, faculten para distinguir un bulo de una noticia seria; es más: tal como están las cosas, ya se antoja casi suficiente el hecho de que se pueda percibir una noticia de lo que no lo es; en segundo lugar, ética. Que sí, que ya sabemos que lo fácil es difundir falsedades hasta echar a tu rival, pero que ello no lleva a nada bueno.
Bulos explícitos e implícitos
Trump ganó las elecciones. ¿Limpiamente? ¿inapelablemente? Bueno. Vamos a dejarlo en que el proceso de votación y el escrutinio fueron limpios. Los demócratas (los del casi disuelto partido estadounidense y aquellos que creemos en los valores democráticos) debemos respetar el resultado, porque no podemos ser como ellos, que apoyaron un asalto al Capitolio y no reconocieron su derrota (es más: indultan a los autores). El problema de todo esto, es que en el recuento electoral no hubo conjuras y supuestas añagazas malévolas, como la que anunció Trump que existía en Pensilvania, estado clave en los comicios de 2020 . Claro: tenía miedo. Luego se demostró que no había por qué. Ahí reside la cuestión, que estamos confundiendo escrutinio y proceso electoral con las diversas formas de alterar el resultado de unos comicios limpios. Es lo que están pensando: la desinformación. Nos toca, como se ha dicho, acatar el resultado, pero también es el turno de no permitir que la desinformación y los bulos circulen de manera tan libre.
Un bulo es tremendamente fácil de lanzar y terriblemente difícil de desmontar. Pues es más fácil propagar algo que te ha dicho tu cuñado (fuente cuñadil) que probar que no es verdad (fuentes serias). Así, aunque se sepa que no es verdad, hay que proceder a su prueba a través de un doble examen. Vamos con un ejemplo: los “inmigrantes haitianos devoran animales domésticos de la pobre gente de Springfield”. En primer lugar, empleo el verbo “devorar” para que quede aún más sensacionalista y alejado de la realidad y apele ―importante elemento del populismo― a lo emocional. No queda tan tremendista si nos hacemos la imagen de cuatro haitianos vestidos de frac dando cuenta de un gato (lo del gato da como más penita) de un vecino en un restaurante de lujo con música agradable y colores, vino y ambientación que potencien la experiencia culinaria. No: eso no funciona.
En la medida de lo posible, conviene deshumanizar ¿qué tal unos haitianos negros o mulatos vestidos con pieles y taparrabos acometiendo a dentelladas a una de nuestras mascotas, que continúan vivas mientras les hincan el diente? O persiguiéndolas. Y hago referencia al color de la piel, porque es de dominio público que latinos, afroamericanos y musulmanes, no son del agrado de Trump ni de sus votantes. Ni siquiera de los votantes que presentan tales atributos. Cosa de la vida.
Desmontar esta mentira conlleva aplicar un proceso de falsación, es decir: buscar noticias que digan que eso no es así: las hay. Pero, del mismo modo, es menester buscar noticias fiables que ―por muy inverosímil que suene― den cuenta de que hay inmigrantes comiendo gatos de los pobres vecinos (no las había, por supuesto). Un esfuerzo, sin duda, ímprobo.
Esos y otros muchos bulos y mentiras coadyuvan de manera incontestable a orientar el voto de una mayoría de personas que dieron la victoria a Donald Trump. Harina de otro costal es analizar por qué razón la gente vota al magnate, aunque, naturalmente, no es objeto de este artículo.
“Los haitianos se comen a tus mascotas” entraría, pues en la categoría de bulo explícito, de igual modo que otro bulo: que la carrera de Kamala Harris se llevó a cabo merced a favores sexuales. Burdo y zafio, pero efectivo. Muchos no lo van a creer, pero siempre prende en algunos, con mayor impulso en un contexto de división como el estadounidense… y no solo: el resto de América y Europa participan de igual forma de la tendencia.
Todos son iguales: la equidistancia como forma de bulo
Existe, sin embargo, otra forma más sutil de mentir: que tú mismo formes la mentira en tu cabeza y no te des cuenta de que te la estés tragando. Es bastante más sutil. Estamos ante el “todos son iguales”: todos los políticos son iguales (léase iguales = malvados, incompetentes). Tal aserto viene que ni pintado en determinados supuestos, sin ánimo de. ser exhaustivos. El primero: un partido que vaya detrás en intención de voto, o no va todo lo delante que se considera que debiera…; el segundo: que se haya gestionado mal una emergencia o catástrofe: otros lo hubieran hecho peor. O —tercero—, directamente: los políticos no hacen nada: es el pueblo quien se arremanga. Sin embargo, el pueblo sin los recursos del Estado poco puede hacer. Hay otra opción —la cuarta—, todos tienen fallos: bienvenidos a la democracia soberana.
Invasión y mundo ruso… “soberano”
Ucrania, febrero de 2022. Rusia invade a Ucrania porque Occidente le está humillando y porque ¡qué diantres!: los ucranianos son rusos y no lo saben, pertenecen al rusky mir o mundo ruso, por ello deben estar en Rusia. Occidente quiere implantar su forma de ver la democracia a Rusia; y Rusia, mire usted: tiene otra forma de verla.
Este mundo ruso —a tenor de talnarrativa—tiene una serie de propiedades, uno de las cuales es su forma-de-ser-democráticos: los rusos no tienen democracias liberales, o parlamentarias, sino “democracia soberana”: otra esfera más del “ser ruso” que se contrapone a la decadencia y falta de valores tradicionales occidentales.
Así de fácil. Y es que esa es la idea, componente fácilmente asimilable porque, entre Uds. y yo ¿quién no quiere una democracia soberana? Que yo sepa, un régimen autoritario no soberano no está demasiado bien…visto. Sencillo, como el partido de Javier Milei en Argentina: Libertad Avanza, conceptos vaporosos que no significan nada en realidad porque ¿qué es libertad para Milei? Y ¿en qué consiste que avance? ¿Se imaginan una formación política que se denomine «El autoritarismo avanza»? Yo tampoco. Cabe todo en esto de la libertad, suena bonito.
Con la democracia soberana sucede otro tanto: se trata de un concepto vago y especulativo. No obstante, si tendría elementos claves ajenos a la denominación, que sólo es un lema, a saber: tradicionalismo, obsesión por la soberanía estatal y exclusividad nacional En esta particular visión de la democracia no figuran como capitales algunas ideas como “Estado de derecho” “protección de las minorías”, “igualdad y bienestar social”, “libertad de prensa” o “existencia de una oposición viable”, entre otros.
“Somos rusos, no occidentales: funcionamos de otra forma”, vienen a decir. De ahí, se procede a realizar una intencionada equidistancia con las democracias occidentales que ―en la narrativa de Putin― intentan imponerse a Rusia. Así, a la vecina Unión Europea se le niega la universalidad de los valores mencionados. Se pone en solfa que tales principios estén llamados en exclusiva a regir el mundo: ¿para qué quieres democracia si no tienes libertad o soberanía? Trump se muestra, últimamente, por cierto, muy en esta onda. Desprecian a Europa, siempre la han despreciado. Los valores democráticos están bien pero tanto celo no mola. Hay que ser demócrata como yo lo digo. Con todo, hay una diferencia: Putin sabe que decir que Rusia es una democracia no se lo cree ni su más ferviente adléter, mientras que Trump está convencido de la democracia soy yo.
La “marca Europa” pasa a convertirse, así, en una forma de ver el mundo igual de válida que la rusa. En consecuencia, si alguien se queja de que en Rusia no hay democracia, la respuesta consiste no en negarlo, sino en asegurar que “me quieres imponer tu cosmovisión, asesino de la identidad rusa (húngara, serbia, polaca, eslovaca, también vale etc. etc.)”.
El corolario de lo enunciado es la equidistancia aludida: ambos tipos de democracia son igualmente válidos según este relato y la democracia soberana es una forma de democracia que se adapta a los rusos y, ―es más― es querida por ellos. En un ejercicio de dudoso e intencionado paralelismo, se sostiene que la democracia soberana (es decir, la rusa) tiene fallos, pero también los tienen las democracias occidentales: en igualdad de condiciones. Se pasa por alto un pequeño detalle: que Rusia es una democracia en camino de dejar de serlo: sirva como ejemplo que la ONG Freedom House considera al país como un Estado en el que la libertad se encuentra seriamente comprometida, con los derechos y libertades de índole política en una situación calamitosa y con fraude electoral generalizado.
Apéndices y populismos europeos
Aun así, se proyecta desde el putinismo otra visión de consumo interno: los rusos son soberanos, mientras que los (Estados) miembros de la UE, no. La Unión impondría a sus países una normativa que restringe su soberanía. Evidentemente los des(a)tinatarios de tal narrativa son los gobiernos populistas del PiS en Polonia (hasta 2023) y el Fidesz en Hungría, el Smer en Eslovaquia o el independiente Georgescu en Rumanía, siempre gustosos en comprar dicho producto. Así, UE no faculta a los húngaros o a los polacos a realizarse, sino que secciona sus derechos, destruye las identidades nacionales. La Serbia de Vučić, que no está en la UE, pero quiere pertenecer al club, piensa igual.
A escala nacional, la mencionada ultraderecha opera de igual modo. Todos los políticos son iguales, todos te roban, todos te cortan las alas, ninguno te permite crecer personal ni profesionalmente porque albergan ocultos intereses. Se benefician, de lo que debería ser para vosotros: beneficiarios que, por supuesto, son foráneos. En este caso, la equidistancia es válida sólo para tus adversarios: “todos son iguales, pero yo, en cambio, estoy aquí para salvaros”.
Por todo ello, la equidistancia es un vocablo que ha perdido el significado, o la vertiente semántica en torno a la cual se deberían ver las cosas de manera objetiva. Por el contrario, se convierte en un subterfugio, una herramienta que por lo general tiene connotaciones antidemocráticas.
Ante el actual estado de las cosas, la única alternativa, como anunciaba, es formar a nuestros alumnos con capacidades que les permitan seleccionar la información que verdaderamente es relevante de entre la paja de la desinformación y los asertos antidemocráticos. Un espíritu cívico y crítico que lleve a verificar la (des)información vomitada a través de los terminales de nuestros teléfonos: aspirar a la verdad en general, no la alternativa o la posverdad.
y sí: no corren los mejores tiempos para tal afán.
Este artículo es una actualización y ampliación del original, publicado en la Revista Meer en febrero de 2025.
English version
Cover illustration credits: collage created using an image by uhartonocreativestudio, from Pixabay.
Disinformation presents itself as a powerful tool to manipulate opinions and distort reality—from blatant hoaxes to subtler tactics like so-called “bothsidesism.” In a post-truth world where facts are questioned—or replaced by “alternatives”—and lies go viral with ease, many political narratives find fertile ground. Trump in the U.S., Putin in Russia, or various leaders across Eastern Europe and Latin America such as Milei or Bukele (hi, Noboa!) use tactics that appeal to emotions and prejudice to justify anti-democratic stances, cloaked in “freedom” or “giving voice to the people.” This phenomenon not only affects domestic political perception but also fuels narratives that relativize universal principles like democracy, freedom, and the rule of law.
The solution? Equip people with the tools to critically assess and filter the flood of information on the internet. As teachers, we shouldn’t only teach political science—we must urgently give our students (the future men and women who will one day grip the levers of power) the methodological skills to, first, distinguish between a hoax and a serious report. Actually, given the current state of affairs, even just recognizing something as “news” or “not-news” might already be an achievement. And second, ethics. Sure, spreading lies to bring down your opponent might seem like an easy shortcut—but let’s be clear, that road leads nowhere good.
Explicit and Implicit Hoaxes
Trump won the election. Fair and square? Well. Let’s just say the voting process and the vote count were clean. As democrats (members of the barely surviving U.S. Democratic Party, and believers in democratic values), we must respect the outcome—because we can’t stoop to their level: they supported an assault on the Capitol and refused to accept defeat (some even pardon the perpetrators).
The issue is this: there were no conspiracies or shadowy plots in the 2020 Pennsylvania vote count, no matter how hard Trump insisted otherwise. He was scared. Then it was proven there was nothing to be afraid of. That’s the point: we confuse the counting of votes with more subtle ways of altering the outcome of clean elections. Enter: disinformation.
So yes, we must respect the results—but we also must not allow disinformation and hoaxes to circulate freely.
A hoax is insanely easy to spread and ridiculously hard to disprove. It’s way easier to repeat something your brother-in-law said (source: the brother-in-law) than to prove it false (source: actual journalism). Even if everyone knows it’s false, you still have to go through a whole process to refute it. Here’s an example: “Haitian immigrants are devouring people’s pets in Springfield.”
Let’s break that down. First, “devouring” makes it more sensational and emotional—populism’s favorite fuel. Now picture four Haitians in tuxedos delicately enjoying a neighbor’s cat in a fine-dining restaurant with ambient lighting, music, wine, and vibes. Doesn’t quite land, does it?
It works better when we dehumanize. Imagine Haitians—black or brown—dressed in animal skins and loincloths, gnawing live pets to death. Or chasing them through suburban yards. Mentioning skin color here is no accident—Trump and many of his supporters aren’t exactly fond of Latinos, Muslims, or Black people. Including the ones who vote for him. Life’s little ironies.
To debunk that lie, you’d need a two-pronged approach: first, find trustworthy reports proving the story isn’t true (plenty exist). Second, search for reliable sources—even if the claim sounds absurd—that confirm Haitians are feasting on people’s cats (spoiler: none exist). That’s a lot of work.
These and many other lies directly influence how people vote. That’s part of why Trump won. Why people vote for him, though—that’s another story (and another article).
“Immigrants eat your pets” is a textbook explicit hoax. Same with the one that Kamala Harris’s career was all thanks to “sexual favors.” Crude and nasty—but effective. Most won’t believe it, but some will. Especially in a deeply polarized environment like the U.S.—and not just there. This trend is pan-continental.
“All politicians are the same”: bothsidesism as subtle disinformation
Then there’s the sneakier kind of lie—the one you tell yourself without even realizing. Enter: “They’re all the same.” All politicians are corrupt, useless, whatever. This mantra works wonders under certain conditions. For example:
A party is trailing in the polls;
A disaster is mismanaged—“others would’ve done worse”;
Politicians “do nothing,” and it’s the people who “roll up their sleeves”;
Everyone makes mistakes—welcome to sovereign democracy.
Invasion and the “Russian world”… of sovereign democracy
February 2022. Russia invades Ukraine. Why? Because the West has been humiliating it. And because—what the heck—Ukrainians are Russians and just don’t know it. They belong to the russkiy mir, the Russian world, and therefore must return to the motherland. Westerners want to impose their model of democracy on Russia. But Russia, you see, has its own version.
This “Russian world” allegedly has its own brand of democracy: not liberal or parliamentary, but “sovereign democracy”—another facet of what it means to be Russian, standing in opposition to the godless, decadent West.
Catchy, right? Who wouldn’t want a sovereign democracy? After all, an authoritarian regime that’s not sovereign doesn’t sound too appealing. It’s like Milei’s party in Argentina: Freedom Advances. What is freedom, exactly? And what does advancing mean? Imagine a party called Authoritarianism Advances. Didn’t think so. Everyone loves freedom—it’s vague and pretty.
Sovereign democracy? Same vibe. A hazy concept—but still, it hides very real content: traditionalism, obsession with national sovereignty, and ethnic exclusivism. But in this model, core ideas like the rule of law, minority rights, social equality, press freedom, or a viable opposition are… well, optional.
“We’re Russians, not Westerners—we work differently,” they say. Thus begins the strategic “bothsidesing” of democracy: Western democracies are not better—just different. In this narrative, the EU doesn’t represent universal values, it’s just another worldview. So if you criticize Russia’s lack of democracy, you’re not defending democracy—you’re trying to erase Russian identity. (Hungarian, Serbian, Polish, Slovak—pick your favorite.)
The logical endpoint? Equidistance: both democracies are equally valid. “Sovereign democracy” is just the Russian way. And yes, it has flaws—but hey, so do Western democracies! So… equal?
No. Not quite. Minor detail: Russia is a democracy on the brink of extinction. Take Freedom House, for instance: they label Russia as a country where freedom is severely compromised, political rights are in shambles, and elections are rife with fraud.
European populisms and Russian narratives
Even so, Putinism offers an appealing story for local consumption: Russians are sovereign, while EU member states are not. Brussels supposedly dictates national policies and undermines sovereignty. And this narrative? It sells very well in places like Hungary (hello, Fidesz), Poland (pre-2023 PiS), Slovakia (Smer), or Romania (with mavericks like Georgescu). These governments love that message.
So the EU doesn’t empower nations—it restricts them. Or so the story goes…
This article is an update and expansion of the original, published in the Meer Journal in February 2025.